- Aquí todo es fálico e inservible. La trompeta, la escopeta, el genital.
Vaya por delante que esto lo escribe una travesti: buenas tardes, señora, buenas tardes, caballero. La travesti soy yo, qué tal. ¿Querrá usted ser travesti conmigo? Séalo si es que usted ama el cine y la literatura como yo lo hago. Les estrecho la mano. Comprobarán que mi mano es fuerte y débil al mismo tiempo. Mi mano es de boxeador y de pianista y de amante y de jardinero. Mi mano es todas las manos del mundo.
Desde muy niña practico con insolencia el travestismo y gracias a él fui un niño con las rodillas llenas de costras y fui una vieja con escopeta y fui un hombre de negocios y una rubia platino peligrosísima.
Fui tópicos y algunos seres humanos colosales, indecibles, mucho mejores que yo. A veces me levanté mitológica.
Lo he pasado muy bien y muy mal. Apenas puedo recordarlo todo. Fui muchas criaturas porque soy travesti. Fui muchas cosas desde muy pronto. Quiero contarles que vi esos libros y esas películas y abrí los brazos en cruz y me dejé poseer. He tenido todas las edades.
O sea, que en algún momento he tenido que andar y desandar mi vida para regresar a mis treinta y cinco, a mis verdaderos años, a mi edad biográfica, y fingir cada día que opero desde aquí. Esto es de un mal gusto tremendo. Esto es una estrechez y una vulgaridad. Seguro que a usted también le ha pasado. Quizá algún día nos encontremos por el camino como dos paseantes en medio de la noche amarilla.
Lo que quiero decir es que no hay nada más queer que el cine y que la literatura y que por eso cuando hablan de La bola negra como de un gran tríptico queer, yo digo: sí, claro, pero ante todo es un juego de muñecas rusas, es decir, una pieza queer dentro de lo queer que era ya la vaina de la ficción si se la ejercía hasta las últimas consecuencias y no como la tratan los imbéciles y los literales.
De verdad que la ficción es una cosa que yo recomiendo porque te permite no quedarte más ciego que un gato de escayola. Ciego de ti mismo.
Hay un lugar (¿un cementerio de aviones, una granja, un salón de baile, un tren antiguo con restaurante?) donde han ido a parar todos los personajes que hemos sido, todos los personajes que han sido tan amigos nuestros que los confundimos con una capa de nosotros mismos.
Cuando me enamoro de alguien siempre pienso en visitar su habitación para conocer a su ejército de identidades. Cuando me enamoro de alguien siempre pienso en alinear a todo mi ejército de personajes. Para que le amen bien y de una. O sea: enamorarse es ponerse. Ponerse coral.
En todo esto pienso cuando escucho a Penélope Cruz decir, en la película de los Javis, «el transformismo es la fantasía de la posibilidad y la guerra es todo lo contrario». Genial. Una verdad radiante.
Yo creo que si uno no está muy amargado puede y debe dejarse arrastrar un rato por esta película tan inmensa y tan sensual que te inyecta tanto su sed: la sed de hombre.
Todo está lleno de hombres. Esto es una galería de hombres. Hay una sensualidad sucia en la guerra que te mata de cintura para abajo pero te deja vivir con medio cuerpo, con el tren superior de un hombre.
Esto me encanta, me encanta de veras que ésta sea una película contra el gobierno del falo. Es una película sublimada, una película por encima del imperio de la polla. Guitarrica tiene la trompeta y no le dejan usarla. Y tiene la escopeta con la que custodia a Bernardeau y no sabe usarla. Todo es fálico e inservible. También el genital encogido de los muchachos hermosos y muertos de miedo.
Estos dos protagonistas nuestros se aman distinto: con el pene replegado, aciertan a amarse como mujeres lesbianas. A mí esta idea me parece la más radical y la más queer de la película. La mezcla de esos dos universos eróticos.
Caído el falo, aparece el mundo femenino de la mirada y de la espera, de la angustia. Un deseo insidioso de lento goteo. La cosa es agónica, es corrosiva. Aquí el sexo se parece al amor. Es profundo y aprieta. Nada es ya evidente. Se folla con la cara, con el busto.
Así aparecen los ojos inmensos y las pestañas de Guitarrica como dos pavos reales, como dos abanicos españoles: dos casas posibles de una ternura insoportable. Vendrá la muerte y tendrá sus ojos.
