Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli
- Para decidir qué es arte y quién es artista, debes controlar el museo, que eleva a los elegidos al Olimpo y expulsa al resto
Hace unos días, tres mujeres mayores israelíes y su amiga española fueron expulsadas del Museo Reina Sofía porque alguien denunció los símbolos judíos que portaban. El hecho coincidió con la oposición de la extrema izquierda a la prohibición del burka invocando la libertad religiosa amparada por la Constitución. Como quiera que el Museo Reina Sofía ha organizado actividades propalestinas contra el Estado de Israel, y dado que el llamado “antisionismo” no es sino antisemitismo cuqui, la conclusión es bastante evidente: el Reina Sofía veta a los judíos con símbolos visibles; y si nadie pone remedio, es otro espacio oficial antisemita.
El secuestro del arte contemporáneo
El infame incidente invita a dar una vuelta a la conversión de las grandes instituciones culturales en búnkeres del sectarismo izquierdista y los discursos woke. El extraño prejuicio de que sólo ellos están cualificados para explicarnos a todos qué es la alta cultura y, por tanto, qué y cómo debemos pensar, es común a todo occidente; amenaza con sobrevivir al retroceso del poder político de la izquierda reaccionaria. ¿Es el caso del Reina Sofía? Un repaso de sus colecciones y retórica oficial invita a decir que sí.
La misión del Reina Sofía, sucesor del modesto Museo Español de Arte Contemporáneo, era acoger, preservar, investigar y divulgar -tareas de los museos dignos del nombre- el copioso arte contemporáneo español, concepto que no deja de sufrir complejos muy nuestros. ¿Qué es arte contemporáneo español? ¿son contemporáneos Sorolla y Picasso?: quizás lo que no estaba en El Prado. Picasso quería que el Guernica acabara en El Prado en compañía de Velázquez y Rubens, no en algún museo de segunda. El Reina Sofía venía a solucionar esa objeción con un gran museo posterior a Goya, Fortuny y Rosales. Pero el criterio histórico no le sirve al vanguardismo militante: imposible poner juntos, como iguales, a Picasso y Sorolla. Y según la sentencia de Félix de Azúa para definir el arte tras la gran voladura conceptual del siglo XX, arte es lo que está en los museos, sea un saco de basura o un Rembrandt. Estar o no estar, esa es la cuestión.
En consecuencia, ahora el museo precede al arte, no al revés. Para decidir qué es arte y quién es artista, debes controlar el museo, que eleva a los elegidos al Olimpo y expulsa al resto. En este punto la gestión de museos pasó a ser vigilada por la policía del pensamiento posmoderno, pues el arte es un importante objetivo político desde que es, como Walter Benjamin predijo a medias, sustituto de las catedrales y la espiritualidad en la cultura secularizada occidental, y sus expertos y gestores, nuevos profetas y sumos sacerdotes de esta gran religión laica. Nació la extraña simbiosis de coleccionistas conservadores supermillonarios (incluido el Estado) y teóricos neomarxistas embebidos de Escuela de Frankfurt y “teoría crítica” acrítica que salva del pérfido capitalismo al mercado del arte… y la alta cultura oficial. Es un puro juego de poder: son los curadores de ferias y magnas exposiciones los que eligen a los artistas, no al revés.
Colonizar el museo
Como en España todo es exagerado no solo hubo arte exageradamente bueno incluso bajo el franquismo más lóbrego, sino que los teólogos de la religión del arte político son exageradamente sectarios. Que sean antisemitas es, por tanto, natural. El director del Reina Sofía, Manuel Segade, exponía el lote de mínimos en una entrevista: “Forma parte de mi ADN del arte contemporáneo tanto el feminismo, como la lucha de clases, como los procesos de descolonización. Para mí el discurso de género es fundamental. Efectivamente, hay pendientes muchas restituciones que ejecutar. El arte es una suma de minorías.” En resumen, que el arte deja de ser libre producción e interpretación para pasar a proyecto político de restitución de derechos y visibilidad de minorías supuestamente ofendidas, convertidas en okupas de museo: LGTBQI etc., naciones originarias, pueblos errantes (salvo judíos), proletariado marxiano y mujeres con conciencia de género. Esa es la nueva misión.
Las colecciones visibles del Reina Sofía siguen todo esto. No se muestran obras cruciales de un periodo, tendencia o artista y su evolución, sino cierta historia de época y su correcto significado ideológico, caso del manido tópico del fracaso de la modernidad en España, del concepto de artes decolonial y feminista, o la muy política elección del poeta ruso Mayakovski como referente de época (en vez de, pongamos, García Lorca, Thomas Mann o Eliot). Así que el papel de obras y artistas queda en ilustrar la teoría como ejemplos visuales, al modo de las viejas estampas de los catecismos piadosos: Picasso, Dalí o Miró aparecen repartidos por diversas salas para ilustrar lo que decía André Breton o la teoría crítica. Paga el pato la experiencia estética personal y misteriosa, irreductible a una teoría, que es la que vincula arte con libertad. Pero aquí no va de eso.
La historia corregida
De ahí el esfuerzo por meter más mujeres artistas, más fotografías, más arquitectura, revistas y parafernalia y, por tanto -el espacio es limitado-, menos artistas varones y menos pinturas y esculturas. Sí, es muy buena idea rescatar mujeres injustamente orilladas y dar relevancia a la fotografía, la imagen de la ciudad o las publicaciones comerciales, pero la impresión global es que se trata no tanto de reconstruir un periodo como de rectificarlo y corregirlo con cuotas retrospectivas de género, indigenismos globalizados o la conocida obsesión por ganar a los fachas la guerra perdida.
No es de extrañar que el Reina Sofía decida por nosotros que la cultura republicana y de la guerra civil es mucho más relevante que el impresionante y plural elenco de artistas de posguerra, prácticamente desaparecidos de la colección visible. El relato de la izquierda reaccionaria no contempla que la dictadura resultara de una extraordinaria creatividad cultural y artística, y prácticamente se ignora a Tàpies, Millares, Saura, Equipo Crónica y Equipo 57, El Paso, Oteiza o Chillida, muy bien representados en los almacenes y apenas visibles en las salas.
Como en la Ley de Memoria Histórica, se trata de eliminar signos visibles de la dictadura, incluidos entre tales artistas enemigos declarados de aquella. Ningunear cuarenta años de arte español de la mejor calidad contemporánea es una forma de censura ideológica y apropiación del museo público como escaparate privado: se corrige el pluralismo y se reserva (a los suyos) el derecho de admisión. A continuación, echar a unas ancianas judías por alborotar llevando estrellas de David y una banderita de Israel resulta completamente esperable. Pero así empezó Alemania en 1931.