Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli
- Un político, por inmoral que sea, tiene ciertos límites, un miembro del crimen organizado carece de ellos
Durante la Revolución Cultural que devastó China en la década 1966-76 causando una miseria extrema y decenas de millones de muertos por hambre o asesinados por las hordas maoístas destacaron por su crueldad y su implicación en las atrocidades cometidas un grupo muy próximo al dictador formado por su mujer, Jian Qing, el propagandista y jerarca del partido Zhang Chunqiao, el crítico literario Yao Wuenyuan y el líder juvenil Wang Hongwen. Terminado este período aciago de la historia del gigante asiático y fallecido Mao, el siniestro cuarteto fue juzgado y condenado a durísimas penas de prisión. En España también hemos tenido nuestra banda de los cuatro que ha arrasado moralmente y saqueado el país desde que su jefe, Pedro Sánchez, recuperó la Secretaría General del PSOE en mayo de 2017 de la que había sido descabalgado en octubre de 1916 aupado de nuevo a la máxima responsabilidad por una militancia fanatizada y sectaria, muy maleada por la nefasta etapa zapateril.
Una adecuada comprensión de la situación dramática que atravesamos como Nación requiere la identificación de la verdadera naturaleza de la sórdida célula que viajó a lo largo de 40.000 kilómetros en el célebre Peugeot -nunca una marca automovilística ha sufrido una publicidad no deseada tan negativa- porque si no se entiende este dato esencial no se podrá reparar el inmenso daño infligido a España por estos despreciables sujetos. Yo siempre he prestado mucha atención al lenguaje corporal y a los aspectos estéticos tanto de los comportamientos personales como de los fenómenos sociales adhiriéndome al famoso epigrama de Oscar Wilde que afirma que la forma casi siempre es más determinante que el fondo. Desde esta perspectiva, recomiendo un examen minucioso de la foto que agrupa a los cuatro tripulantes del utilitario en una parada de su periplo en busca de apoyos para volver a hacerse con la organización perdida. El conjunto de rostros patibularios, miradas turbias, posturas rufianescas y vestimenta cutre lo dice todo y en esa imagen desagradable se condensa premonitoriamente el cúmulo de villanías que vendría después.
Las mayores vilezas
Hay que tener claro que los que se desplazaban de pueblo en pueblo haciendo campaña en aquellas infaustas primarias no eran un núcleo de políticos equipados con un fundamento ideológico y un programa de acción público de carácter socialista, eran una agregación de delincuentes en busca de un territorio que explotar desaprensivamente para enriquecerse y disfrutar del poder que perseguían con obsceno afán. Las evidencias que prueban esta aseveración son varias y elocuentes. En primer lugar, ¿cómo se explica que, una vez caído Ábalos, el designado para sucederle como Secretario de Organización y número dos del partido fuera Cerdán y no alguien totalmente alejado del ya investigado y sin cadáveres en el armario? La explicación es sencilla: la lógica de Sánchez no es política, es la del capo di tutti que, al ser detenido su consegliere, lo reemplaza por el siguiente en jerarquía porque es la manera de impedir que los secretos tenebrosos salgan del estricto perímetro de la famiglia. En segundo, ¿quién si no el cabeza de un gang es capaz de cometer las mayores vilezas, los indultos a los golpistas, la ley de amnistía, la rebaja del delito de malversación, el abrazo al comunismo bolivariano, la benevolencia con narcodictaduras infames, el pacto nefando con los asesinos de sus propios compañeros, la entrega de la Nación que ha prometido defender y proteger a sus peores enemigos para que la despedacen y demás cotas de abyección rebasadas sin rubor ni escrúpulo alguno? Un político, por inmoral que sea, tiene ciertos límites, un miembro del crimen organizado carece de ellos. Por último, ¿qué se puede esperar de alguien que financia su proyecto de conquista de la púrpura con fondos procedentes del negocio asociado a la práctica del oficio más antiguo del mundo? Un político no chapotea en un charco de tal fetidez, un habitante de los bajos fondos usa ese dinero pestilente con absoluta indiferencia.
A la luz de todo lo anterior, la sociedad española ha de tomar conciencia de la aberración institucional, política y ética que supone que una trama delincuencial se apodere de las más altas instancias del Estado, las pervierta, las empuerque y las ponga al servicio de sus propósitos de saqueo, satisfacción de vicios y destrucción del legado de la Transición. Los partidos de la oposición a esta patología que se conoce como sanchismo deben adquirir conciencia, por su parte, de que, si bien se enfrentan en la superficie a una coalición de formaciones de izquierda, separatistas y filoterroristas, en realidad y en la entraña su tarea es extirpar de nuestra trayectoria colectiva a una cosa nostra que, aunque zafia, tosca y rastrera, presenta igual peligrosidad que su legendario modelo siciliano. El eslogan “Mafia o Democracia” representa así, en su contundente crudeza, una perfecta descripción de la trágica disyuntiva que se despliega ante la España de estos tiempos amargos.