Carlos Sánchez-EL CONFIDENCIAL

  • La batalla es en Europa, pero la guerra estratégica la juegan China y EEUU. La incorporación a la OTAN de Suecia y Finlandia sería un paso más en la escalada entre las dos superpotencias. Rusia es ya un peón

El destino ha querido, si se puede hablar en estos términos, que este sábado se hayan cumplido 100 años de la firma del Tratado de Rapallo, probablemente uno de los momentos estelares de la humanidad de los que hablaba Stefan Zweig, pero también, paradójicamente, más desconocidos. 

El Tratado, que hace referencia a una pequeña localidad italiana cerca de Génova donde se firmó el acuerdo, representó el regreso al teatro mundial de dos países parias. Uno por haber perdido la guerra: Alemania, y otro, Rusia, tras el triunfo de la revolución bolchevique.

Los dirigentes de ambos países firmaron un Tratado de amistad, inicialmente de carácter económico, que siempre fue visto con recelo por las grandes potencias de la época, no sin razón. Y, de hecho, ha sido considerado como un fracaso diplomático de Francia y Gran Bretaña. Al fin y al cabo, el siglo XX, incluso lo que va de siglo XXI, no se entiende sin el rol que han jugado Alemania y Rusia, unas veces como aliados y otras como enemigos, y hay pocas dudas de que Berlín y Moscú son los engranajes sobre los que ha girado Europa en el último siglo. Incluso ahora, en plena invasión de Ucrania. 

El siglo XX y lo que va de XXI no se entienden sin el rol que han jugado Alemania y Rusia, unas veces como aliados y otras como enemigos

La importancia de Rapallo viene dada porque dos Estados en principio antagónicos y proscritos en el nuevo orden internacional podían entenderse, aunque fuera a través de cláusulas secretas, como la cooperación militar, en aras de obtener beneficios compartidos. Rusia consiguió que Alemania fuera el primer gran país que reconociera la victoria comunista y Alemania volvió a tener una posición propia en el orden mundial al margen de las dictadas en el Tratado de Versalles. Rapallo, en una palabra, significó el reconocimiento mutuo en unos momentos de enorme fragilidad de las democracias liberales tras el derrumbe del imperio austrohúngaro: surgimiento del fascismo italiano, desorden e hiperinflación en la recién nacida República de Weimar y consolidación del totalitarismo soviético. Precisamente, el caldo de cultivo que sirvió de trampolín a Hitler. 

La necesidad de Alemania de acercarse a Rusia era una forma de alejarse de las potencias vencedoras y, al mismo tiempo, obtener materias primas necesarias para su industria, mientras que, en sentido contrario, Moscú podría aprender del funcionamiento de la economía alemana en el marco de la célebre NEP (Nueva Política Económica) impulsada por Lenin tras años de economía de guerra. No es de extrañar, por eso, que fueran los grandes industriales alemanes, que luego jugaron un papel fundamental en la consolidación del régimen nazi, quienes apoyaran de forma más resuelta el Tratado de Rapallo, que muchos han llamado el ‘anti-Versalles’.

Política de buena vecindad

Cien años después, Rusia y Alemania son países completamente distintos, pero les une algo que no pueden evitar por mucho que lo intenten: la proximidad geográfica, como Marruecos y España. Hasta el punto de que sus relaciones han condicionado todo lo que ha sucedido en el continente desde Metternich. Tanto la ‘ostpolitik’, la apertura hacia el Este, como la propia reunificación alemana, forman parte de esa política de buena vecindad que Europa nunca puede olvidar, incluso en los tiempos más difíciles, y que hoy es cuestionada por algunos formulando un enorme anacronismo histórico. Rusia siempre estará en el Este de Europa, por complicado que sea la convivencia. 

Hoy en Moscú no se espera la llegada de ningún Gorbachov, y hay razones para pensar que si cae Putin podría venir otro dirigente más hostil 

Hoy, cien años después, y aunque los dos países no comparten fronteras físicas, es evidente que el rearme alemán tendrá consecuencias, y solo hay que recordar lo que significó en los primeros años 80 la intención de la OTAN de instalar 108 misiles Pershing II y 464 Cruise en territorio germano y en otros países aliados, cuya decisión, tomada en 1979, venía a romper un delicado equilibrio basado en el terror mutuo a las armas nucleares. La llamada ‘doble decisión’ —al mismo tiempo se proponía a la URSS alcanzar un acuerdo estable sobre el armamento nuclear— era la respuesta al despliegue de Moscú de misiles SS-20, y hubo que esperar a la llegada de Gorbachov, en 1985, para el comienzo de la distensión, apoyada en su buena sintonía con un pragmático Reagan en política exterior, mientras que en la interior ejercía un mandato muy ideológico. 

Hoy en Moscú no se espera la llegada de ningún Gorbachov, y, de hecho, hay razones más que suficientes para pensar que una derrota deshonrosa de Putin podría facilitar la llegada de un dirigente todavía más hostil hacia Occidente, y que, necesariamente, tendría que caer rendido ante la China de Xi Jinping, un líder que ha recuperado para sí el viejo ‘culto a la personalidad’ más propio de los tiempos de Mao. 

