Editorial-El Correo
- La negativa de Teherán a renunciar al enriquecimiento de uranio ya sus misiles balísticos aboca a Trump a cumplir su amenaza militar
La presencia del jefe del Comando central estadounidense, Brad Cooper, en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán atrajo la atención en el encuentro celebrado ayer con la mediación de Omán. Más de seis horas de escenificación diplomática y comunicación indirecta entre las delegaciones se cerraron sin avances significativos, más allá de la posible continuación de las conversaciones sin fecha concreta. La inhabitual incorporación de Cooper al inevitable dúo formado por Steve Witkoff y Jared Kushner indica que la Casa Blanca acudía a Mascate con la agenda repleta de exigencias a Teherán: el programa nuclear, los misiles balísticos y las mermadas fuerzas ‘proxys’ que los iraníes conservan. El alto militar representa el palo, la enorme potencia de fuego que Washington concentra desde hace semanas en la zona. La única zanahoria sería una retirada de la amenaza de ataque, mientras se dictan nuevas sanciones a entidades vinculadas al comercio del petróleo.
En Mascate, Irán reiteró su propósito de hablar únicamente sobre sus aspiraciones atómicas, no para negociar el fin del enriquecimiento de uranio, un tabú para el régimen, sino, en todo caso, para explorar un acuerdo sobre el fin último de estos trabajos, que para Occidente nunca podrán terminar en el desarrollo de armas nucleares. Los proyectiles balísticos suponen la verdadera línea roja para Teherán, que tampoco renuncia a la disuasión en red que le proporcionan las milicias en Líbano, Irak o Yemen. El propósito de los iraníes apunta a enredar a EE UU en un proceso diplomático que dificulte una acción militar. Aunque la guerra de doce días en la que Donald Trump acudió en junio en auxilio de Israel demuestra que puede golpear en medio de una negociación.
Al Pentágono le falta una semana para completar su despliegue, ya en vísperas de Ramadán. Si Trump acaba cumpliendo su amenaza de utilizar la fuerza, no para desmilitarizar Oriente Próximo sino para garantizar la supremacía de Israel, arriesgaría la estabilidad regional y la convulsión de los mercados energéticos. Y afrontaría la certeza de que los ataques aéreos no bastarían para derribar al régimen. La brutal represión de las recientes protestas populares mantiene a millones de iraníes con la vista en el cielo, a la espera de la ayuda prometida por el presidente estadounidense. La inflexible teocracia ha convertido en deseable una intervención exterior para una de las poblaciones más nacionalistas del mundo.