Rebeca Argudo-ABC

  • La gente, para Podemos, no es una pluralidad de personas, ni el conjunto de los ciudadanos, ni un grupo de individuos: es una entelequia

Para la banda de Podemos, que son ya a sí mismos lo que la última loncha reseca de jamón cocido al fondo de la nevera (el calcetín desparejado, el yogur de coco del ‘pack’ multifrutas, la frutilla confitada verde del roscón), los resultados electorales en Castilla y León son una mala noticia para la gente. Como si no fuera precisamente la gente quien ha votado. Para las zurrapas de Podemos, el pecio político que desaparece ante nuestros ojos (como Marty McFly en su foto familiar) al son sandunguero de las elecciones autonómicas, lo votado por la gente es una mala noticia para la gente. Porque la gente, para ellos, no es una pluralidad de personas, ni el conjunto de los ciudadanos, ni un grupo de individuos: es una entelequia. Es algo abstracto, una idea encantadora, la ilusión de que ahí afuera hay una colectividad deseosa de que les representen. Y, es más, que lo merece. Pero entre los sueños de la gente (la suya) y la gente (esa quimera), lo que se interpone es, precisamente, la voluntad de la gente (la otra, esa realidad palpable). Hay pues, se infiere de sus declaraciones, dos tipos de gente: la buena y la mala. La buena es a la que se dirige Podemos cuando brama. Es la que no se merece estos despreciables resultados, para la que todo deseo debería constituir derecho irrenunciable, a la que el universo entero le debe algo. Si puedes soñarlo, puedes lograrlo. La otra, la gentuza, se compone de malísimas personas unidas por un fin común: que los otros sufran y malvivan. Por eso votan lo que votan. Votan guerra, votan desigualdad, votan pobreza, paro, injusticias, machismo, racismo. Eso votan, sabiendo lo que hacen. Así, cuando Ione Belarra dice que es una mala noticia para la gente que, en Castilla y León, amplíe su mayoría la derecha (al tiempo que su formación se queda sin representación), lo que quiere decir es que esa gente (real) que ha ejercido su voto en libertad lo ha hecho muy mal. Tan mal, que ni es gente ni es nada. Que deberían haber votado otra cosa, justo lo que quería la gente (ficticia) a la que ella habla. El otro Pablo (el que no es Iglesias ni es Echenique, el otro) también cree que la gente de Castilla y León merecía un cambio. Uno, intuyo, liderado por ellos. Lo que pasa es que la gente no parece querer ese cambio y por eso ha elegido otra cosa. Mal hecho. Porque ganan con ello en libertad, al ejercer su voto sin coacciones, pero lo pierden en humanidad, pues pasan a computar como los que serán gente, sí, pero no gente. ¿Qué se han creído? Y aún así, tan virtuosos son que sacan pecho, Mónica García mediante, y presumen de sanidad universal y magnánima. Tan magnánima que hasta atiende a «gentucilla». Como si los que no pensamos como ellos lo mereciésemos. O fuésemos gente. Si es que, para cuando su último escaño, alguien lo es todavía.