Gabriel Albiac-El Debate
  • La dama y su caballero reciben en Pekín la noticia. En compañía del más poderoso –esto es, del más repugnante– tirano del planeta. Y Pedro Sánchez envidia a Xi Jinping. Y Begoña Gómez envidia a Peng Liyuan, reputada soprano operística y general del Ejército chino, además de humilde esposa del Gran Timonel

La farsa ha ido demasiado lejos. Demasiada gente ha jugado a solo sonreír y a mirar hacia otra parte, con servicial sonrisa de «aquí no pasa nada». Pero pasa. Nadie, en un país civilizado, daría crédito a la noticia de que una dama sin titulación superior alguna ejerciera una cátedra extraordinaria en la Universidad Central. Pero…, al fin y al cabo, oye, la así dotada era la esposa del presidente del gobierno, acotaban con sonrisa pícara tantos aduladores. ¿Y cómo negar ese pequeño capricho a la cónyuge de aquel que, a su exclusivo arbitrio, mueve dinero e influencias sin límite?

La cátedra tenía, además, que funcionar con toda la exuberancia de medios que exigía la dignidad de su ocupante: la que los vulgares departamentos universitarios no poseen. Era, pues, conveniente que poderosas empresas, ya fueran públicas, ya privadas, contribuyeran tecnológica y financieramente a erigirla en modelo de modernidad que se dice feminista. ¿Cómo iban a faltar los patrocinios en un tan noble empeño? Política, enseñanza, y negocio, al fin, fundidos por la genial inspiración de la innovadora esposa del presidente. Y las autoridades universitarias se sintieron felices al verse acogidas, nada menos que en un palacio presidencial, por la pareja más poderosa de este país. Los complejos de una universidad que, como la española, vive en la escasez más absoluta de recursos, jugó un papel triste, pero inexorable, en la fascinación de sus autoridades: el papel de quien se sabe quebradiza hoja mustia entre las manos del déspota de turno. Por más ridículos que los caprichos de este –o de su cónyuge– sean.

Lo demás, todo el cenagal que hemos visto emerger de la Moncloa, vino luego. Necesariamente. Quien es capaz de subirse a un teatrillo tan obsceno como el montado por una catedrática no-licenciada con el respaldo de su doctoral esposo sin morirse de vergüenza, no se va a echar atrás ante el aroma de esos pecadillos menores que el juez Peinado envía ahora para ser juzgados.

Mientras tanto, la dama y su caballero reciben en Pekín la noticia. En compañía del más poderoso –esto es, del más repugnante– tirano del planeta. Y Pedro Sánchez envidia a Xi Jinping. Y Begoña Gómez envidia a Peng Liyuan, reputada soprano operística y general del Ejército chino, además de humilde esposa del Gran Timonel. ¡Ya podrían aprender de lo de allí, estos desconsiderados jueces españoles, cómo debe ser tratada la cónyuge de un Mandatario Supremo!

Al cabo, la verdad es que los delitos por los cuales se sentará en el banquillo la señora de Sánchez mueven más aún a la risa que a la ira. Malversación, tráfico de influencias, corrupción en los negocios y apropiación indebida suenan más a raterillo de tercera que a presunto delincuente político. Y estoy seguro de que es sincero su estupor. Y que son sinceras las sandeces de Bolaños en defensa de su ama. Para gente que vive en la majestuosa nube de quienes tienen por misión providencial ser los guías infalibles del bienestar del pueblo, tontadas como ésas no se toman siquiera en consideración. La Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas hubiera resuelto de un tajo la osadía del juez Peinado: «¡Que le corten la cabeza!» La cantarina señora de Xi Jinping, sencillamente, lo hubiera enviado a reeducar a un Laogai, esa versión china muy perfeccionada del Gulag, de la cual no se regresa. Nunca.

Tampoco pienso que, más allá de su enfado, la cosa preocupe mucho al matrimonio monclovita. Con los ejemplos de los condenados por el golpe de Estado en Cataluña o por la prevaricación del fiscal general a la vista, no pienso que le queden excesivas dudas al matrimonio Sánchez-Gómez acerca de lo que el Tribunal Constitucional hará con la sentencia judicial de este caso, cuando se dicte. No es lo de Xi Jinping, desde luego. Pero menos da una piedra. Y, sí, la comedia no ha terminado. Todavía.