Editorial-El Español

Lo del Gobierno de Pedro Sánchez durante la última semana no ha sido en sentido estricto un despertar. Ha sido un sobresalto.

Un mes después de que 70-80.000 invasores cruzaran en dos días la frontera más desprotegida de Europa, la Moncloa ha descubierto de pronto el mando único, los espigones, los fondos europeos, el triaje, el auxilio de Frontex y hasta una reforma de extranjería que el Partido Popular tenía registrada desde julio.

Quien llega un mes tarde a blindar su frontera no está defendiendo España. Está cooperando con el invasor, ya sea por acción o por omisión.

La invasión de Ceuta no fue un accidente humanitario ni el efecto colateral de un tuit. No fue culpa de Elon Musk, la «internacional ultraderechista», Putin, las mafias, el PP o Vox.

Fue un acto de guerra híbrida contra la soberanía española, ejecutada desde territorio marroquí y permitida por un Gobierno que tardó semanas en tratarla como lo que era: una amenaza existencial.

Las medidas de agosto no reparan julio. Llegan cuando las playas, las calles, los colegios y los bosques ya están ocupados por los invasores, los vecinos en la calle y parte del mal (muertos en el agua, violaciones, agresiones, campamentos chabolistas, quiebra de la convivencia) es irreversible.

Una ciudad de poco más de 80.000 habitantes no se llena con 70.000 u 80.000 personas más en 48 horas por generación espontánea. Hace falta una llamada a la invasión, la concentración de efectivos, la ausencia de interceptación en la orilla de origen y un mensaje nítido: «ahora se puede».

El Tribunal Supremo no abrió la frontera. Abrió un resquicio sobre quien llega a nado. Quien convirtió ese resquicio en avalancha no fue un algoritmo. Fue quien controla la otra orilla. Marruecos.

Cuando el Gobierno dice que Marruecos es un país «amigo», se refiere probablemente a «amigo» de Pedro Sánchez. Porque no es amigo ni de España ni de los españoles. Mucho menos de Ceuta y Melilla.

El propio relato oficial contiene la confesión. El Gobierno presume de que el 90% de los invasores regresó en menos de dos días «gracias» a Marruecos. Quien puede devolver de golpe es quien pudo impedir de golpe.

Después llegaron las declaraciones de ministros marroquíes sobre «liberar» Ceuta y Melilla.

José Manuel Albares responde que ha sido «muy claro» con Rabat, pero no llama a consultas a la embajadora. Claridad de salón.

Mientras tanto, el ministro prefiere hablar de «guerra cognitiva». Desplaza la culpabilidad porque los culpables están en Rabat y en la Moncloa.

Tampoco hace falta que un juez dicte sentencia para ver el diseño maestro de la invasión. La magistrada María Tardón ha preguntado a la Policía y la Guardia Civil si hubo acción concertada y avisos previos. Pero el Ejecutivo ya ha emitido sentencia: Marruecos es un «socio leal».

Un socio que te inunda la ciudad y luego te ayuda a vaciarla no es un aliado: es quien maneja el grifo del torrente con el que pretende ahogarte.

Los días 30 y 31 de julio se produjo la invasión. En las horas siguientes, el Gobierno habló de «fase aguda superada», de «retornos récord» y de «humanidad». En las semanas siguientes, Ceuta conoció lo que Moncloa no quería nombrar: campamentos en El Trampolín, filiación a trompicones, menores sin derivar, denuncias de agresiones sexuales ante la Fiscalía, una patrulla militar apedreada y vecinos cortando el paso a la Cruz Roja.

El 18 de agosto, Interior aún descartaba Frontex porque su despliegue «no es inmediato».

El 24 y el 25, por fin, llegó la solicitud de fondos de emergencia a Bruselas y el mando único.

El 26, ese mando nació corrigiéndose: los polideportivos salieron del decreto a las 24 horas. Está por ver que sea cierto.

Este viernes 28, Marlaska ha anunciado treinta y cinco millones de euros para alargar espigones, boyas y drones. También pedirá ayuda a Frontex para identificar a quienes siguen en Ceuta. Ni siquiera los han contado: los números del Gobierno son negados con rotundidad por las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

No es que no hubiera instrumentos para gestionar la invasión. Es que no se quisieron usar cuando servían.

Ahora ya es tarde. Todo el daño está hecho.

La pregunta es si el Gobierno reacciona ahora porque ya ha obtenido lo que pretendía de la invasión: un estallido social en Ceuta y el caos en el resto de España.

¿Es este despertar de agosto el de un presidente que por fin ha comprendido que Ceuta es España y que Marruecos no improvisa, o el de un Gobierno que ha visto la reacción masiva de los españoles, en la ciudad, en las calles y en el país, y ha puesto en marcha una operación de reducción de daños?

Las medidas adoptadas por el Gobierno coinciden, con retraso, con lo que pedían Ceuta, el PP y Bruselas. El calendario coincide con el momento en que el relato de la «fase aguda superada» ya no se sostenía.

Pedro Sánchez despierta cuando gran parte del mal ya está hecho. Queda por saber si ha despertado de verdad o sólo ha oído el ruido y se ha desvelado un poco antes de volver a coger el sueño y entregarle en bandeja Ceuta a Marruecos.