Manuel Marín-Vozpópuli
- Cada vez les van quedando menos republicanos de ‘trivial pursuit’, menos pañuelos palestinos y menos puntos violetas. Ya casi son la nada
Aquella izquierda de los dogmas, las coletas y las rastas, los asaltos revolucionarios a los cielos, la cal viva en los escaños, y esos todos, todas y todes se acabó en Galapagar. Se empacharon de poder, que no de gobierno porque nunca quisieron ni supieron gobernar. Solo han gestionado sus flamantes cuentas corrientes y sus egos. Descubrieron que con ganar un concursito universitario de debate y con gesticular mucho con las manos en televisión bastaba para ser un estadista. Legislan con truños sectarios y antijurídicos con la sutileza técnica de un leñador. Unos perfectos inútiles. Nunca se enteraron de nada y pensaron que la manipulación de mentes a cuenta de un populismo antifascista iba a durarles siempre mientras cambiaban pisos por chalés. Hoy parecen pobres diablos a bofetadas, patos cojos de la vida, porque ya no les queda ni la purga como entretenimiento. Se han purgado todos a sí mismos y ya no saben quién queda por laminar.
Están muriendo de soberbia. Mueren de acosos y agresiones sexuales que encubrieron de modo deliberado y de “cosas chulísimas”, mueren de mentiras con la nomenclatura del desempleo, y se han blindado en sus cortijos de nuevos ricos abandonando a su suerte a sus jóvenes y condenando a sus proletarios de barrio a la indigencia. Están muriendo de inutilidad. De excarcelar violadores, de deconstruir una sociedad que era sana, de vivir en su obsesión de los odios atávicos. Mueren de marcianadas universitarias con sus rectores acomplejados, de guetos ‘woke’, de ideas contradictorias y de amparar a ‘okupas’. No han creado un solo derecho nuevo y esa es la farsa. Han jodido las estadísticas de agresiones sexuales y delincuencia y solo han conseguido deformar lo que había. No han mejorado más vidas que las suyas, como cuando nos confesó Errejón aquella majadería de que había sucumbido sin darse cuenta al universo liberal, auténtico culpable de haberlo convertido en un obseso de las mujeres, las fiestas y el alcohol. Están muriendo por el odio que destilan, a los demás y a sí mismos. Desprecian a la clase media pero se han agarrado a ella y al sueldo público, haciéndote creer que así te salvan la vida, que garantizan tu libertad y que ya puedes llegar a casa de noche sola y borracha. ¿A qué casa?
Han logrado lo inédito. Tanto han forzado el sinsentido de su existencia política sobreactuando su comunismo de juguete que han logrado lo inédito, prefigurar el giro ideológico de una inmensa mayoría de la juventud. Los nuevos votantes, lejos de ser sumisos a la demagogia insulsa y a las obscenas teorías del reemplazo social, entienden que vincularse a este tipo de izquierda desarticulada y ociosa es una tara como otra cualquiera. Cada vez les van quedando menos republicanos de ‘trivial pursuit’, menos pañuelos palestinos y menos puntos violetas. Crearon una fantasía populista y el resultado del proceso es que se destrozan entre ellos a bofetadas. No quieren a Iglesias, ni a Monedero, ni a Errejón, ni a Belarra, ni a Montero, ni a Mónica García, ni a Yolanda Díaz, ni a Rufián… Nadie quiere a nadie. Sencillamente no se soportan entre ellos. No confían entre ellos. Y nos quieren construir, así, rapidito, liderazgos ficticios —Bustinduy, Urtasun, o a Maíllo, o a Colau, o a Unai Sordo— como los demócratas norteamericanos quisieron fabricar en quince días, y de la nada, a la tal Kamala Harris.
Maíllo suena, dicen. Maíllo es el líder de lo que queda de IU, un partido al que Garzón entregó a cambio de un botellín, una ración de torreznos, un escaño y un Ministerio. Maíllo va de templado, habla bajito, así como Illa, se da ademanes de Julio Anguita y empalaga de tanta amabilidad y cortesía. Pero se adorna con idéntico sectarismo que el resto. Esta izquierda no busca un programa común, ni un ‘frente amplio’, no practica la política, no legisla porque no sabe, y ya no moviliza. Tiene mal color la orina del enfermo. Ni siquiera tienen ideología. Han entrado en fase de supervivencia, de fuego amigo, de codazos por un cargo y de vendettas. El objetivo es mantener un estatus, travestirse sin complejos de lo que sea preciso a cambio de un escaño y seguir pedaleando cuatro años más. Yolanda Díaz lo conseguirá… en el PSOE. Jamás volverá a la profundidad de su Galicia sindical, comunista y sin mechas. Al tiempo. Todos se hacen trampas al solitario y alegan que, frente a las hordas fascistas que cantan el ‘Cara al sol’ por las calles, están obligados a recapacitar y olvidar sus rencores por el bien común de la izquierda, por el futuro en rojo de una España amenazada de neofranquismo. Pero es esa misma España que están desmontando por fases la que les está diciendo que a otro árbol con esa horca y que Gaza ya no cuela. Todo su argumentario es una farsa y carecen de líderes sencillamente porque sus líderes no lo son.
Esta izquierda revenida y a guantazos no se ha enterado de nada. Pedro Sánchez lo vio claro en la primera noche con Pablo Iglesias como vicepresidente. Pudo dormir, desde luego, pero al despertar era un podemita más, el primer podemita, de hecho. Los ha anulado en ocho años, los ha amaestrado, se ha reído de ellos, los ha sojuzgado a cambio de treinta monedas y se ha apropiado de todo su engañoso patrimonio pseudo-político. Les ha robado hasta el mensaje. Bastó con regalarles unos ministerios sin entidad y vaciados, con desnudarlos y hacer ver lo que son: un grupúsculo de cínicos del feminismo, unos renegados de la lógica política y unos burgueses facilones a los que basta pasar la mano izquierda por el lomo para que se sintiesen ungidos por el puto amo mientras los mataba uno a uno. He ahí las cenizas. La nada. Sólo querían estar. Ahora mendigan un líder. Lo único novedoso es que ahora sabemos que a Sánchez se le fue la mano. Los ha vaciado demasiado y ahora ya nada termina de cuadrar. Todo apunta a que será inviable sumar más investiduras. Quizás por eso llevamos una semana sin final con imágenes del franquismo a todas horas en las televisiones alertando a los incautos de una inminente amenaza fascista que España no quiere ver y que sólo podrá ser impedida gracias a Sánchez. Al final, es sólo el último síntoma de esta izquierda vaciada que pordiosea líderes.