Gabriel Albiac-El Debate
  • Con Macron excluido por una ley que veta el tercer mandato presidencial, con Le Pen ahora expulsada de la partida, Francia carece de alternativa. Claro que uno y otra podrán buscar sucesores. Y claro, sobre todo, que Le Pen lo posee ya

No es el primer político al que el poder judicial derriba de las cimas más altas. En la Francia de la Quinta República, Jacques Chirac pasó, de esa condición de transitorio monarca absoluto que es la presidencia diseñada por De Gaulle, al banquillo de los acusados: lo libró de acabar en la cárcel la enfermedad terminal que hizo de él un cadáver anímico antes de serlo corpóreo. Siguió –sigue aún– el mismo destino judicial el que en su día fue rocoso presidente Nicolas Sarkozy. Son los nombres más resonantes. Porque no sólo habían sido Jefes del Estado. Antes, fueron prácticamente todo lo que se puede ser en el poder político francés: Chirac alcalde de París, primer ministro, hombre de partido todopoderoso; ministro del interior, Sarkozy, en tiempos particularmente duros, en los cual se impuso como arquetipo de la nueva política, tras el trastrueque que siguió al bonapartismo de la sombría momia Mitterrand.

Ahora es Marine Le Pen.

Nada se puede decir que sea nuevo, pues, en la caída de la dirigente del RN. Que los jueces estén capacitados para derribar a los más poderosos –aun a los presidentes– que hayan infringido las leyes, es algo que sólo revela, en cualquier país, la buena salud de la división de poderes. Y, en Francia, siendo cierto que el presidente de República goza de una inviolabilidad equivalente a la de un monarca, ese privilegio dura sólo el tiempo durante el cual ejerce su mandato. Y el día mismo en que muda su domicilio fuera del Elíseo, queda tan en las manos de los jueces cuanto pueda estarlo el ínfimo ciudadano. Es la grandeza del sistema. Olvidar eso es no entender nada, absolutamente nada, de lo esencial en un régimen de garantías.

Ahora es Marine Le Pen.

¿Hay algo nuevo? Sí. Lo hay. En los dos magnos precedentes, tanto Chirac como Sarkozy andaban ya camino de jubilarse. Después de haber sido Monarca Republicano, poco recorrido queda a un político en Francia. Marine Le Pen se hallaba, con exactitud, en la casilla inversa: a punto de poner pie –un par de años– en una presidencia que todas las encuestas le daban como inexorable. Y toda la geometría parlamentaria francesa, tras la impensable pifia de Macron al adelantar las últimas legislativas, se había articulado en función de ese acontecimiento: que, mitad por mitad, fascinaba y aterrorizaba al electorado de la Francia presente. La sentencia judicial hace a Marine Le Pen «inelegible». Y todas las previsiones políticas saltan ahora por los aires.

No hay reproche en la actuación de los jueces. Puede argumentarse –y es seguro– que la práctica totalidad de los partidos políticos europeos, presentes en Bruselas y Estrasburgo, han cometido abusos económicos del mismo tipo que los condenados en el RN: la UE es hoy el mayor foco de corrupción que ha conocido la Europa del último medio siglo; el dinero fluye allí sin control ninguno y no hay partido que no desplace a su propio beneficio el oscuro dinero que recibe para sus funciones europeas. Es así. El Rassemblement National (antes, Frente Nacional) ha hecho lo que todos. Y lo han pillado. La ley cae, pues, sobre él. Ya quisiera yo que aquí, en España, la ley cayese con idéntico rigor sobre nuestros ladrones políticos nacionales. Punto. ¿Conspiración judicial? Dejemos esa retórica para gentes como Montero o Sánchez. O como Mélenchon. O como Putin. La división de poderes no es, en Francia, la broma a la que aquí estamos acostumbrados.

¿Es un drama político mayor? Lo es. Con Macron excluido por una ley que veta el tercer mandato presidencial, con Le Pen ahora expulsada de la partida, Francia carece de alternativa. Claro que uno y otra podrán buscar sucesores. Y claro, sobre todo, que Le Pen lo posee ya. Pero es demasiado tarde para que esa sucesión pueda ser completada con pleno éxito. La presidencia francesa posee, desde De Gaulle, una dimensión simbólica que va mucho más allá de la política. Recuerdo aquella respuesta de Sarkozy al Hollande que se reivindicaba «hombre normal» en su debate por la presidencia: un presidente de la República no es un hombre normal. La investidura carismática del gran De Gaulle o del corrupto Mitterrand puede, sí, resultar desasosegante. Pero eso es la presidencia de la Quinta República. Marine Le Pen tardó cuarenta años en completar ese carisma. Macron, como todo en su vida, lo cerró en un ciclo vertiginoso de apenas diez años. Bardella es hoy un joven prometedor, sin dimensión mitológica aún constituida. El aún más joven Attal, a quien Macron pareció en su día contemplar como delfín, se estrelló estrepitosamente en las últimas elecciones: no es verosímil que levante cabeza.

Sí, el horizonte de Francia es dramático. Pero nadie culpe de ello a los jueces. Aún más allí que en España, la magistratura es hoy el último pilar del Estado que permanece firme.