Beatriz Triguero-Vozpópuli

  • En Francia, principal socio comercial de España, el Gobierno pende de un hilo y no hay consenso político para controlar el enorme déficit público que soporta

Los ecos de la inestabilidad en París retumban en Madrid. La crisis política que atraviesa Francia marcará su desenlace el próximo 8 de septiembre, con la moción de confianza al primer ministro François Bayrou y su ambicioso plan de recortes, cercano a los 44.000 millones de euros, para atajar el creciente déficit que sufre el país. Unas medidas impopulares contra las que se han convocado protestas el 10 de septiembre.

El plan de austeridad planteado incluye congelación de prestaciones, reducción de programas sociales y empleo público, y una decisión especialmente polémica: la eliminación de dos días festivos. El objetivo de estas medidas es reducir el déficit, que en 2024 alcanzó el 5,8% del PIB, hasta el 4,6% en 2026, con la intención de llegar al 2,8% en 2029, conforme a los compromisos del Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la Unión Europea.

Atrás quedaron aquellos años, a principios de siglo, en los que Francia gozaba de un déficit limitado, en línea con el resto de grandes economías europeas. Esta difícil situación presupuestaria combina con una deuda creciente, que alcanza ya el 113% del Producto Interior Bruto (PIB) del país. En este sentido, Bayrou presentó en julio su plan de recortes como «la última parada antes del abismo, antes de que nos aplaste la deuda».

No es sólo un problema de desequilibrios presupuestarios, también pasa factura la sensación generalizada de que la política pública no dispone de instrumentos ni de consenso para controlar la situación

En las últimas dos décadas ha pasado de ser el sexto país de la Unión Europea en deuda (66,9% en 2014) y el octavo en déficit (3,6%), al tercero en ambos parámetros financieros. Y mientras tanto, el crecimiento económico en Francia registra avances raquíticos, del entorno del 1%, gracias al consumo privado. La inversión, como en España, se mantiene adormecida. En 2024, de hecho, se contrajo un 1% respecto al año anterior.

No es, por tanto, solo un problema de la dinámica del déficit y de la deuda pública, de los desequilibrios presupuestarios; también pasa factura la sensación generalizada de que la política pública no dispone de instrumentos ni de consenso para controlar la situación. Esta semana la prima de riesgo francesa superó los 80 puntos básicos por primera vez desde abril, quedando 20 puntos por encima de la española, muestra de la creciente preocupación de los inversores.

Las alarmas se dispararon aún más cuando el ministro de Economía, Eric Lombard, habló en una entrevista en la radio pública France Inter de una posible intervención del Fondo Monetario Internacional (FMI). «Es algo que queremos evitar, que tenemos que evitar, pero no voy a decir que el riesgo no existe», dijo. Unas palabras que aunque después matizó, contribuyeron a una fuerte caída en la cotización de los bancos en la Bolsa parisina.

El impacto de la crisis francesa en España

Lo que ocurra al otro lado de la frontera tendrá consecuencias en este. En primer lugar, porque Francia es el principal socio comercial de España. Nuestro país exporta cada año bienes por valor de casi 60.000 millones de euros, una cantidad que podría verse mermada si la inestabilidad se instala en el país vecino, el factor confianza se pierde, y el consumo privado mengua. Así lo anticipa Raymond Torres, director de coyuntura económica de Funcas.

Las exportaciones de las empresas españolas incluyen automóviles, petróleo refinado y medicamentos. También los sectores agroalimentario y pesquero dependen en gran medida de sus ventas a Francia. Suponen el 15% de todas las exportaciones que hacen estas empresas al mundo, ingresando un total de 11.500 millones de euros. Productos como los cítricos, el aceite de oliva, la carne de porcino o las hortalizas representan una parte significativa del comercio bilateral.

Más allá de la industria, Francia es el segundo mayor mercado de turistas para España con casi 13 millones de visitantes al año, solo por detrás de Reino Unido. En doce meses generan un gasto total dentro del país de alrededor de 11.000 millones de euros, casi un 10% de todo lo que ingresan la hostelería y el comercio gracias a los extranjeros. A este esquema de riesgos comerciales se suma la evolución del euro frente al dólar, otra fuente de debilidad para España.

En el marco europeo, es de esperar que Francia priorice sus intereses más inmediatos y España, sin presupuestos y con una enorme fragmentación política, no estará en posición de tomar el relevo

En cuanto a las posibles tensiones en los mercados financieros y en la prima de riesgo por la interconexión económica entre ambos países, «de momento y paradójicamente, el efecto en España es más bien positivo porque se percibe la deuda española como mucho más segura», comenta Raymond Torres. No es un riesgo, pero sí una advertencia de lo que puede ocurrir cuando un país no controla sus desequilibrios y, sobre todo, no proyecta una capacidad de reacción.

Con el nuevo curso, el Gobierno español afronta la tarea obligada de aprobar unos nuevos Presupuestos, tras dos años arrastrando los de 2023. El lema del Consejo de Ministros hasta ahora ha sido ‘resistir’, pero esto tiene un precio. Aumenta la incertidumbre, lastra la confianza de hogares y empresas, y puede dañar la economía; además de que constriñe la inversión en partidas clave y como la defensa y la vivienda, y reduce la capacidad de afrontar reformas de calado.

Sobre este ultimo asunto, tal y como recuerda el director de coyuntura económica de Funcas, ahora Europa debe dar pasos adelante en numerosas reformas para profundizar en el mercado único y crear una industria de defensa potente y más integrada. Pero con Francia en aprietos, la situación se complica. Es de esperar que priorice sus intereses más inmediatos, y España, sin presupuestos y con una enorme fragmentación política, no estará en posición de tomar el relevo.