Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli

  • Resulta indignante el ruin pragmatismo de los gobiernos europeos, que asisten impávidos a la matanza de iranís indefensos

Irán, la gran potencia regional de Oriente Medio, está viviendo desde hace dos semanas una situación dramática en la que posiblemente se juegue su futuro. El detonante de las actuales protestas que llenan las calles y plazas de más de un centenar de ciudades del país de manifestantes airados ha sido la considerable caída del valor de la divisa nacional, el rial, condenando a millones de familias a extremos insoportables de pobreza por el brusco aumento del coste de la vida. Esta condición desastrosa de la economía deriva de una gestión a la vez incompetente y corrupta que lleva décadas despilfarrando los inmensos recursos naturales de la República Islámica en guerras, terrorismo, saqueo y un disparatado programa nuclear de carácter militar. Un malestar que ha sido inicialmente de tipo social se ha ido transformando rápidamente en un levantamiento masivo de comerciantes, profesores, estudiantes, personal médico, trabajadores industriales, transportistas y ciudadanos en general, hartos de opresión, misoginia, fanatismo y robo descarado de su patrimonio común a manos de una tropa insaciable y retrógrada de clérigos cuya impopularidad se extiende imparablemente entre la gran mayoría de la población.

El único mecanismo que sostiene a este tinglado nauseabundo de cleptócratas enturbantados es una represión implacable que no se detiene anta nada y que practica continuas violaciones de los derechos humanos, encarcela, ahorca, tortura y apaliza a cualquiera que se atreva a mostrar el más mínimo signo de disidencia. La presente revuelta se ha cobrado ya una cincuentena de vidas por disparos o golpes de la Guardia Revolucionaria o de las milicias Basij, esbirros de un régimen inicuo, dispuestos a ahogar en sangre el legítimo deseo de democracia y libertad de un pueblo sometido desde hace cuarenta y seis años a un totalitarismo asesino de la peor especie.

Ejecuciones masivas

Es pronto para saber si esta vez el movimiento popular acabará con la tiranía porque la capacidad represiva de la maquinaria criminal de los ayatolás es enorme y carece de contención. En todas las ocasiones anteriores en las que los iranís han intentado sacudirse el yugo cruel del Líder Supremo y sus acólitos, sus gobernantes no han vacilado en terminar con la oposición ciudadana a tiros y a ejecuciones de manera despiadada y cruel. En Irán, ejercer el derecho elemental a la manifestación o a la opinión representa un serio peligro de muerte. Es posible, sin embargo, que en esta ocasión se produzca una implosión del Estado por la saturación de sectores del propio sistema, cansados de tanta barbarie y tanto abuso del patíbulo. Hay que tener presente que en el transcurso del año pasado se ejecutaron en Irán a dos mil cuatrocientos reos, muchos de ellos opositores al gobierno. Semejante carnicería no es sostenible en el tiempo sin que se produzca una explosión de la ira de la gente que no pueda ser aplacada por dura y sistemática que sea la fuerza que se utilice por el poder.

En estas circunstancias, resulta indignante el ruin pragmatismo de los gobiernos europeos, que asisten impávidos a la matanza de iranís indefensos sin reacción significativa digna de mención más allá de alguna débil condena ritual. Cuando un enemigo mortal atraviesa dificultades, como le sucede hoy al régimen de los ayatolás, la política lógica es incrementar al máximo la presión política y diplomática, endurecer las sanciones, aislar internacionalmente a Teherán y apoyar sin reservas a la alternativa organizada. Nada de esto se acomete ni en Bruselas ni en las capitales de los Veintisiete. En sus centros de decisión campea la pasividad más absoluta mientras en la antigua Persia sus habitantes luchan con denuedo contra sus opresores poniendo en riesgo su integridad física y todo lo que poseen al servicio de la noble causa de la democracia y la libertad. Si al final su heroica batalla les lleva al triunfo nada tendrán que agradecer a los que, lejos de ayudarles en su tenaz empresa, siguieron pasteleando con sus verdugos. Esta falta de respuesta ante los sucesos de Irán es un ejemplo más de la total ausencia de liderazgo, de visión estratégica y de principios que reina en las más altas instancias comunitarias y en los Ejecutivos de los Estados Miembros. Los europeos padecemos a una clase política que, salvo honrosas excepciones, oscila entre la mediocridad, la pusilanimidad y la indecisión. Esperemos que el valiente pueblo de Irán alcance la victoria que merece para vergüenza de aquellos que debieron ayudarles y se mantuvieron en la rastrera inmovilidad de los cobardes. La historia les pondrá en su infame lugar.