IGNACIO VARELA-EL CONFIDENCIAL

  • Se diría que Inés Arrimadas está actualmente en la segunda fase: la de intentar cosas distintas para no liquidar prematuramente su partido, sin descartar que ese sea el desenlace

No es normal que un partido pierda en seis meses el 60% de sus votos y el 80% de su fuerza parlamentaria. Cuando sucede tal cataclismo, sus dirigentes pueden cerrar el negocio o ponerse a pensar en serio. Si la pensada se hace a fondo y sin autoindulgencias, tras ella pueden decidir cerrar el negocio o buscar caminos distintos de las que condujeron a la catástrofe. Y si eligen cambiar el paso, es posible que, finalmente, tengan que cerrar el negocio o que consigan sobrevivir dignamente.

Se diría que Inés Arrimadas está actualmente en la segunda fase: la de intentar cosas distintas para no liquidar prematuramente su partido, sin descartar que ese sea el desenlace.

De momento, ha obtenido dos logros no menores: el primero, recuperar la corporeidad visible y audible. Que la radio naranja vuelva a sonar en los diales, aunque sea con una señal débil y llena de interferencias. Y después, sembrar el desconcierto en los aliados, en los rivales y en no pocos observadores, asombrados e indignados ante la insolencia de que los sentenciados por la cátedra traten de eludir el camino del patíbulo. Que levante la mano quien esperara que, un año después de arrojarse por el precipicio, Ciudadanos estaría vivo y presente en el escenario político como algo más que un monosabio del PP.

Ciudadanos es el único partido laico de la política española. No me refiero a las posiciones en materia de religión, sino a la relación con el electorado. En todos los demás casos, hay en esa relación fuertes componentes religiosos y eclesiásticos. El PSOE y el PP mantienen la fidelidad de millones de feligreses ligados por atavismos biográficos (emocionales) transmitidos durante generaciones. Muchos socialdemócratas que hoy se escandalizan con razón por la transmigración populista de Sánchez y la implacable frialdad con que se entregó a todo lo que ellos detestan, lo votaron ayer y volverán a hacerlo mañana. Lo mismo cabe decir de muchos liberal-conservadores que se avergonzaron con la marea de la corrupción en tiempos de Rajoy y siguen sin saber a qué quiere dedicarse Pablo Casado cuando se haga mayor. Pero la Iglesia es la Iglesia, y la apostasía conlleva excomunión de por vida.

Podemos y Vox no poseen esas raíces históricas, pero se nutren de la exaltación ideológica (igualmente religiosa) que encienden en sus seguidores. Y qué decir de la mística del nacionalismo. Todos ellos descansan sobre la inclinación del ser humano a creer en lo que no ve, por pura necesidad de creer en algo y por puro instinto tribal. Quien haya diseñado alguna campaña electoral sabe perfectamente cómo activar esos resortes para llenar las urnas.

Ciudadanos carece de todo eso. El 100% del voto que recibe es racional, ocasional e instrumental; un voto estrictamente contemporáneo. Es el partido-Ikea: sirve en la medida en que sirva y exclusivamente mientras sirva. Nadie vota a Ciudadanos desde la comunión sentimental o ideológica o desde identidades ancestrales; y quienes lo dejan de votar no experimentan quiebras emocionales o sentimientos de traición. Es el partido que jamás puede hablar de ‘los nuestros’, porque ‘los suyos’, simplemente, no existen.

Más allá de sesudos análisis tácticos y estratégicos, el error nuclear de Albert Rivera entre abril y noviembre de 2019 fue olvidar el sano accidentalismo que alumbró su llegada a la política nacional. En el momento crucial, trató de ser más de derechas que Casado, más patriotero que Abascal, más sectario que Sánchez y más dogmático que Iglesias, y el derrapaje resultó fatal. El mérito de Inés Arrimadas ha sido recordarlo y tratar de recomponer —quizá demasiado tarde— los tres rasgos que dan sentido a un partido como el suyo: racionalidad, practicidad y templanza. Nada muy épico ni emocionante, pero salvífico en este tiempo de griterío y azufre.

Sería abusivo sugerir que Ciudadanos se benefició políticamente de la pandemia, pero es innegable que la irrupción del virus ayudó a crear las condiciones ambientales precisas para que el ejercicio de esas virtudes (racionalidad, practicidad, templanza) desde un partido minoritario coincidiera de lleno con el sentir social y con la necesidad objetiva del país, y contrastara con las prácticas jenízaras del bibloquismo en medio de la hecatombe sanitaria. Cuando todo el mundo grita, no hay como hablar en un tono normal para llamar la atención. Ahí encontró Arrimadas el angosto espacio por el que se dispone a transitar y que quizá —solo quizá— le permita sacar su partido del fondo del pozo en que él mismo se metió. En el peor de los casos, sabrá que hizo lo correcto cuando más se necesitaba.

No creo que Arrimadas se engañe sobre las intenciones de Sánchez. Hace mucho que este emprendió un camino sin vuelta, el único que, desde su óptica, le garantiza un poder duradero aunque el país se venga abajo: agrupar bajo la misma bandera la suma de todos los izquierdismos con todos los nacionalismos, cualquiera que sea su relación con la Constitución y con la democracia. Y desde ahí, provocar, con la ayuda de la extrema derecha, un cisma nacional que lo haga imprescindible.

Tienen razón Iglesias, Rufián y Otegi en que un partido como Ciudadanos no tiene cabida en ese plan. Pero Sánchez tiene que hacer tragar la píldora a una clientela formada en la cultura política de la institucionalidad democrática; y lo cierto es que, poco a poco, lo va logrando. Hace cinco años, la hipótesis de un Gobierno con Podemos resultaba inasumible; hace tres, con la sublevación en carne viva, pensar en ERC como aliado era un disparate. Hoy, ambas cosas están perfectamente deglutidas. Lo de Bildu se viene haciendo más duro, pero ya van varias intentonas y, finalmente, también colará. Veremos a Sánchez y Otegi compartiendo mesa y mantel en 2023 sin que nadie rechiste; nada expande tanto las tragaderas como la promesa del poder.

Mientras, a Sánchez no le viene mal aparentar condescendencia con Ciudadanos. Le costará poco aceptar unas cuantas enmiendas de Ciudadanos en los Presupuestos para mostrar talante y no desesperanzar del todo a la gente sensata de su campo, siempre dispuesta a ver nacer brotes verdes de la tierra quemada. Pero él sabe bien que no será Arrimadas quien lo atornille al colchón de la Moncloa para varias legislaturas.

El principal peligro de Ciudadanos en este trance sería hacerse incomprensible a fuerza de enredarse en su propia madeja, como le pasó hace un año. Por eso, en su último discurso, Inés Arrimadas comenzó a descodificar su estrategia: sabiendo que el propósito de Sánchez es apuntalar el bloque destituyente como mayoría de gobierno, esta vez no voy a darle la coartada de pretextar que no tuvo alternativa.

Por el camino, propone cosas sensatas —como la ley que ha presentado sobre los estados de alarma y la gestión de las pandemias—, se mantiene visible y diferente y confía en que, dentro de tres años, siga habiendo en este país un 12% de votantes no cautivos que reconozcan las virtudes de la razón práctica. Para sobrevivir, no necesita más.