¿Hay alguien al volante de España?
Ser testigo de la cobardía de otra persona da vergüenza ajena.
Hay algo en ese momento que te lleva a cerrar los ojos. A fingir que no lo has visto. A intentar olvidar.
Pero la cobardía es uno de esos comportamientos que no se olvidan. Y por mucho que Pedro Sánchez se esfuerce en convencernos de que el Ejecutivo actuó bien conforme a la información que tenía en Ceuta, la forma de afrontar este mes y medio tiene un nombre y no es precisamente el de valentía.
Dicen que si piensas mal acertarás, pero en este caso el comportamiento del Gobierno ha sido tan errático e incomprensible que, aunque pienses mal, no llegarás a ninguna conclusión más allá de la duda, justificada, sobre si hay alguien al volante de España.
Por una parte, Pedro Sánchez está convencido de que ha actuado bien y conforme a lo que requería la situación.
Como si estuviese frente a un jurado, Sánchez, deseoso de demostrar su inocencia, decidió la semana pasada desclasificar documentos de inteligencia de los días previos y posteriores a la entrada masiva en Ceuta.
Para sorpresa de nadie (aparte, parece ser, de Pedro Sánchez y algunos de sus ministros), los documentos no suscriben su versión. Más bien, todo lo contrario.
Ahora resulta que los servicios de inteligencia avisaron, «pero».
Avisaron, pero no de forma convincente.
Avisaron, pero no de forma oficial.
Avisaron, pero sin predecir la magnitud.
Avisaron, pero…
Este disparo en el pie deja dos posibles explicaciones. O el Gobierno no se ha leído ni un solo documento antes de ordenar su desclasificación, o le da absolutamente igual lo que ponga en ellos porque ya tiene su relato montado.
En un comunicado emitido por La Moncloa posterior a la desclasificación se dice que la situación estaba siendo monitoreada, pero que nadie pudo prever la naturaleza ni la escala.
Y es entonces cuando sucede lo imprevisto. Cuando empiezan los señalamientos oficiales: «De hecho, ni siquiera el CNI lo hizo».
Nadie vio nada. Nadie supo nada. Pero todo se hizo bien.
El enfoque de nuestro Gobierno es lanzar balones fuera. Pero no vayamos a pensar que alguno de esos balones han caído sobre Marruecos con la sencilla pregunta de por qué no cerró la puerta el día en que el CNI le envió un informe urgente sobre un posible salto masivo a Ceuta.
Los balones se están repartiendo fuera del Gobierno, pero dentro de nuestra frontera. Sobre las Fuerzas Armadas. Sobre la Policía Nacional. Sobre el Centro Nacional de Inteligencia.
Pedro Sánchez sabe que el relato lo es todo. Así ha gobernado los últimos ocho años, torciendo y retorciendo la narrativa de unas crisis que parecían insalvables.
Distraer, apartar el foco, aguantar.
Pero el relato que estamos transmitiendo al exterior en estos momentos es el de un país cuya inteligencia es tan mala que no es capaz de detectar una masa humana del tamaño de la población de Palencia y que se encamina hacia su frontera.
El relato de un país vulnerable y frágil, desprotegido y expuesto, y, visto lo visto, sin capacidad ni mecanismos para garantizar su propia defensa.
El relato de un país al que se puede someter sin que sus dirigentes se indignen o se rebelen. Más bien, todo lo contrario.
Estamos transmitiendo el relato de un país cuyo dirigente señala y echa públicamente a los perros a quien haga falta.
No es sólo que Marruecos haya tenido un éxito rotundo con esta clara demostración de fuerza. También ha logrado algo inaudito: que un presidente afee públicamente la actuación de sus propios servicios de Inteligencia.
Marruecos ha conseguido que Pedro Sánchez destroce el prestigio de su propia Inteligencia a cambio de unos meses más en el sillón.
Dice el ministro Óscar Puente que no hacen falta dimisiones porque «los sacrificios en el altar son para los supersticiosos«. Pero lo que no acaban de entender Pedro Sánchez y su cuadrilla es que el CNI no es un grupo privado que pasaba por ahí. No es alguien ajeno. Es su responsabilidad.
Y si, como señalan públicamente, no hizo bien su trabajo, hay que empezar a exigirlas.
Esta es una de las mayores muestras de ineptitud de un gobierno que no suele tener reparos en engañar a los ciudadanos y en dejar que se hunda quien haga falta, sean cuales sean las consecuencias.
Salvando las distancias, es decir, salvando las responsabilidades, el comportamiento de Sánchez tiene cierta similitud con el de Cal Hockley, el prometido de Rose en Titanic. Un tipo que miente para escaparse del barco y que deja que los demás se hundan a su espalda.
Hay un cierto parecido en ese aire de cobardía egoísta.
En ese saltar del barco sin importar el cómo.
En ese empujar y dejar que los demás se hundan a tu espalda.