- El enemigo de alguien malo puede ser alguien peor. En política, lo es casi siempre. Al corrupto Pahleví lo superó en crueldad el santo Jomeini. Santidad es sinónimo, en política, de tragedia
Puede que alguno de mis alumnos de entonces recuerde la cautela con la que inicié mis clases a lo largo de medio siglo: nunca juzguen un momento histórico con las palabras de otro. Estarían describiendo su propio rostro, proyectado sobre el espejo del pasado. Hay modos mejores de perder el tiempo.
Los gestores de la prestigiosa Collection de la Pléiade, que fija el canon de la literatura francesa, eludieron púdicamente incluir, en los dos volúmenes que recogen la Obra de Michel Foucault, sus crónicas de 1978 para Il Corriere della Sera sobre la sublevación de los clérigos chiitas en Irán. Se equivocaron: ocultar el error es privarse de conocer sus causas; privarse, pues, de acceder a la verdad que el error mismo enmascara. Analizar el error es siempre fuente de conocimiento. Invisibilizarlo, solo lo es de estupidez. El estudioso puede corregir ese desfallecimiento, remitiéndose a los tres volúmenes de los Dits et écrits (Dichos y escritos) de Michel Foucault.
Porque erró, sin duda, el brillante profesor del Collège de France, al dar palabras a lo que había estado viendo en sus dos viajes a la, aún en gestación, teocracia de los ayatolás. Y erraba, como hacen siempre los grandes pensadores, al bajar del rigor abstracto a la humilde tarea –de la cual él se dice solo «novicio»– del cronista de prensa.
Lo que Foucault publica el 26 de noviembre de 1978 es desasosegante. Lo es para nosotros, que tenemos a la vista los cuarenta y siete años posteriores, su apología del «mítico personaje que es el supremo Ayatolá Jomeini». Releámosla: «Ningún jefe de Estado, ningún líder político, ni siquiera apoyado por los medios de comunicación de su país, puede hoy gloriarse de ser objeto de un vínculo tan personal y tan intenso [con la población]. Este vínculo se sostiene, sin duda, sobre tres cosas: Jomeini no está presente, desde hace quince años vive en un exilio del cual se niega a retornar mientras el Shah no se haya ido; Jomeini no dice nada, nada más que no –al Shah, al régimen, a la dependencia–; y, finalmente, Jomeini no es un hombre político, no habrá partido de Joemini, no habrá gobierno de Jomeini; Jomeini es el punto de fijación de una voluntad colectiva».
Es fácil hoy –no lo era tanto, entonces– fijar el punto en el que se inicia el desbarre. Y saber hasta qué límites extremos ese desbarre desembocará en tragedia. De los tres asientos del «vínculo» entre jefe religioso y «voluntad colectiva» del pueblo iraní, los dos primeros admiten ser discutidos. Son, pues, piezas de un análisis político racional, con el cual se puede estar o no de acuerdo. El tercero no es solo una demencia; es indiscutible: lo que es lo mismo, inaceptable. Foucault daba voz a una superstición, inmediatamente refutada por lo que iba a suceder en pocos meses. Partido, gobierno, «voluntad colectiva», pasaron, en manos de Jomeini y de sus sucesores, a ser solo altavoces de la única voz divina: más despótica que ningún partido, porque es eterna e infinita.
Allá donde Foucault se había pasmado ante el nacimiento de una «revolución del espíritu», se alzó la teocracia más acabada que ha conocido la historia moderna. Y una de las mayores masacres de «no creyentes» que mi generación ha visto. Dentro de Irán y también fuera. Lo malo fue vencido por lo pésimo, el crimen por la masacre: Nueva York, Bali, Londres, Madrid… venían de camino.
Digamos lo inocultable. Para cualquiera que no sea analfabeto, Michel Foucault es el autor de dos de los libros más influyentes de la segunda mitad del siglo veinte: Las palabras y las cosas y La Arqueología del saber. Y de media docena de obras que, sin llegar a esa altura, pueden contarse entre los grandes trabajos académicos de nuestro tiempo. No hay muchos pensadores que puedan exhibir un currículum comparable.
Digamos lo igual de inocultable. Lucidez académica y perspicacia política no tienen por qué ir de consuno. No suelen, de hecho, irlo. No voy a repasar la barahúnda de pensadores mayores a los que envileció su entrada en política. En nuestro siglo veinte, sirva Heidegger de ejemplo. La metafísica y la política se conjugan malamente.
¿Yerra en sus crónicas iraníes Michel Foucault? ¿Quién podría hoy dudarlo? Yerra –en medida mucho más grave– el presidente Jimmy Carter que promueve a Jomeini como alternativa a Pahleví. Haber leído al Maquiavelo que reflexiona sobre Savonarola, hubiera debido enseñarnos que el enemigo de alguien malo puede ser alguien peor. En política, lo es casi siempre. Al corrupto Pahleví lo superó en crueldad el santo Jomeini. Santidad es sinónimo, en política, de tragedia.
No vio Foucault lo que venía. En su enormidad, no lo vio, en aquel entonces, nadie. Y es estéril juzgar un momento histórico con las palabras de otro. Hoy y ayer hablan idiomas distintos.