Cristian Campos-El Español
  • Yo entro en el metro siendo de derechas y sólo necesito dos móviles en alto para salir de ahí a la ultraderecha de Bukele.

«El dinero compra privacidad y silencio. Cuanto menos dinero tienes, más ruido hay. Lo primero que notas al entrar en la casa de una persona rica es lo silenciosa que es».

Esto lo escribe Fran Lebowitz.

Lebowitz es judía. Tiene setenta y cinco años y fobia a los gérmenes. No comparte sus platos en los restaurantes. Luce corte de pelo al estilo lebrel afgano. No usa ordenador ni teléfono móvil. Viste con americanas masculinas, camisa blanca de cuello inglés abrochada sin corbata, vaqueros con vuelta simple y botas de cowboy.

Lebowitz es la autora de Un día cualquiera en Nueva York, que es una recopilación de sus artículos sobre la Gran Manzana publicados anteriormente en Metropolitan Life (1978) y Studies (1981).

Supongo que no has leído a Lebowitz.

Da igual. Lebowitz, como Dorothy Parker, es un producto 100% judío y neoyorquino que pierde sentido cuando es exfiltrada de su ecosistema nativo, los rascacielos de Manhattan, para ser exhibido en una librería de Callao.

A veces pienso en cómo se leería a Lorena G. Maldonado en Nueva York y creo que la respuesta es «con gran esfuerzo» a pesar de ser mejor escritora que todos sus coetáneos con cromosomas XY. Pero es mujer, claro, y no pertenece a ninguna tribu. No se lo perdonarán.

También es cierto que España es intraducible y Lorena, más allá del triángulo formado por los Pirineos, la Costa da Morte y Sanlúcar de Barrameda, un producto tan incomprensible para un extranjero como la transverberación de Santa Teresa de Ávila.

Pero, hablando sobre el silencio.

El silencio es un privilegio de clase alta porque ella es la única que se lo puede permitir.

Por eso en Bershka, Stradivarius o Lefties los altavoces escupen una onda de choque que finge ser música. Su objetivo es aturdir cualquier traza de raciocinio que pueda albergar el cerebro de los cachorros de la clase trabajadora, que son quienes frecuentan esas tiendas porque son los únicos que soportan ese estruendo.

En esa barahúnda selvática, en ese maremoto de cacatúas digitales que asfixia su propio pensamiento, el adolescente español, el más ruidoso del planeta Tierra, se siente reivindicado frente a sus mayores.

En realidad, sólo hay una sola cosa más ruidosa que un adolescente español, y es un boomer español. Le concedo mi odio eterno a los nietos que le regalan un Galaxy S24 a sus abuelos sin regalarles también unos auriculares.

[Ahí va un secreto consumista sin relación alguna con esta columna: ninguno de los cachorros de la clase trabajadora compra en Bershka, Stradivarius o Lefties por gusto. Todos ellos comprarían en Wow si no fuera tan absurdamente caro y quemarían todo su vestuario de Lefties a cambio de una sola chaqueta de flecos metálicos de Nasty Gal, la de Venetia Catton en Saltburn].

A veces pienso, cuando me cruzo con uno de esos seres humanos que parecen trombones, que la barahunda sónica es una reminiscencia del ruido de las tripas de su madre en el útero. Un eco de la música de ascensor del feto.

Quizá esos tipos hacen ruido para aturdirte y que no repares en su realidad. En el silencio tienen más a perder que a ganar.

Yo creo que el ruido es un invento de Satán para impedir que oigas lo que te dice Dios, que no se calla nunca.

Todo esto lo digo porque yo tengo una muy baja tolerancia al ruido, rozando lo neurótico. La gente que se hace notar con ruido despierta mis instintos supremacistas.

Yo, con Arthur Schopenhauer:

«La cantidad de ruido que una persona puede soportar sin perturbarse está en proporción inversa a su capacidad mental, y por tanto puede considerarse una medida bastante aproximada de ella».

Y con Lord Chesterfield:

«La risa escandalosa es la alegría de la plebe, que sólo se divierte con tonterías; el verdadero ingenio o el buen sentido jamás han provocado una carcajada desde la creación del mundo».

Por eso los chimpancés son capaces de carcajearse como los seres humanos, pero no de sonreír.

La sonrisa está varios peldaños evolutivos por encima de la carcajada. La sonrisa puede ser cínica, irónica o sarcástica. Triste, melancólica o compasiva. Prepotente, ofensiva o hiriente. Feliz, radiante o eufórica. La carcajada sólo tiene un registro. Es plana, necia y pedestre. Es una ventosidad emocional.

No sé si es cierto eso de que tu capacidad para soportar el ruido, sobre todo el propio, es inversamente proporcional a tu inteligencia. Pero de lo que no tengo dudas es de que sí lo es la capacidad para generar ruido y lograr que tus vecinos perciban que estás ocupando un punto en el espacio-tiempo demasiado cercano a ellos.

Yo entro en el metro siendo de derechas y sólo necesito dos móviles en alto para salir de ahí a la ultraderecha de Bukele.

Que, por cierto, tampoco me parece TAN de derechas. Poder salir a las calles de tu ciudad sin que te claven un cuchillo en la carótida debería ser considerado un derecho humano elemental.

Por suerte, sólo uso el metro cuando dejo el coche en revisión. Si la globalización es el metro de Madrid, yo voto contra la globalización.

A lo máximo que llego con el prójimo ruidoso en el metro, el del móvil en alto, el sorber de mocos con la regularidad de un metrónomo, el tic nervioso de la rodilla, el triturado de frutos secos con la boca abierta, el PERDONEN LAS MOLESTIAS pronunciado con la potencia pulmonar de un Carlos Herrera de veintiocho metros de alto, es a la resignada tolerancia.

Pero que el perdón se lo conceda su dios de los decibelios.

El estudio más completo jamás realizado sobre personalidad y sensibilidad al ruido (de Daniel Shepherd, en 2015) encontró que los factores de personalidad explican el 33% de la varianza en la sensibilidad al ruido.

Los principales predictores fueron la introversión (los introvertidos son más sensibles al ruido), la responsabilidad y la meticulosidad.

Yo no soy introvertido, así que supongo que debo de ser responsable y meticuloso. Responsablemente ataría a mis compatriotas más ruidosos al badajo de la Campana María de la Catedral de Pamplona y meticulosamente la haría sonar de forma ininterrumpida durante treinta días.

Y luego la haría sonar durante treinta días más.

Otro estudio, este de la Universidad de Northwestern, confirmó que la creatividad está asociada a una menor capacidad para filtrar información sensorial irrelevante, lo que en términos técnicos se conoce como leaky sensory gating (filtro sensorial “con fugas”).

En el estudio, los participantes que tenían más logros creativos mostraban mayor dificultad para bloquear sonidos molestos de fondo.

Esto sugiere que las personas creativas procesan más estímulos del entorno, lo que les permite hacer conexiones que otros pasan por alto, aunque lo pagan percibiendo también en mayor medida los ruidos de los demás.

O sea, que la creatividad tiene un precio: una mayor sensibilidad a la zafiedad de los demás.

El filósofo estadounidense Eric Hoffer decía que la grosería «es la imitación que hace el hombre débil de la fortaleza».

Robert Heinlein dijo que «una cultura moribunda exhibe invariablemente descortesía personal. Malos modales. Falta de consideración por los demás en asuntos menores. Una pérdida de la cortesía, de los modales gentiles, es más significativa que un motín».

Pero claro, Heinlein era fascista.

Además de, intuyo, un tipo responsable y meticuloso.

Creo que me llevaría bien con él.