José María Ruiz Soroa-El Correo

  • Para afrontar en Europa el abandono de EE UU, las ultraderechas defienden un discurso deplorable: tirar abajo la casa común, la mejor que ha existido nunca

Desde que el presidente de Estados Unidos ha seccionado Occidente y declarado el abandono de Europa a sus propias fuerzas, vivimos una apoteosis de artículos de opinión normativos, esos que terminan indefectiblemente con un párrafo resumen de lo que «hay que». Todos nos hemos vuelto expertos en política internacional y, desde luego, en los males de Europa y lo que hay que hacer para superar el trance.

Bueno, pues yo me voy a atrever a decirles que mayormente no tengo idea de lo que hay que hacer, pero sí tengo algunas ideas que creo interesantes sobre lo que se está publicando en nuestro derredor y lo que esto hace traslucir sobre nuestro pensamiento europeo español en tiempos de dificultad.

Verán, hay una veta potente de inspiración que recurre a los moldes del pasado para pensar lo que sucede. Moldes que indefectiblemente son los de la época del pacto de Múnich, el tratado Ribbentrop-Molotov y en definitiva los prolegómenos de la Segunda Gran Guerra. Funciona la denominada con ironía ‘reductio ad Hitlerum’, que piensa la actualidad como un momento en el que debemos ser fieles a nuestros valores y defendernos de nuevo en las playas y en los campos del todopoderoso déspota de turno que quiere comerse Ucrania. Solo necesitamos, ¡ay!, un Churchill que nos convoque y guíe.

La ventaja de pensar el presente en los modelos del pasado es que nos evita reflexionar demasiado (ya decía Burke que el racionalista piensa y duda tanto que no es capaz de actuar) y nos suministra dos cosas: una vía de acción nítida y una promesa de éxito, porque claro está que conocemos cómo acabó ese pasado modélico, por eso lo elegimos. Su desventaja es que las situaciones actual e histórica se parecen más bien nada entre sí, lo que hace sospechar lo ilusorio del remedio. Es más, la ‘reductio ad Hitlerum’, o la manía de ver el pacto/traición de Múnich detrás de cada elección difícil del presente, funcionan en realidad como cortocircuitos de la reflexión. Una vez invocados nadie se atreve a defender el pacto o la inacción, el propio modelo elegido provoca un automatismo de respuesta. Pero lo cierto es que antes de embarcarnos en defender la democracia ucraniana hasta el último hombre quizá convendría pensar un rato qué se nos ha perdido allí, por qué nos dejamos embarcar en un acoso a Rusia que no era del interés europeo, y por qué deberíamos ser más papistas que el Papa. Europa es un reino colmado de valores y principios, convendría quizá pensar un ratito también en los intereses en estos tiempos que vienen.

Otra de las formas de reacción característica que ha prendido en gran parte de la opinión es algo que podríamos llamar ‘selbstschadenfreude’; es decir, un regodeo íntimo por el problema que se nos presenta a nosotros mismos los europeos. Es ese que dice, ahora vamos a ver lo que vale tanta burocracia y tanto reglamentismo, tantos derechos y tanto bienestar. Ahora llegan los bárbaros y nos van a enseñar lo que vale un peine. A ver para qué vale Europa en un mundo de tiburones que solo responden a políticas de poder y fuerza. Es la revancha del aldeano desconfiado que todos llevamos dentro contra el aburrido ilustrado bruselense, y las ultraderechas patrióticas se ocupan de propagarlo con bastante torpeza. Nos van a poner en el lugar donde debimos contenernos hace tiempo, el vicepresidente tiene parte de razón… y así. Un discurso deplorable propio de pragmáticos venidos a menos que aplauden el tirar abajo la casa común (la mejor que ha existido nunca) solo porque tenía un par de guisantes bajo el colchón.

Y no olvidemos, dentro de esta pintura impresionista de reacciones epocales, al político español más clásico que de inmediato traduce al politiqués vernáculo lo que sucede y lo convierte en munición para uso interno. Tened cuidado, «la historia os juzgará como colaboracionistas y os castigará», clamaba nuestro joven aspirante a Churchill hace días encarándose con sus adversarios. Nada menos que «colaboracionistas», un toque de europeísmo tardío, ochenta años después.

Echo en falta, en este festival de las ocurrencias, la idea más plausible para pensar el futuro de los países europeos si nos atenemos a nuestra historia y practicamos como nos gusta el pesimismo spengleriano: la reactivación y puesta al día de la teoría de las ‘taifas’, aquellos mini reinos musulmanes en los que se despiezó el Califato allá por el siglo XII, y que vivían de comprar con sus parias la protección de sus belicosos vecinos norteños. Propongo explorar los entresijos de aquel modelo como inspiración para sobrevivir en tiempos de miedo.