JUAN LUIS CEBRIÁN-EL PAÍS

  • Frente a la situación de Afganistán y los interrogantes que abre, nuestros líderes deben dirigirse a la opinión pública cuanto antes y cumplir con su obligación moral y política de someterse al control del Parlamento

En 1996 tras su victoria sobre el régimen afgano, que gozó de la protección de Moscú después de la retirada de las tropas soviéticas, los talibanes prometieron a la población que no habría venganzas y nadie tendría necesidad de huir del país, entonces bajo el liderazgo del mulá Omar. Días después asaltaron el edificio de la ONU en Kabul, en el que se había refugiado el presidente depuesto Mohammed Najibulá. Le detuvieron, le torturaron, le castraron, y expusieron públicamente sus despojos. Según cuenta Graeme Wood en la revista The Atlantic algunos informes aseguran que de paso le metieron sus genitales en la boca.

El triunfo talibán coincidió entonces con la descomposición de la Unión Soviética. Los Estados Unidos habían armado y entrenado a grupos terroristas, entre ellos el de Osama Bin Laden, que participaron en las guerras tribales contra el antiguo régimen. Washington pretendía así debilitar al máximo el poder comunista tras la caída del muro de Berlín.

En 2001, tras el atentado contra las Torres Gemelas, los Estados Unidos y el Reino Unido, con el apoyo de los aliados occidentales, entre ellos España, lanzaron la operación Libertad Duradera. Bombardearon aquel país con el objetivo de destruir las bases de Al Qaeda y matar a Bin Laden, lo que no conseguirían sino años más tarde, cuando fuerzas especiales lo asesinaron en Pakistán en una operación televisada en directo para el presidente Obama y sus colaboradores. La ONU, por su parte, acordó la creación de una Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad en Afganistán (ISAF) de la que más tarde se hizo cargo la OTAN. Esta puso formalmente fin a sus operaciones en 2014, al depositar en el gobierno local las responsabilidades de seguridad, pero la Alianza Atlántica mantuvo su presencia en el terreno hasta el año actual a través de la misión Apoyo Decidido. Se trataba de seguir colaborando con el gobierno afgano en la tareas de desarrollo del país y el fomento de la estabilidad política. De modo que el presidente Biden mintió cuando dijo que el único objetivo de la invasión americana fue destruir Al Qaeda y el terrorismo fundamentalista islámico. Hubo un intento, al igual que en Irak, de ayudar a construir un régimen democrático de corte liberal, de cuyo fracaso dan fe los hechos posteriores. A día de hoy ambas operaciones se han saldado con un absoluto fracaso, y tuvieron consecuencias dramáticas para otros países como Siria o Líbano. Una verdadera catástrofe para el orden internacional, trastocado ahora abruptamente con la rendición de las fuerzas internacionales a la feroz guerrilla fundamentalista, cuyo jefe militar es precisamente el hijo del mulá Omar. Y una dramática humillación a los sectores ilustrados y progresistas del pueblo afgano que confiaron en Occidente. Ni su libertad ha sido duradera ni el apoyo de la Alianza Atlántica tan decidido como les prometieron.

Por más declaraciones y protestas que hagan nuestros políticos, americanos o europeos, respecto a su compromiso con los derechos humanos, y su voluntad de salvar vidas, habrá que decirles lo mismo que ellos espetan al régimen talibán: están bien las palabras pero los juzgaremos por los hechos. La trágica imagen de los cuerpos que cayeron al vacío desprendidos del fuselaje del primer avión americano que comenzó la evacuación no es el mejor aval para esas declaraciones.

