Carlos Souto-Vozpópuli

  • En los hoteles, como en política, cuando uno llega tarde no elige menú: come lo que queda.

Hay campañas que son apenas campañas. Ruido, carteles, eslóganes, fotos forzadas y promesas olvidables. Y hay campañas que, dadas ciertas condiciones de presión y temperatura funcionan como puntos de inflexión históricos. Catalizadores. Aceleradores de procesos que ya estaban en marcha, pero no terminaban de manifestarse. La última elección nacional en España pertenece claramente a esta segunda categoría.

Muchos siguen creyendo que lo ocurrido el 23J fue un accidente, una rareza estadística o una suma de errores puntuales. No lo fue. Fue la demostración más cruda de que el sistema político español es, siendo generosos, profundamente imperfecto. Un sistema en el que quien gana no gobierna es un sistema con una falla de origen. Conviene aclararlo: algo parecido puede ocurrir en Estados Unidos, donde no siempre gobierna el más votado. La diferencia es que allí el sistema es tan intrincado que cuesta explicarlo. En España, en cambio, se nota a simple vista. Pedro Sánchez entendió esto mejor que nadie. Y actuó en consecuencia. Colocó la elección en pleno verano, en el peor momento posible para su adversario, sabiendo que el Partido Popular venía eufórico tras las autonómicas. Venían de arrasar y se creyeron que iban en coche. El problema es que el que iba en coche era Sánchez.

Efecto devastador

Aquí empieza a desplegarse la doble vía que explica casi todo lo que vino después. Por un lado, Sánchez decidió gobernar a cualquier precio. Sin escrúpulos, sin apego a la verdad, sin respeto por las instituciones. Caiga quien caiga. Y cayeron ministros, cayeron socios, cayeron los tripulantes del famoso Peugeot. Él no parpadeó. Frío. Clínico. El poder como único fin. Aplicando una de las intuiciones más elementales de Maquiavelo —muy a pesar de Javier Milei y de su brillante discurso en Davos, salvo en el arranque donde decretó la muerte del florentino—, Sánchez entendió que no había que molestar al adversario mientras se equivocaba. Maquiavelo quizás esté agonizando en otros lugares, pero en España sigue vivito y coleando. Sánchez demostró conocer al Partido Popular mejor que el propio Partido Popular. Y conocer a Feijóo, con sus límites y sus complejos. Lo que hizo fue simple y devastador: lo dejó equivocarse.

Y el PP se tropezó consigo mismo. Se tropezó con Bruselas. Se tropezó con estrategas torpes. Se tropezó con voceros que decían cualquier cosa. Se tropezó con la corrección política autoimpuesta de su líder. Se tropezó con límites que nadie le exigía, pero que decidió respetar igual. Se tropezó con su propio pasado, con viejas sombras que Sánchez sabía que iban a aflorar tarde o temprano. De ese modo, le bajó la espuma natural que todo candidato nuevo tiene cuando se lanza. Enfrió a Feijóo. Y tampoco es que Feijóo sea, de por sí, un político especialmente caliente. El resultado fue un Partido Popular que empezó a perder adherencia social. A deslizarse. A dar la sensación de que puede ganar sin saber para qué. Mientras tanto, Vox avanzó. No por la genialidad de su dirigencia, sino por una simple ley de física política: el espacio que el PP no ocupaba, alguien lo iba a ocupar. Eureka.

La deficiente estructura del PP

Durante mucho tiempo, Feijóo no puso pie en pared. No lo hizo. Esperó. Dudó. Administró silencios. Conservó mediocridades internas para no perder equilibrios, cargos, butacas, sueldos o influencias. Esa medianía autoimpuesta es el verdadero problema del Partido Popular. No él como individuo, sino una estructura entera fuera de sincronía con la sociedad. Hubo un primer amago de despertar a mediados del año pasado. Tímido. Feijóo abrió un ojo cuando decidió colocar a Cayetana Álvarez de Toledo como vocera. Y volvió al letargo de la mesura.

El colmo llegó el 19 de enero, cuando aceptó la invitación a La Moncloa para encontrarse con Sánchez. El presidente le ofrecía una charla sobre las misiones de paz de las Fuerzas Armadas al hilo del conflicto ucraniano. El líder gallego replicó que pretendía abordar “las cuestiones que preocupan a los españoles”. Cabe preguntarse cuáles: si el despliegue de tropas tras un acuerdo en Ucrania o asuntos tan candentes como la inmigración descontrolada, la inseguridad creciente, la inflación, la cesta de la compra o la falta de horizonte para una juventud que ya no puede alquilar ni cree más en nada. Nunca lo sabremos.

Recién hace unos días en el Congreso pareció abrir el ojo que le faltaba. Cambió el tono, endureció el discurso y mostró una energía que no se le veía. Bienvenida sea. El problema es que en política los despertares tardíos no siempre alcanzan, y menos cuando el reloj lleva rato sonando. Sin embargo, es una señal de que Feijóo reconoció que tenía un problema; que Vox le estaba comiendo la tostada y que la sangría ya no era simbólica. El miedo, como dicen en México, no anda en burro. La pregunta es si alcanza. Porque el problema ya no es solo de guion o de tono. Es estructural.  El presidente del PP despertó, dicen. Bienvenido. Lo malo es que si te despiertas tarde puedes sufrir el síndrome del buffet, que ocurre cuando bajas muy sobre la hora al desayuno del hotel. Porque en los hoteles como en política, cuando uno llega tarde, no elige menú: come lo que queda.