Rubén Amón-El Confidencia

El sistema, la UE y el PSOE deberían contener los graves peligros de modelo educativo, territorial, político, económico y social que supone el virreinato de Pablo Iglesias

No habría que inquietarse ante la irrupción de Iglesias en el Gobierno si no fuera porque Pedro Sánchez nos inculcó el pavor y todas las precauciones. Unidas Podemos representaba una amenaza al sueño del 95% de los españoles, razón por la cual la Seguridad Social debería recetarnos gratuitamente las dosis de Orfidal que sean necesarias para combatir el insomnio.

¿Han llegado los comunistas al poder? ¿Hemos de temer unos años de peligro? ¿Lidera Iglesias la gran revancha? La primera razón de la tranquilidad la proporciona la normalidad del sistema, al menos en el contexto de una democracia consolidada y de unas instituciones y contrapoderes que preservan la incolumidad del Estado. Lo prueba el caso de Trump en sus limitaciones. Y las tijeras de las que se valió Angela Merkel para castrar la bravuconería de Tsipras.

 

La segunda razón analgésica proviene del hábitat comunitario, precisamente porque la cesión de soberanía y la política común neutralizan o relativizan los comportamientos descarriados. Los satélites del Este —Polonia, Hungría— tratan de sabotear el proyecto europeo en los términos que ha heredado Vox, pero el propio Matteo Salvini tuvo que transigir con las limitaciones continentales, no digamos cuando pretendió salirse de la ortodoxia presupuestaria.

La tercera razón, un poco más precaria que las anteriores, radica en el sentido de la responsabilidad del PSOE. Sánchez ha logrado someterlo a su manual de resistencia, pero la historia del partido, la lealtad constitucionalista y el peso patrimonial de las siglas sobrentienden un dique necesario a los excesos en que pueda incurrir el lado oscuro del Ejecutivo.

Otra razón analgésica viene del hábitat comunitario, porque la cesión de soberanía y la política común neutralizan los comportamientos descarriados

El problema es que unos y otros mecanismos de seguridad no ahuyentan los peligros que representan la vicepresidencia de Iglesias y la incorporación de Unidas Podemos al Gobierno socialista. Lo demuestra el globo sonda que lanzó la portavoz Celaá para cuestionar la educación concertada. Iglesias es partidario de abolirla. Y de convertirla en el terreno más propicio de una batalla ideológica que amenaza con pervertir los espacios de convivencia.

Es verdad que la epístola de Pablo a los militantes reconocía que no podría aplicarse el programa de Unidas Podemos en su integridad, pero los espacios de acción y de coacción son más que suficientes para sentirse insomnes. Cabe preguntarse hasta qué punto va a cuestionarse la monarquía. Y de qué manera Pedro Sánchez va a transigir con la propaganda que atribuye a Felipe VI el pecado original del régimen del 78. El republicanismo define un rasgo inequívoco de la idiosincrasia de Unidas Podemos. Forma parte de la sensibilidad del PSC. Y constituye un papel central de los partidos soberanistas que ahora condicionan las mayorías.

Queda, pues, en peligro el consenso sobre la monarquía parlamentaria, como resulta amenazado el modelo territorial. No ya por el chantaje de ERC sino por la sensibilidad de Iglesias al referéndum de autodeterminación y al papel de árbitro que él mismo representa entre Sánchez y Junqueras. Acongoja que las negociaciones se conduzcan desde prisión. Impresiona que la buena reputación que la izquierda se atribuye a sí misma subestime la temeridad de la bicefalia Sánchez-Iglesias en el umbral de la crisis económica y en la promesa de la utopía redentora.

No han llegado los comunistas al poder ni debe temerse una represalia bolchevique, pero no conviene ignorar las contraindicaciones del acuerdo

Proliferan los motivos para la aprensión. No solo por el modelo educativo, político, autonómico y económico o fiscal. También por el nuevo orden de RTVE —“a mí dadme los telediarios”, proclamaba Iglesias— y por la intromisión de un Estado protector en nuestras vidas. Iglesias ha aspirado a transformar la sociedad desde presupuestos intervencionistas y moralistas. Quiere acabar con la prostitución, los toros y la caza. Pretende suplantar las religiones por la suya. Y hará de la justicia social el gran pretexto mesiánico para perseguir al ciudadano próspero.

No han llegado los comunistas al poder ni debe temerse una represalia bolchevique, pero tampoco conviene ignorar las contraindicaciones del acuerdo trágico que rubricaron Sánchez e Iglesias con el abrazo de la asfixia y de la congestión.