Cabe recordar que pocos días antes de la invasión, Putin y el presidente chino firmaron una declaración en la que se pide a Occidente que «abandone los enfoques ideologizados de la guerra fría». Es decir, el regreso a un mundo bipolar, pero en esta ocasión liderada por EEUU y China. A Rusia le convenía esa declaración porque en ese escenario Moscú siempre sería un Estado subalterno, aunque todavía con capacidad nuclear ofensiva. Mientras que China no quiere que se le señale con el dedo porque conviene olvidar que en diciembre de 2017 Washington actualizó su Estrategia de Seguridad Nacional —aquí el documento— e hizo dos cambios significativos: etiquetar a China y a varios otros países no liberales como competidores estratégicos y, al mismo tiempo, reconocer la competencia económica como central para la rivalidad entre las grandes potencias. Y China, donde se la juega, es en la globalización.

Estados tapón

Es en esta clave en la que hay que entender la probable incorporación de Suecia y Finlandia a la OTAN, que dejaría sin espacio a una de las políticas más fructíferas construidas en Europa desde 1945, la existencia países tapón o neutrales, como se quiera, que sirven de zona de seguridad entre territorios enfrentados. Austria o Suiza, además de los citados, han cumplido históricamente ese papel. 

Muy al contrario, el escenario que hoy se divisa es que los 1.300 kilómetros de frontera entre Rusia y Finlandia sean un espacio militarizado, ya muy cerca de Kaliningrado, donde está la flota rusa del Mar Báltico, que es una zona vital de seguridad para Rusia porque es el único puerto de la región navegable en invierno, y que se encuentra a apenas 380 kilómetros de Varsovia. 

En contra de lo que a primera vista pueda parecer, el resurgimiento del mundo bipolar sería, paradójicamente, un golpe, probablemente, definitivo, contra uno de los pilares que Europa pretende levantar, y que se ha denominado ‘autonomía estratégica’. Con el regreso a un mundo bipolar, de hecho, la seguridad europea estaría, como lo está hoy, claramente condicionada y subordinada a la posición de la OTAN, donde EEUU siempre llevará la iniciativa.

El mundo bipolar sería un golpe definitivo contra uno de los pilares que Europa pretende levantar, y que se ha denominado ‘autonomía estratégica’ 

Y más OTAN, cuyas propias fronteras de actuación estarán en revisión en la próxima cumbre de Madrid, significa menos Europa, y no porque se trate de dos realidades distintas, al contrario, Europa y EEUU (con todos sus trágicos errores) son los garantes de las democracias liberales, sino porque su seguridad siempre estará supeditada al interés legítimo de EEUU en su batalla con China una vez eliminada Rusia de la competencia. El hecho de que Putin actúe como si Rusia siguiera siendo una gran potencia no cambia la realidad de que se trata de un país en declive. 

Aunque Europa ha respondido con una sola voz a las sanciones, hay pocas dudas de que detrás está el peso militar de EEUU, que es en realidad la guarida que buscan Suecia y Finlandia si finalmente forman parte de la organización. Su peso político, si entra en la OTAN, sería irrelevante, pero sería un salto cualitativo de primera importancia. Resulta incoherente sostener que Rusia ha sido derrotada en su intento de controlar Ucrania y, al mismo tiempo, defender que tiene capacidad para llegar a Estocolmo o Helsinki mediante armas convencionales.

Intereses geoestratégicos

Europa, sin embargo, lo que necesita es frenar una escalada militar sin sentido y estabilizar sus relaciones con China, no solo en el plano diplomático, lo que sería muy difícil en pleno surgimiento de un nuevo orden bipolar, sino también económico. Entre otras cosas, porque la autonomía estratégica es un proceso largo en el tiempo que hoy por hoy la UE no está en condiciones de satisfacer. Y ahí están los problemas que tiene para no depender de los hidrocarburos rusos, salvo que abandone su lucha contra el cambio climático. No puede haber seguridad en el plano militar si no la hay en el campo de la energía o de la tecnología.

La guerra no es un juego de ordenador, sino algo infinitamente más cruel. Muchas de esas escenas podrían volver a vivirse en nuestras ciudades 

El peor escenario para Europa, en definitiva, sería volver a un mundo bipolar basado en lo que dijo en 2018 el exsecretario de Estado de Defensa, Jim Mattis, cuando afirmó que «la competencia de las grandes potencias es ahora el foco principal de la seguridad nacional de los EEUU, no el terrorismo». Mejor sería que el centro de gravedad de las decisiones de la OTAN se quedara en Europa y no se moviera hacia el Este por los intereses geoestratégicos de EEUU. Centrarse en la competencia entre las grandes potencias, a largo plazo, sería un mal negocio para Europa. 

Las opiniones públicas europeas están hoy unidas contra Putin, pero una crisis larga es sinónimo de conflictos sociales a causa de la inflación. Y es posible que el tiempo, que es un factor crucial en toda guerra, juegue contra la unidad occidental. Al fin y al cabo, la guerra no es un juego de ordenador, sino algo infinitamente más cruel. Y conviene pensar que si las cosas no salen como pensamos, muchas de esas escenas podrían volver a vivirse en nuestras ciudades.