JAVIER REDONDO-EL MUNDO

En uno de sus medios de cabecera, Iglesias ha dicho: «Creo que en las próximas elecciones habrá muchas más mujeres encabezando y quién sabe si no tendremos unas elecciones dentro de cuatro u ocho años en las que las principales candidatas sean mujeres. Creo que lo que estamos viviendo es un fin de época». Puede que sus palabras valoren la candidatura de Errejón y supongan un reconocimiento tácito de que se lo puede llevar por delante y contemple un proceso sucesorio. Tampoco resulta extraño que Iglesias ni siquiera se plantee la posibilidad de que su formación no resista el formato peronista: Juan Domingo con Eva y Kirchner & Kirchner. La lucidez de Iglesias siempre ha estado limitada por la rigidez interpretativa del marxismo-leninismo: la lógica del determinismo histórico y del partido revolucionario. En su teleología, dado que su formación es imprescindible para la revolución y su liderazgo también, la sucesión en Montero deviene en inevitable, por el signo de los tiempos y no producto de la descomposición o la asunción de rol de partido accesorio.

Errejón concurre por aclamación el 10-N como «antídoto» contra la abstención, para contener el desencanto por la izquierda, someter a Iglesias, derrotarlo en Madrid y terminar de descuajaringar Podemos en los territorios. Errejón fue fundador y sabe cómo se construyó el partido. El núcleo irradiador permitió la adhesión a la marca de todas las plataformas que respetasen el decálogo impuesto por la central. Todas las siglas debían ser nuevas –la dirección sugirió algunas– y ninguna podía contener siglas ya quemadas. Podemos impuso el efecto arrastre, era la marca de moda y se ofreció en Vistalegre I a implicarse en las iniciativas que cumpliesen «los requisitos de la nueva política y las posibilidades de victoria». Si las plataformas consentían sumarse a «las candidaturas de unidad popular», Podemos prestaba su paraguas y las dotaba de todo su «potencial». En tiempos vertiginosos, la fórmula se empleó para amalgamar y apabullar con una demostración de fuerza y apariencia de mayoría. El experimento salió bien y duró lo que tardó en mostrar sus contradicciones: las tensiones verticalidad-horizontalidad y centralización-descentralización.

Errejón proyectó su tesis doctoral sobre Podemos. Copió el ejemplo del MAS de Evo Morales y anotó una de sus inquietudes: distinguir entre partido e instrumento político. Podemos era la «instancia de coordinación» de movimientos de diversa procedencia. Si ella se debilita y desgasta porque no alcanza el poder, los satélites de desprenden y cobran vida propia. Para Errejón, el movimiento se consume cuando la estructura partidaria se aleja y distingue de sindicatos, asociaciones y colectivos o no alcanza a cubrir sus demandas y expectativas –de cargos y dinero antes que programáticas–.

En julio le reconoció a Bustos que había «claramente un espacio para otra fuerza progresista no sectaria». La frase es de su manual. No pronunció izquierda y dijo no sectaria. Fue un dardo al dogmatismo de Iglesias. El disidente replica ahora el método MAS con «fuerzas hermanas» para construir una herramienta subalterna al instrumento hegemónico y de poder que lo subcontrata: el PSOE.