- Cuando Sánchez se niega a ir a las urnas y se moviliza para denunciar otra conspiración, está anticipando sus próximos pasos
No es nada nuevo, lo he escrito aquí unas cuantas veces desde hace demasiado tiempo: Pedro Sánchez está dando un golpe de Estado posmoderno, sin necesidad obviamente de recurrir a la violencia ni al Ejército ni a la fuerza.
Atacar a la separación de poderes, acosar a la Justicia, carecer de mayoría parlamentaria, saltarse la Constitución, alimentar la división en dos de España, utilizar lenguaje guerracivilista, criminalizar y perseguir a la disidencia democrática, servirse y a la vez servir a los extremos antisistema, saltarse la Constitución de manera reiterada y colonizar las instituciones del Estado para que se adapten a sus intereses es, de facto, una asonada.
La descripción de este fenómeno en Cómo mueren las democracias, el imprescindible ensayo de los politólogos de Harvard Steven Levitsky Y Daniel Ziblatt, encaja a la perfección en el modus operandi de Pedro Sánchez, un inmoral que se ha servido de la democracia para acabar con ella, situando su asalto al poder y la supervivencia en él en la única brújula de sus decisiones, siempre envuelta en una autoconcedida superioridad que le permite, cuando no obliga, a saltarse las reglas para preservar un bien mayor: genera un enemigo falso, la involución, para justificar medidas y actitudes autocráticas imprescindibles para solventar la ficticia alarma antidemocrática que, en realidad, solo él encarna.
Si en el pasado llegó a delatarse asegurando que no podía ir a las urnas, pese a estar maniatado en el Congreso y ser incapaz de aprobar unos Presupuestos, porque los españoles no sabían votar y era irresponsable dejarle esa decisión en sus manos; las penúltimas operaciones anticorrupción le han hecho ir aún más lejos.
Porque el líder o como poco cómplice y beneficiario de una mafia financiada por el PSOE y dedicada a intentar asesinar civilmente a los jueces, fiscales, guardias civiles o periodistas que investigan a su entorno y siempre descubren algo insoportable; reiteró primero que España no puede permitirse acudir a las urnas por su propio bien y, a continuación, movilizó a su matón favorito, Óscar Puente, y a sus sicarios mediáticos (los del manifiesto contra el «Golpe de Estado judicial y mediático») para denunciar que estábamos viviendo una especie de asonada concertada para acabar con el Gobierno.
Es decir, un tipo que no gana en las urnas, solo reunió una mayoría espuria para investirle a cambio de asumir la agenda separatista, no tiene capacidad de aprobar la primera ley exigible a un Gobierno, tiene en prisión o camino de ella a medio partido y media familia y además encabeza una organización dispuesta a aplicar con sus rivales las técnicas de la Cosa Nostra para enviarlos a todos al fondo de un río en un saco con piedras; denuncia además que él está siendo la víctima de un golpe de Estado.
La proyección en los demás del comportamiento propio está mejor analizada por la psicología que por la ciencia política, pero en todo caso tiene un efecto evidente: cuando Sánchez denuncia un golpe de Estado, solo está anunciando el siguiente paso del que él mismo está perpetrando. Que nadie se lleve a engaño: o la democracia acaba con él, o él acabará con la democracia.