Mari Sol Oviaño-Vozpópuli
- La partitocracia sólo ha servido para que los parásitos se multipliquen exponencialmente y para que haya miles de cargos que estorban más que ayudan
A menudo, mis hermanos y yo coincidíamos en el portal con el hombre que llevaba las botellas de oxígeno a un misterioso señor que nunca salía de su piso. Aquellas negras bombonas arañadas por el uso sonaban como los submarinos de las películas cuando chocaban entre ellas y eran más altas que nosotros, que todavía no teníamos edad para ir solos en el ascensor y solíamos colarnos en él cuando lo utilizaban otros vecinos. Sin embargo, aunque habríamos podido subir con aquellas siniestras balas metálicas, las vadeábamos corriendo para volar escaleras arriba como si huyéramos de la muerte.
Quién me iba a decir entonces que, cincuenta años después, también yo necesitaría oxígeno extra. Por fortuna, la vida de los enfermos crónicos de pulmón ha mejorado mucho desde entonces: ahora usamos una máquina eléctrica del tamaño de un lavavajillas pequeño y tenemos un concentrador portátil para salir a la calle que nos permite hacer un poco de vida normal. Sin embargo, esta seguridad que nos proporcionaba la tecnología se hizo añicos con el apagón. Para muchos españoles fue sólo un inesperado día libre, otros perdieron un vuelo o no llegaron a tiempo al colegio de sus hijos. Pero la peor parte se la llevaron los electrodependientes que murieron entonces y quienes, algún tiempo después, fallecieron a causa de las secuelas provocadas por el corte de suministro eléctrico. A día de hoy, nadie se ha responsabilizado de esas muertes.
Entonces se comentaba que el apagón había sido consecuencia del fanatismo climático del gobierno, pero esa teoría ya no me convence. No creo que aquel parón se debiera a la fe religiosa de Aegesen o de su predecesora, quien tras la Dana salió corriendo para Bruselas sin pasar por Valencia. Personalmente, pienso que Teresa Ribera tendría que ser juzgada por las políticas medioambientales que agravaron el drama de los valencianos y, también, por no haber invertido lo suficiente en el mantenimiento de las presas españolas a pesar de que los ingenieros llevaban —y llevan— años avisando del peligro. Tal vez, así sabríamos por qué demolió centrales térmicas, presas y azudes y si su cruzada contra la energía nuclear patria respondía a intereses extranjeros.
Suma sacerdotisa del uranio
Lo que ha quedado claro es que no actuó movida por sus creencias ecosostenibles, pues en cuanto ascendió a los cielos de la UE y fue ungida como primera vicepresidenta ejecutiva de la Comisión Europea, pasó de martillo de la herejía nuclear a suma sacerdotisa del uranio enriquecido: ha aprobado ayudas para ampliar la vida útil de varias centrales belgas —cosa que se negó a hacer con las nuestras— y, la próxima semana, presentará su plan para llenar Europa de minirreactores. Sólo la corrupción pura y dura puede explicar el milagro por el que lo que ayer era pecado mortal hoy se haya convertido en virtud.
Además, tenemos el caso Forestalia, por el que la UCO ha detenido a un exalto cargo —jubilado en 2023— del Ministerio de Transición Ecológica. Al parecer, el tipo manipulaba los informes de impacto medioambiental para que determinadas empresas de energías renovables pudieran montar plantas solares y eólicas como si no hubiera un mañana. Un único corrupto organizó una trama de unos 500 millones de euros, y eso sólo en la provincia de Teruel. En Burgos, Jaén, Cáceres y Córdoba la Justicia ha encontrado irregularidades en megaplantas solares que se montaron arrancando olivos. El montante de lo que nos deben de estar robando con el rollo climático y renovable probablemente ascenderá miles de millones. Por el camino, se han cargado la belleza de nuestros campos, la agricultura, la ganadería y la diversidad de fauna y flora. Y, además, muere gente.
Desde la pandemia hemos ido cuesta abajo. La Dana nos enseñó que el Estado es un monstruo sobredimensionado que no funciona y que, incluso, puede —presunta y conspiranoicamente— utilizar su inacción contra nosotros. El apagón nos metió en el cuerpo la sospecha de que vamos camino del Tercer Mundo. Los fuegos del verano volvieron a demostrar que estamos solos. Con el accidente de Adamuz muchos sentimos que nos lo están robando todo. Y ahora sólo nos faltaba que 6 chavales murieran de manera absurda en Santander porque nadie hizo su trabajo.
El Ministerio de Transición Ecológica no acabó las obras, razón que esgrime el Ayuntamiento para justificar no haberse hecho cargo del mantenimiento; aun así, sabía lo que pasaba y podía haber inutilizado la pasarela. Un ciudadano dio aviso al 112 —dependiente de la Comunidad de Cantabria—, los del 112 llamaron a la policía local, y un recaudador con pistola se limitó a tomar nota. A saber, si no sería su hora del café o si le tocaba moscoso o algo así. Apostaría el cuello, además, a que ese proyecto absurdo de convertir una maravilla agreste en un parque peatonal —alguien se forraría con ello— se hizo con fondos europeos.
Tal y como se demuestra cada vez que hay una tragedia, la partitocracia sólo ha servido para que los parásitos se multipliquen exponencialmente y para que haya miles de cargos, carguitos y carguetes que estorban más que ayudan. Sobran administraciones, sobran políticos, sobran trabajadores públicos. Y falta la chispa que encienda la mecha.