La de Afganistán es la guerra más larga de en cuantas ha participado el Ejército español desde el final de nuestra contienda civil. Es también en la que ha sufrido más bajas e invertido más dinero. Conviene por lo mismo ajustarse al lenguaje bélico para describir los sucedido. No es verdad, como aseguró Josep Borrell, que los talibanes hayan ganado la guerra. Más bien Occidente la ha perdido, con la complicidad del corrupto régimen anterior afgano, a medias soportado y a medias protegido por la fuerza militar aliada. Hoy formamos parte de una derrota y de una rendición, encabezadas por el más poderoso ejército del mundo, la más fuerte y perdurable alianza militar de los países democráticos (Turquía excluida) y las dos organizaciones internacionales que colaboraron en el proceso de transformación afgano: la ONU y la Unión Europea. Tras su fracaso se cierne una amenaza cierta para las vidas de millones de personas que se sienten abandonadas por quienes les prometieron ayuda: ni ha sido duradera su libertad ni tan decidido el apoyo. Ningún motivo hay para el petulante autoelogio que los dirigentes políticos de los países perdedores pretenden protagonizar. La guerra ha sido un desastre y la retirada también. Conviene desde luego lamentar sus consecuencias, pero sobre todo analizar sus causas.

La semana pasada el ministro de la Presidencia y el de Asuntos Exteriores quisieron proteger la imagen de su jefe inmediato, inicialmente desaparecido en combate, poniendo de relieve que todo el gobierno estaba y está trabajando en la evacuación de los españoles residentes en Kabul y de los colaboradores e intérpretes de nuestros militares y diplomáticos. Faltaría más. Pero nos encontramos ante una crisis global, de magnitudes todavía no imaginables y ante una catástrofe sin paliativos de la gestión de la retirada por parte de los Estados Unidos y sus aliados. La falta de empatía personal del presidente Sánchez con la opinión pública en general y con las víctimas del proceso en particular, su silencio y falta de liderazgo durante una semana, sus palabras de autosatisfacción coreadas por mandatarios de la Unión Europea, permiten a muchos dudar de que, en situaciones de crisis, sean él y sus mariachis las personas más adecuadas para ejercer con acierto los cargos que legítimamente ostentan. Esta reflexión para nada desdice del buen hacer y la eficacia de los militares y civiles que han puesto en marcha las operaciones de evacuación con destino a nuestro país. Es solo una llamada de atención respecto al hecho de que las democracias liberales que, mediante operaciones militares, trataron de exportar su modelo a culturas diferentes y antagónicas con los valores que representan, son hoy más débiles en el concierto internacional. En cambio los autoritarismos herederos de antiguos regímenes comunistas poseen más influencia y poder.

A partir de esta realidad, y del interrogante sobre como afectarán al futuro de Europa la voluntad de expatriarse de millones de afganos y el eventual rearme del terrorismo yihadista, nuestros líderes deben dirigirse a la opinión pública cuanto antes y cumplir con su obligación moral y política de someterse al control del Parlamento. Lejos de su autocomplaciente balance de una gestión con tan triste final, han de esforzarse en pedir perdón por sus errores en vez de enmascararlos con frases ocurrentes o sonrisas de complicidad.

En este sentido Yeonmi Park, famosa activista norcoreana que logró escapar de gulag comunista, líder internacional en la defensa de la mujeres y los derechos humanos, ha llamado estos días a luchar contra la decadencia moral de nuestras sociedades. “El declive estadounidense no es inevitable”, asegura, pero añade que su “perversa cultura actual dedica más atención al uso de los pronombres de género que a la difícil situación de las mujeres cuyos derechos más básicos son eliminados o están bajo seria amenaza”. Una acusación aplicable también a las políticas populistas e identitarias que han arrasado el universalismo tradicional de la izquierda en tantos países, a comenzar por el nuestro.

Ruyard Kipling, testigo de las luchas coloniales en Afganistán, escribió un poema con ocasión de la invasión americana de Filipinas y la guerra entre Estados Unidos y España. “Llevad la carga del Hombre Blanco, las salvajes guerras por la paz”, reclamaba a sus contemporáneos, invocando una especie de imperialismo benefactor no exenta de sentimientos racistas. Más de un siglo después las salvajes guerra por la paz siguen regando sangre y desolación allí donde se emprenden. Y la pregunta de millones de ciudadanos sigue siendo la misma. Después de miles, de cientos de miles de muertos, en Afganistán, en Irak, en Siria, para volver unos años después a la casilla de salida, ¿todavía no son los poderosos del mundo capaces de un acto de contrición ante sus pueblos?