Ignacio Camacho-ABC
- El fusil de Silvio es el icono de ese comunismo disecado cuyos últimos especímenes habitan el parque jurásico cubano
Carlos Cano, que tenía una suerte de detector intuitivo de dobleces morales, solía establecer una gran diferencia humana entre Silvio y Pablo. A ambos los había tratado e incluso compartido con ellos algún escenario. De Milanés destacaba su fondo cálido, su cercanía sincera, la naturalidad de un sentimentalismo acogedor, limpio, cordial, espontáneo. Rodríguez, en cambio, le inspiraba la desconfianza instintiva –«de piel», decía tocándose las manos– de alguien que bajo su fachada de trovador romántico escondía un artificio impostado, falso, y el sentimiento de superioridad dogmática propio de los fanáticos. Tiempo después, ya muerto Carlos, el primero se alejó del castrismo sin aspavientos, sin expresiones de rencor y sin tirar los pies por alto; simplemente se apartó en silencio cargando a cuestas con su desengaño. El segundo ha persistido como icono oficial de un régimen disecado, logotipo viviente de ese parque paleontológico donde sobreviven los últimos especímenes del comunismo jurásico.
El esperpento de la entrega del Kalashnikov solicitado por el cantante «para defender la patria» de una eventual invasión estadounidense constituye la penúltima farsa de la gran estafa cubana. Un episodio tan tragicómico como el de la flotilla solidaria del que ya se ha ocupado aquí Soto Ivars con insuperable guasa. El safari ideológico de los expedicionarios europeos es un clásico de la ‘gauche caviar’ que creció durmiendo junto al póster del Che Guevara y se fue de turismo sexual a La Habana bajo la coartada de la ayuda humanitaria; sin embargo, la resistencia retórica de Silvio –79 tacos– pertenece al terreno de la autoparodia revolucionaria, de ese ridículo orgullo irredento de consignas rancias que en medio del colapso completo, con el pueblo esperando a oscuras el final de la pesadilla, adquiere tintes de broma pesada o más bien de siniestro melodrama. Ya Cabrera Infante, tan aficionado a los juegos de palabras, había reformulado el lema castrista sustituyendo ‘patria’ por ‘patraña’.
Es probable que Trump ni siquiera necesite invadir la isla. Le puede bastar, como en la Venezuela chavista, con ganarse la complicidad de algunos jerarcas dispuestos a garantizar su impunidad mediante la colaboración activa con el derrocamiento de Díaz-Canel y su remplazo por una dirección interina, un protectorado de la Casa Blanca que guarde una mínima apariencia tardocomunista mientras la casta dirigente pone a salvo las fortunas atesoradas bajo los Castro y su dinastía. Una transición más o menos pacífica y tal vez ficticia en la que Silvio Rodríguez pueda seguir cantando sin peligro sus baladas comprometidas –«siempre matando canallas»– entre el éxtasis lírico y la doctrina propagandística. Al menos su compañero de generación artística entendió a tiempo la malversación de su causa perdida y optó por poner una distancia digna sin apostatar de su biografía. Le habría dolido ver caer de esta manera la fraudulenta utopía en que creyó de buena fe hasta que la realidad le descorrió las cortinas.