Javier Zarzalejos-El Correo
- No hay que callar cuando el espacio público es invadido por la apología del terror, cuando se caracteriza la violencia como contribución histórica a la causa del euskera
Preguntada por la elección de siete jóvenes presuntos representantes de la juventud vasca para escenificar el acto final de la Korrika, la organización de esta iniciativa explicó que «cuando llamamos a la gente lo hacemos como reconocimiento a su labor por el euskera, no por su filiación política». Debió de ser una pura coincidencia entonces que entre estos siete jóvenes figurasen el hijo de David Plá -último jefe de pistolerismo etarra- además de dirigentes y candidatos de Bildu y de su pariente en el sur de Francia. El final de la carrera y el manifiesto culminaron un acto continuo de exaltación de ETA, de legitimación de la violencia terrorista y de heroificación de activistas y presos de la banda mediante un macabro despliegue gráfico. Sin límites, como acredita la utilización de un menor con la imagen en su camiseta del etarra Patxi Ruiz, asesino de Tomás Caballero, para proyectar una imagen atroz de continuidad generacional en el apoyo al terror.
Asumamos que denunciar estos hechos nos reporte la habitual descalificación de los que nos acusen de querer manchar la legitima reivindicación del euskera con el terrorismo. Ya sabemos que quienes han protagonizado, legitimado, apoyado y quienes se han beneficiado del terror nunca nos perdonarán lo que nos hicieron. Pero no hay que callar cuando el espacio público es invadido por la apología del terror, cuando quienes lo practicaron y extendieron el sufrimiento -«socializar» lo llamaban»- son presentados ellos mismos como víctimas y se caracteriza la violencia como una contribución histórica a una causa como el euskera.
Porque el mensaje central de la Korrika con su despliegue obsceno de apoyo a lo que ETA ha significado no es otro que el de vincular la supervivencia del euskera con el tiro, la bomba, la amenaza y el exilio interior de decenas de miles de vascos. Semejante contaminación de la causa del euskera debería haber sido contestada en términos mucho más contundentes que los balbuceantes comentarios del PNV o la preguntas retóricas de los socialistas vascos -«¿no había nadie mas que el hijo de David Pla para leer el manifiesto?»- que ellos mismos han contestado tras haber convertido su política de supervivencia en el Gobierno en un continuo ejercicio de blanqueamiento de Bildu, de olvido del pasado de la izquierda abertzale y de transgresión de ese pretendido «suelo ético» que los socios del PSOE en el «Gobierno de coalición progresista» no hacen sino horadar todos los días. De ahí, tal vez, esa irritación de personajes como Patxi López cuando se apunta a la vigencia del relato terrorista preservado por sus herederos que no se privan de dar lecciones de democracia desde la tribuna del Congreso ante la agradecida mirada del banco azul.
Con ser grave este homenaje a los terroristas que se ha paseado por nuestras calles, tal vez lo peor sea que revele la impunidad social y jurídica en la que vuelve a arraigar la legitimación del ETA. No consta que la Fiscalía haya iniciado unas mínimas diligencias para investigar lo sucedido. Tampoco que la Delegación del Gobierno y la propia Consejería de Interior hayan adoptado ninguna de las medidas para las que les facultan las leyes de protección de víctimas. Estamos a la espera de conocer exactamente cuáles son la entidades y empresas que financian a AEK, promotor de la Korrika, y en qué cuantías. Habrá que ver cuáles de estas entidades y empresas retiran esa financiación, aunque la apuesta más segura es que, sin presión social y política y sin consecuencias reputacionales, ninguna lo hará.
«Condenar estos hechos ya no es suficiente. Hay que pasar de las palabras a la acción. Cada institución pública que continúe financiando la Korrika pese a todo lo que ocurre en ella está contribuyendo a legitimar esta perversión moral». Así se pronunciaban estos días la Fundación Fernando Buesa y Covite en un comunicado conjunto en el que detallaban todas las expresiones de apoyo y legitimación del terrorismo que se han producido.
Lo ocurrido en la Korrika es a la vez síntoma y enfermedad. Que ETA ya no exista no significa que su sombra no siga extendida sobre ese sector de la sociedad vasca que ha interiorizado el valor de la violencia terrorista, que sigue viendo en ETA una épica con la que se identifica sin un ápice de reproche moral y que -no nos engañemos- atribuye a las décadas de terrorismo un efecto político y electoral que hoy les permite exhibir su influencia y aspirar a mayores cuotas de poder mientras mantiene viva la llama del odio, la memoria del terror y la exaltación de sus perpetradores.