Editorial-El Correo
- El fracaso de PISA exige al Gobierno vasco ir más allá de las pantallas sin trasladar la responsabilidad a las familias ni eludir el debate sobre el modelo lingüístico
El debate sobre el descalabro académico del alumnado vasco en PISA, promovido ayer por la oposición en la sesión de control al Gobierno, seguramente causó una profunda decepción entre quienes confiaban en que el Ejecutivo de Imanol Pradales iba a aprovechar la ocasión para adelantar medidas de corrección. Repasos que fueran más allá de los males reconocidos que aquejan a la enseñanza en el conjunto de España: abuso de pantallas y deficiente comprensión lectora. Pero tanto el lehendakari como su consejera de Educación no pasaron de la revisión de los dispositivos digitales y de reforzar la lectura para abordar el pésimo resultado obtenido en la evaluación, en un diagnóstico claramente insuficiente. A pesar de la insistencia de los partidos por apuntar a su responsabilidad como gestores de la política educativa y lingüística, Pradales y Begoña Pedrosa eludieron señalar al euskera como uno de los posibles factores que han situado a Euskadi a la cola del aprendizaje.
Parece incomprensible la resistencia a abrir una reflexión sincera sobre las causas de la debacle que incluya todos los pilares que hicieron en su día del País Vasco un modelo educativo de referencia y que ahora se desmoronan sin remisión. Perseverar en esa negativa amenaza con retrasar la obligada remontada y agravar una mediocridad que no se pueden permitir miles de estudiantes y familias, necesitadas de confianza al mandar a sus hijos a la escuela.
Cuando el lehendakari argumenta que padres y madres «eligen en qué modelo quieren estudiar», descarga en la sociedad una responsabilidad que no le compete. La planificación, la capacitación docente, la evaluación continua y los resultados de una política que converge en la inmersión lingüística corresponden a la Administración vasca. Bastante esfuerzo asumen la mayoría de las familias al confiar la enseñanza de sus hijos al euskera sin tenerlo como lengua materna, en un compromiso hecho por convencimiento o por falta de alternativas –el 99,8% de las plazas de la red pública son de modelo D–. Comunidad bilingüe y multicultural, Euskadi debe estudiar a fondo la razones del fracaso en un proceso libre de cualquier sesgo ideológico en el que impere el criterio técnico y profesional. Y eso es una responsabilidad del Gobierno vasco, a ser posible, con la compañía de la comunidad educativa. Como patrimonio común, el euskera no puede volver a ser un campo de batalla. La etapa en la que fue utilizado como arma arrojadiza dejó una lección que conviene recordar hoy: la división.