Editorial-El Correo

  • Está por ver cómo Magyar gestiona su claro triunfo sobre un desgastado Orbán para reconducir la relación con Europa y enterrar el legado ultra

Fin de ciclo en Hungría, nuevo horizonte con Bruselas y aviso a navegantes del ala ultra. Parece de sentido común que Europa celebre bajo estas tres premisas los resultados electorales en aquel país que han enterrado la era en el poder de Viktor Orbán. Pero más que por la abrumadora victoria del opositor Péter Magyar, vital para que pueda resetear un sistema ‘tuneado’ en las dos últimas décadas por lo peor de los ‘ismos’ -populismo, antieuropeísmo y trumpismo-, lo ha hecho por la derrota sin paliativos de Orbán, una espina en el costado de la UE. Han sido demasiadas afrentas en sus 16 años de gobierno, especialmente en dos puntos sensibles y con Rusia como protagonista indeseada: la obstinada negativa a descongelar el crédito europeo de ayuda a Ucrania y su indisimulada empatía con Vladímir Putin, en su temerario papel de delator de información confidencial europea al Kremlin.

Resulta comprensible que Ursula von der Leyen festejase el triunfo de Magyar como una oportunidad para que la Unión «se fortalezca», aunque las incógnitas del nuevo líder húngaro sean aún de largo alcance. Por varios motivos. El gran vencedor de los comicios del domingo ha crecido políticamente a la sombra del ‘padre’ al que ahora ha aplastado en las urnas. Ha evitado durante la campaña posicionarse en debates delicados como el migratorio y la igualdad. Y comparte fondo ideológico con el primer ministro derrotado. Porque Hungría no ha cambiado tanto como da a entender el vuelco electoral. Todo el Parlamento está escorado hacia un lado, representado por tres únicas fuerzas. Desde la pulsión reformista que puede encarnar el conservador Magyar hasta el autoritarismo de capa caída de Orbán, pasando por el ultranacionalismo del movimiento Nueva Patria, todos los escaños pertenecen a opciones de derechas, sin espacio para formaciones de izquierdas o progresistas.