Miquel Escudero-El Correo
En sus célebres ‘Meditaciones’, el emperador romano Marco Aurelio afirmó que «la vida de un hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella». A menudo se habla sin pensar y no se presta atención al efecto que puedan producir unas palabras.
Estudiando bachillerato, Germán Delibes tuvo un profesor que dijo en clase que no le gustaba cómo escribía Miguel Delibes y que lo decía «bien alto a pesar de que su nieto esté en clase»; una apostilla totalmente innecesaria e inoportuna por hiriente. El chaval no supo encajar aquella afrenta -fue un golpe bajo para él- y le soltó: «A mí tampoco me gusta cómo da usted clase», lo que provocó el regocijo de sus compañeros y su expulsión del aula. ¿Tenía aquel profesor algún motivo oculto para descalificar ‘bien alto’ al abuelo de uno de sus alumnos, delante de sus compañeros?
Hace unos años se evaluó que, de promedio, los humanos venimos a pasar casi la mitad de las horas despiertas pensando en cosas distintas a las que estamos haciendo (o acaso diciendo); esto es, se nos pasa el tiempo pensando en las musarañas, desatentos o alienados. ¿Podemos conciliar simultáneamente dos acciones distintas? Recuerdo un chiste de curas que oí de joven: un dominico y un jesuita, aficionados a fumar, querían solicitar permiso al Papa. Primero entró el dominico y recibió la negativa a su pregunta de si podía fumar mientras rezaba. A continuación, pasó el jesuita y, al poco, salió sonriente. ¿Qué le había dicho para obtener permiso? El jesuita contó al dominico qué había preguntado: «Santidad, ¿puedo rezar mientras fumo?».
Por cierto, hacia 1640 el papa Urbano VIII prohibió a los sacerdotes fumar diciendo misa.