RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZ-El Confidencial

  • Peter Turchin, un científico ruso afincado en Estados Unidos, cree que la violencia y el caos crecerán en nuestras sociedades en los próximos años
Llevamos más de una década discutiendo los motivos por los que las sociedades de los países ricos no están funcionando bien: ¿por qué aumenta la desigualdad? ¿Por qué tienen éxito propuestas políticas basadas en el enfado y no en la confianza? ¿Hemos perdido la capacidad de imaginar una economía y una política que sirvan a todos? Peter Turchin, un científico ruso afincado en Estados Unidos, cree que la situación irá a peor. En el mejor de los casos, viviremos en un clima de protesta constante. En el peor, algunos países desarrollados como Estados Unidos podrían verse abocados a la guerra civil.

Hay varias razones para pensar así, dice Turchin. Pero una es particularmente llamativa: hay demasiadas personas que —porque van a la universidad y luego cursan estudios de posgrado, porque son cosmopolitas y tienen conocimientos especializados sobre cosas como literatura o filosofía— se sienten de élite y están muy, muy enfadadas porque no encuentran un trabajo o un reconocimiento a la altura de sus expectativas. Y como no van a hacerlo, porque generamos más gente de élite que puestos para ella, están dispuestas a convertir su frustración en caos.

Turchin es un tipo excéntrico. Nació en 1957 en Obninsk, una ciudad creada por los dirigentes de la Unión Soviética para albergar científicos con la esperanza de que la cercanía entre ellos alentara la investigación y los descubrimientos. Su padre era físico y su madre geóloga; ambos eran disidentes políticos que se exiliaron en 1978 en Estados Unidos, donde encontraron un clima propicio para la investigación, cuenta un artículo reciente de la revista estadounidense ‘The Atlantic’ (al que llegué gracias a ‘Causas y azares’, la ‘newsletter’, siempre interesante, de Antonio Ortiz). Allí, Turchin estudió biología y zoología, y dedicó su tesis a un tipo concreto de mariquita, un insecto que suele alimentarse de los cultivos de legumbres en Estados Unidos y México.

Hay demasiadas personas que se sienten de élite y están enfadadas porque no encuentran un trabajo o un reconocimiento a la altura de sus expectativas

Mientras él se especializaba en ese insecto, la ecología cambiaba. Hasta ese momento, había consistido básicamente en describir bichos. “Contar cuántas patas tenían, medir sus estómagos, clavarlos con un alfiler en un corcho para futuras consultas”, dice Graeme Wood, el periodista de ‘The Atlantic’ autor del artículo. Pero entonces se produjo una revolución: se empezaron a desarrollar modelos matemáticos en ordenadores para prever cómo se reproduciría una especie de insecto (como las mariquitas), cuánto tardaría en apoderarse de un cultivo, o cuándo y por qué causas iniciaría un declive demográfico. Turchin se dio cuenta de que la mayoría de las ciencias estaban siguiendo ese mismo proceso: convertirse en disciplinas matemáticas, con modelos predictivos.

¿Leyes del comportamiento humano?

La pregunta consecuente, evidente para cualquiera que piense en términos históricos, es la que se hizo Turchin cuando creyó que ya lo sabía todo sobre las mariquitas. ¿Hay leyes del comportamiento humano igual de predecibles que las que rigen el comportamiento de los bichos? Es una pregunta antigua que a lo largo de la historia ha tenido distintas respuestas. Sí, los humanos somos una especie más y, si se conocen determinados datos de los individuos (de los ingresos de los padres al nivel de estudios o el lugar en el que vivimos), nuestro comportamiento es previsible. No, los humanos tenemos libre albedrío y es absurdo creer que pueden establecerse leyes universales del comportamiento, porque este es fruto de nuestras decisiones autónomas.

Le pareció que la historia humana también podía considerarse en términos matemáticos

A Turchin le pareció que la historia humana también podía considerarse en términos matemáticos. Fundó lo que llamó la ‘cliodinámica’ (Clio es la musa griega de la historia): una disciplina que estudia y prevé el comportamiento humano mediante modelos que parten de la idea de que existen “principios generales que explican el funcionamiento y las dinámicas de las sociedades históricas”, según sus propias palabras. Si usted es un científico social, pensará que Turchin tiene algo de razón. Si su formación es humanística, pensará que vende mercancía averiada disfrazada de ciencia.

Pero lo cierto es que su predicción tiene un atractivo extraño. “La clase dominante tiene una manera de crecer biológica: pensemos en Arabia Saudí, donde el ritmo de nacimiento de los príncipes y las princesas es mayor que el de la creación de puestos en la corte para ellos”, dice Wood parafraseando a Turchin. “En Estados Unidos, las élites se reproducen en exceso gracias a una movilidad económica y educativa ascendente: cada vez hay más gente que se enriquece, cada vez hay más gente que tiene una educación. Eso no parece malo en sí, ¿acaso no queremos que todo el mundo estudie y sea rico? El problema empieza cuando el dinero y la licenciatura en Harvard se convierten en algo parecido a los títulos reales en Arabia Saudí. Si muchas personas los tienen, pero solo algunas consiguen poder real, quienes carecen de poder acabarán volviéndose contra quienes lo tienen”.

Ni Podemos ni Vox existirían si sus líderes hubieran encontrado acomodo en la élite

Por muchas matemáticas que Turchin le ponga a su teoría, esta es indemostrable. Tal vez sea más una suposición ingeniosa que algo real. Y aun así, incluso en España, parece tener alguna resonancia verdadera. Ni Podemos ni Vox existirían si sus líderes hubieran encontrado acomodo en la élite tradicional, que les rechazó y con ello provocó un ataque contra ella. Buena parte de las ideas de izquierdas que circulan ahora mismo en los medios de comunicación y el sector cultural se debe a que gente extremadamente preparada y culta no está alcanzando el nivel sociocultural al que creía tener derecho, y eso alimenta su resentimiento y su odio hacia la élite. Buena parte del historial populista de derechas —de Berlusconi a Trump, pasando por Jesús Gil— se debe a que hombres con dinero consideraban insultante que este no se tradujera en poder político y culpaban de eso a las élites intelectuales.

Turchin pasará. Es el clásico fenómeno intelectual que adoran las revistas estadounidenses (y que luego otros reproducimos en el resto del mundo). En realidad, después de una década de predicciones fallidas, todos deberíamos ser más humildes cuando las hacemos. Su previsión de que Estados Unidos podría llegar a una guerra civil es muy, muy osada. Pero su hallazgo sobre la producción excesiva de individuos que se sienten de élite, pero no logran traducir eso en poder, dinero o estatus real, es muy atractivo. Cada vez que oiga a alguien despotricar contra la élite, piénselo: seguramente esa persona cree que merecería pertenecer a ella, pero siente que ese derecho le ha sido usurpado. Y tal vez quiera iniciar una revolución para dar salida a su frustración. No sé si lo dicen las matemáticas, pero la historia sí parece seguir ese patrón.