Ignacio Camacho-ABC
- Ninguno de los socios de Sánchez tiene otra meta que la de desvertebrar el Estado. Y la mantendrán aunque cambien de bando
La agonía de esta legislatura está poniendo de manifiesto su gran anomalía de base, su defecto de serie, que consiste en que el Gobierno de España está sostenido por unos grupos a los que la gobernabilidad de España les importa un comino. Es cierto que también ha ocurrido así en otros períodos, pero eran épocas en que los soberanistas y/o separatistas al menos disimulaban su falta de compromiso con la nación y su propósito meramente extractivo. Desde la insurrección catalana, en cambio, han perdido el pudor para expresar el desapego hacia cualquier asunto público que no les rinda beneficio, al punto de blasonar de que la clave de la continuidad del sanchismo reside en la contrastada disponibilidad del presidente para someterse a sus caprichos.
Hay por tanto una cierta ingenuidad voluntarista en Feijóo cuando interpreta, sin creérselo, que PNV y Junts comparten la petición de elecciones anticipadas. El líder de la oposición sabe que esa hipótesis les da pavor porque perderían su situación de ventaja, y que si solicitan una cuestión de confianza es para volver a vender su voto favorable con una prima aún más alta. La oferta del candidato popular sobre la moción de censura instrumental hay que entenderla como una maniobra táctica destinada, por un lado, a evidenciar la doblez de los representantes de la burguesía catalana y vasca, y por el otro a calmar a ese electorado nervioso que le acusa de no hacer nada. Pero es improbable que albergue alguna esperanza de que suene la flauta.
Ninguno de los aliados gubernamentales tiene otro propósito que el de desvertebrar el Estado. Unos llevan prisa y otros prefieren hacerlo más despacio pero todos albergan el mismo objetivo con diferentes estrategias de plazos. Y son asimismo conscientes de que no encontrarán mejor coyuntura para sus intereses que la de este mandato, por lo que resulta poco verosímil que contribuyan a liquidarlo. Si dicen que está agotado es para no quedar demasiado mal ante unos votantes estupefactos ante la profusión de escándalos. En el muy dudoso caso de que decidieran cambiar de bando pondrían un precio imposible de pagar sin grave quebranto del orden jurídico o del modelo territorial solidario. Soñar es gratis; el problema es despertar sin sobresaltos.
Todavía de los ‘jeltzales’ cabría esperar algún movimiento en la línea de su acreditada tradición chaquetera. No imposible aunque muy difícil sin que los socialistas le devuelvan la jugarreta pactando con Bildu en su tierra. Con los ‘puigdemones’, sin embargo, no puede ir a ningún sitio un partido que respete la ley y pretenda que el Supremo juzgue por malversación al prófugo de Bruselas. La situación es ciertamente de emergencia nacional, de colapso institucional y político, pero no sirve cualquier receta, y menos la de la impaciencia. La distancia que media o debería mediar entre la derecha y Sánchez es la que va entre la limpieza y la corrupción, entre los principios democráticos y la ausencia de reglas. Entre tener vergüenza y no tenerla.