Ignacio Camacho-ABC
- El fenómeno electoral que puede determinar el cambio es el crecimiento de Vox a costa de un PP tan estancado como resignado
Los resultados de un sondeo de intención de voto nunca pueden considerarse una foto fija, ni siquiera cuando coinciden durante meses los de muchas empresas distintas. Esto es lo que los anglosajones llamarían un truismo, una perogrullada, pero a menudo se olvida que las intenciones varían y que la volatilidad es uno de los rasgos más característicos de esta etapa política. Si las elecciones fuesen mañana, la coalición sanchista las tendría perdidas. Y precisamente por eso no se van a celebrar hasta que el presidente entrevea una posibilidad mínima de disputarle a la derecha la mayoría que ahora mismo parece irrevocable e incluso en trayectoria de progresión continua. O hasta que entienda que la derrota puede ser más grave mientras más tiempo resista.
Lo más probable es que el vuelco se produzca, aunque por menor diferencia de la que hoy por hoy arrojan las encuestas. Dejando aparte el impacto de la llamada ‘ley de nietos’ en el voto CERA –por ahora difícil de reflejar en los estudios de opinión debido a los problemas para definir la muestra–, es un hecho contrastado que en casi todas las campañas la izquierda suele mejorar sus expectativas previas porque es mucho más hábil en la construcción de los marcos mentales que definen la contienda. La sensación de fin de ciclo es patente y se ha generalizado a partir de la crisis de Ceuta, pero queda por ver hasta dónde es capaz de llegar el presidente en su conocida disposición a crear escenarios polarizados y atmósferas de tensión extrema.
El fenómeno más significativo de la sociología electoral reciente, que apunta a convertirse en la clave del cambio, es el crecimiento de Vox a costa de un Partido Popular no sólo estancado sino resignado. La escalada del malestar contra Sánchez en los dos últimos años sólo tiene un beneficiario, la formación de Abascal, en cuyo seno se refugia el voto de rechazo sin que Feijóo y su equipo den con la tecla para captarlo. Han probado a marcar distancias y a acercarse, sin efectos significativos en ninguno de los casos, y ahora dan la impresión de haber tirado la toalla para cruzarse de brazos y confiar que la suma de escaños agregados les ponga la presidencia en la mano con una correlación de fuerzas muy comprometedora para el liderazgo.
Porque a la hora de mandar no es lo mismo hacerlo con cuatro quintos de los ministerios que con dos tercios. Esta proporción, que corresponde a la proyección actual de diputados, aventura un equilibrio bastante complejo de gestionar salvo extraordinaria –y poco verosímil– fluidez de entendimiento en asuntos donde ambos partidos están ideológicamente lejos. Con el espacio a su derecha cerrado, la renuncia de los populares a asentarse en el centro les va a complicar mucho la tarea de Gobierno… en el supuesto aún contingente de que logren obtenerlo. Quizá sea ése el plan B de Pedro: si no puede sobrevivir, esperar al menos que el relevo fracase por sus desencuentros internos y volverse a presentar como el bombero que regresa para apagar su propio incendio.