Las elecciones legislativas celebradas este domingo en Hungría estaban llamadas a ser las más trascendentales del año en la Unión Europea. En ellas se dirimía la posibilidad de que el proyecto comunitario saliera reforzado de su actual parálisis, o por el contrario continuara fragmentado por la obstrucción interna.
El veredicto de las urnas señala que la UE recupera a un socio clave para su cohesión.
Los resultados preliminares, con una participación récord cercana al 80%, son lo suficientemente contundentes como para que Viktor Orbán haya reconocido ya su derrota. Lo cual ha desactivado el temor a una insurrección institucional del Fidesz que sobrevolaba las cancillerías europeas.
El vuelco electoral supone un inmenso alivio para la inquietud que despertaba la posibilidad de que Orbán extendiera su mandato hasta las dos décadas, afianzando un régimen autoritario de difícil retorno.
La victoria del líder opositor es especialmente significativa: ha logrado imponerse a pesar de un sistema electoral diseñado por Orbán a su medida para blindar sus supermayorías, mediante una ingeniería de reparto de escaños que premia desproporcionadamente al ganador.
Irónicamente, esa prima al vencedor ha acabado operando en su contra, propiciando que la oposición obtenga el control de dos tercios de la cámara. Y otorgando a Magyar la misma herramienta constitucional que Orbán utilizó para socavar la separación de poderes.
El impacto más relevante de la derrota de Orbán es el reforzamiento inmediato de la autonomía estratégica de la Unión Europea.
Durante más de una década, Hungría ha operado como el topo de Vladímir Putin en las instituciones comunitarias, tal como ha quedado manifestado con el bloqueo sistemático de Orbán a las ayudas a Ucrania y sus vetos a las sanciones contra el Kremlin. A lo que se añaden las preocupantes informaciones sobre la filtración de datos sensibles del Consejo Europeo desde Budapest a Moscú.
Pero la derrota de Orbán también permite a la Unión protegerse frente a las injerencias de Donald Trump, que ha apoyado de forma explícita e insólita a Orbán en un contexto de hostilidad hacia los intereses comerciales y de seguridad de Europa.
Una reelección del líder del Fidesz habría consolidado un eje nacional-populista transatlántico destinado a lesionar la unidad y la fortaleza del proyecto comunitario.
Este resultado, en cambio, asesta un duro golpe al movimiento ultraderechista global y al euroescepticismo, al eliminar a su principal y más precoz laboratorio logístico e ideológico.
La victoria de Péter Magyar permite albergar esperanzas sobre una recomposición europea que habría quedado definitivamente desterrada con una reelección de Orbán.
Aunque Magyar también es un político conservador y nacionalista, su integración como líder de Tisza en el Partido Popular Europeo enfila el retorno de Hungría al alineamiento con el bloque comunitario en las grandes decisiones estratégicas.
Su promesa de poner fin a la política de vetos y restaurar el cumplimiento del Estado de derecho es el paso necesario para desbloquear los fondos europeos que el país necesita, y que Bruselas mantenía justamente congelados.
Pero desmantelar esta estructura de «democracia iliberal» requerirá un esfuerzo legislativo hercúleo.
Durante catorce años, el orbanismo ha arraigado un entramado clientelar y un sistema de captura de las instituciones que ha desarticulado la autonomía del poder judicial y asfixiado la prensa independiente, lo cual dificulta la devolución del Estado húngaro a la neutralidad.
Pero con independencia de la profundidad de las reformas que logre alcanzar el primer ministro entrante, la reubicación de Hungría es la mejor noticia que ha recibido la Unión Europea en años, después del trauma del Brexit, el auge de la extrema derecha en distintos Estados miembros, las guerras comerciales con la administración Trump y los actuales desencuentros estratégicos sobre Irán.
Que el triunfo de Magyar inyecta una energía vital al proyecto común lo ha reconocido al instante Ursula von der Leyen: «Esta noche, el corazón de Europa late con más fuerza en Hungría. Hungría ha elegido a Europa y la Unión se fortalece».
El júbilo de la presidenta de la Comisión Europea es comprensible: la victoria no sólo refuerza a la Unión, sino también a la familia del centroderecha europeo al que pertenece. Y, por extensión, a la línea de la centralidad europeísta que encarna en España Alberto Núñez Feijóo, frente a la que representa Santiago Abascal, que ha tenido en Orbán su referente internacional de cabecera.