José Ignacio Castro Torres-ABC
- A Henry Kissinger le dio el suficiente tiempo para comprender a Donald Trump y definirlo como el catalizador de un nuevo orden mundial, y aunque su pragmatismo podría servir para cambiarlo, su imprevisibilidad era un riesgo
Saul Bernad Cohen definió al Oriente Próximo como «un cinturón de quiebra», significando este como una región de interés por las vías de comunicación que la atraviesan, los recursos que posee, las disputas de los elementos que la componen y el interés de los grandes actores globales sobre esta. Todo ello quiere decir que cualquier acción que se realice va a influir en el resto de la región y del mundo a través de una intrincada maraña de relaciones. Independientemente de cualquier análisis o previsión, lo cierto es que nadie puede asegurar en qué condiciones va a acabar Irán, el Oriente Próximo y el propio sistema global, caracterizado por la multipolaridad y el desequilibrio.
El régimen de la República Islámica iraní ha intentado exportar su ideología más allá de sus fronteras, a la vez que se ha sentido permanentemente amenazado. Una de sus máximas aspiraciones ha sido la desaparición del Estado de Israel, instituyendo el día de Qods (Jerusalén). Igualmente, Irán ha intentado extender su ideología por el Oriente Próximo en lo que el historiador Michael Axworty definiría como «imperio de la mente», donde por encima de los conceptos de raza y territorio se imponen los de cultura y religión.
Para alcanzar sus objetivos en un entorno de conflicto, los recursos de Irán, frente a rivales tan poderosos como EE.UU. y su aliado Israel, han sido el empleo de estrategias híbridas y el planteamiento de conflictos asimétricos. Dentro de este entorno encajaba muy bien un programa nuclear no definido con el que poder negociar bazas en el ámbito diplomático, al que acompañaba un programa de misiles, cohetes y drones. Para la extensión del poder en el exterior los iraníes habían recurrido al empleo de terceros actores o ‘proxies’ y a su temida ‘Fuerza Qods’, élite de la Guardia de la Revolución Islámica.
En un sistema tan volátil como el Oriente Próximo, los acontecimientos dieron un brusco giro el 7 de octubre de 2023 tras los atentados terroristas desde la franja de Gaza. A partir de ese hito, el llamado Eje de la Resistencia iraní en la región ha sido degradado significativamente. Las últimas acciones de Israel y Estados Unidos se han dirigido contra el núcleo del régimen de los ayatolás, eliminando al líder Jamenei y a una gran parte de su estructura de mando y control, así como de su poder militar y del programa nuclear.
Ciertamente el régimen iraní en estos momentos se tambalea peligrosamente, con un grave problema de sucesión de liderazgo y reconstrucción de su estructura, al tiempo que su población se encuentra en una situación económica y social que en muchas ocasiones se podría considerar como desesperada. Sin embargo, no es posible predecir con certeza la evolución de los acontecimientos y sus repercusiones a escala regional y global. En el planeamiento de las operaciones militares muchas veces se emplea la secuencia inversa a su ejecución. Para lograr que un sistema cambie se busca la consecución de varios efectos que acaban traduciéndose en acciones a realizar. Todas estas acciones militares deberán encontrarse sincronizadas con las de otros instrumentos del poder como el diplomático, informativo o el económico.
No podemos saber a ciencia cierta en qué condiciones Estados Unidos o Israel quieren que quede la zona, pero es posible que cada uno tenga su punto de vista. No obstante, todo apunta a que pretenden un Irán libre de los programas nuclear y de misiles y a ser posible con un cambio de régimen. Las acciones que han realizado conducen a ello, pero como bien decía el gran genio militar Carl von Clausewitz ningún plan, por bueno que este sea, soporta el primer contacto con la realidad. En este momento nos deberíamos plantear la siguiente pregunta: ¿las acciones que se han realizado pueden ocasionar efectos no deseados?
A Henry Kissinger le dio el suficiente tiempo para comprender a Donald Trump y definirlo como el catalizador de un nuevo orden mundial, y aunque su pragmatismo podría servir para cambiarlo, su imprevisibilidad era un riesgo. El gran problema de los riesgos es plantear hasta qué punto estos son asumibles por un gran dirigente. Pues bien, parece que el primero de los efectos no deseados no se va a hacer esperar. Irán controla el estrecho del Ormuz, cuello de botella del golfo Pérsico, el cual constituye la cuenca petrolífera y gasífera más importante del planeta. Con los buques detenidos y varias refinerías atacadas por los misiles, los precios de los hidrocarburos empiezan a elevarse con el riesgo de que se disparen. Las segundas y terceras derivadas sobre la energía y la economía mundial van a tener, con toda seguridad, repercusiones trascendentes.
Una gran perjudicada por la situación va a ser China, pues los países del Golfo se encuentran entre sus principales proveedores de hidrocarburos. La primera cuestión a plantear es qué es lo que va a hacer China, quien maneja los hilos del poder sutil de una manera magistral. Es más que posible que la cercana Rusia, con ingentes reservas de gas y petróleo, pueda suplir estas carencias y que esto constituya un balón de oxígeno para Putin en el conflicto de Ucrania.
Tampoco podemos asegurar qué otras medidas puede tomar Xi Jinping, quien controla las tierras raras y los principales minerales críticos para la revolución tecnológica que ya está en marcha. Hay que tener en cuenta que desde la fabricación de un teléfono móvil hasta la producción del avión de combate F-35, estos materiales son imprescindibles. Este mínimo ejemplo es una muestra de hasta qué punto nos pueden alcanzar las repercusiones de la crisis, pero otra de las preguntas que cabe hacerse es cómo la van a gestionar estadounidenses e israelíes ¿Qué es lo que va a pasar si el régimen iraní se mantiene a pesar de todo y las condiciones a alcanzar no son las pretendidas?
Recientemente, Trump ha declarado que si fuese necesario emplearía fuerzas terrestres para reconducir el conflicto. Para bien o para mal, hasta que no se ocupa un territorio no se puede asegurar su conquista y en esto el presidente norteamericano podría tener razón. Sin embargo, el abrupto territorio de Irán es una auténtica trampa, en la que no se entiende cómo podría meterse después de la experiencia de Afganistán. En un entorno de polarización política y social interna no habría nada como empezar a recibir ataúdes envueltos en la bandera estadounidense para que se desatase una crisis nacional.
Aunque estas líneas den tan solo espacio para unos apuntes, la situación actual se caracteriza por lo que podríamos llamar un entorno BANI, en la que el acrónimo inglés lo podríamos traducir como frágil, ansioso, no lineal e incompresible. Nada podría ser tan peligroso en un mundo que se encuentra en plena transformación y lleno de vulnerabilidades. Veremos lo que los acontecimientos nos deparan, sobre todo en el largo plazo, pero prepárense para contemplar tiempos apasionantes.