Caído el falo, digo, aparece la espalda dormida de Miguel Bernardeau con esas dos escápulas aladas capaces de coserme a disgustos. Y aparecen los brazos curvos y duros, rosáceos, y aparece el esternón y una cara severa con una mandíbula feroz, bestial, una mandíbula como para montar de cero un piso e instalarse. Una mandíbula como para echarse allí a morir.
Su hermosura es seria, muy grave, y su gesto es sombrío e inteligente. Parece un Cristo rubio, vencido. Te da miedo deslizarle un dedo por la costilla por si estás profanando algo. En fin, podría hacerme muchísimo daño y yo jamás se lo haría ver. Fingiría que me la pela mientras le amo más que nunca.
Por eso entiendo a Guitarrica en esa escena emocionante en la que llora y le toca la silueta sin tocarle, a nada del vahído (pienso en aquello de Lorca que le escuché a Botto en Una noche sin luna, «soy un hombre tan hombre / que se desmaya cuando se despiertan los cazadores»). Vamos a ver: el chiquillo le toca a Miguel la línea del aura, no la del cuerpo. Será eso grande. Después, para vampirizarle, le lame un poco la sangre. Esa es la única forma de metérsele dentro.
Me molan muchas cosas de la película. Por ejemplo, las conversaciones pequeñas en el contexto de la guerra, las fruslerías. Una enfermera que está salvando a un herido de muerte y le cuenta a un compañero que tiene hambre, que esa mañana sólo desayunó una manzana. Dos guardas que hablan de senderismo en sus horas muertas de la noche. ¡Las cosas tontas! La vida.
Me gusta que el primer día que Rafael ve a Lorca lo vea de espaldas, en esa escena en blanco y negro: me gusta que se enamorase de él por su don de gentes, por cómo contaba las historias. Por el palique.
Y me gusta, sobre todo, que La bola negra sea una crítica radical contra el uso triste, contra el mal uso de la libertad. Lo digo a cuenta de la historia que protagoniza Carlos González, acá en 2017. Es, de lejos, el personaje más cenizo, más soberbio, más vencido y más pagado de sí mismo. Y es el que más se parece a nosotros, por contemporáneo y estúpido.
Va deslavazado, va mohíno. Está de mal humor. Está agotado creativamente.
Una vez quiso escribir y ya no sabe o no se acuerda. Se dejó taponar por la crítica. Está pendiente de la vida de los demás para no pensar en la suya. Quiere hacer algo, decir algo, y no sabe por dónde empezar, de qué hilo tirar. Toma muchas pastillas, parecen ansiolíticos. Tiene sexo casual con desconocidos que hablan en otros idiomas. Ve fotos de pollas en Grindr. Esta está bien. Él no enseña la polla pero enseña la cara y las carnes. Está vacío.
Una vez quiso besar y ya no sabe o no se acuerda. Es un mal conversador. Come con ansiedad. No se entiende con su madre. Se siente incomprendido. Lo está. No tiene memoria, no le permitieron tenerla. Es incapaz de construir nada. Le habla a su mejor amigo (quizás su único amigo, que es su compañero de piso) con el tono reprochón con el que se le habla a una pareja a la que odias.
Ensaya con el amigo escenas de caricias, dialectos tiernos, videollamadas. Pero todo es pobre y no se aman porque ya nadie sabe amarse como se amaban los hombres a los que el amor les fue vedado. Hombres como su abuelo.
Esa gente supo quererse entre dos rondas, entre dos fusilamientos, entre dos carros llenos de cadáveres, en la enfermería con esa luz azul pálido y en la cárcel y en el barreño de la ducha. Les dio tiempo a casi todo y no tuvieron casi nada. Sólo un deseo punzante y curvo. Sólo un deseo como un cuchillo. Un cuchillo al que llamarle medialuna.
A Carlos González, que aquí se llama Alberto, tiene que venir el pasado a espabilarle porque está hecho un gilipollas. Creo que su rendición es la de todos. Ha claudicado. Esta es la verdad: no supimos usar la libertad que se curraron los que nos precedieron y ahora nos comen los males del espíritu.
Necesitábamos algo para dar el giro. Necesitábamos un acontecimiento poético.
Les recomiendo a fuego esta película radiante de estos dos creadores geniales: es un acicate, una palanca transformadora. Mañana escribo, mañana me dejo de tonterías. Mañana digo que ya está bien. Mañana mando a la mierda a alguien. Mañana aprendo a amar desde cero.