Editorial-El Correo
- Si algo evidencia el eco histórico de la desclasificación del 23-F es que no cabe frivolizar con el logro de nuestros derechos y libertades
La ciudadanía española ha asistido en las últimas horas a un acontecimiento sin precedentes: la desclasificación de algo más de 160 archivos documentales sobre el fracasado golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 -del que este lunes se cumplieron 45 años- que permanecían bajo el candado del alto secreto. Un hito al que ha seguido, en el curso del impredecible destino, la muerte de Antonio Tejero, con su imagen, pistola en mano secuestrando el Congreso, impresa en el recuerdo colectivo. Que los informes y las transcripciones de conversaciones del teniente coronel de la Guardia Civil y otros protagonistas de aquella jornada crítica vengan a ratificar el hilo conductor de lo que se ha ido desvelando en estas cuatro décadas, otorgándole el último marchamo de credibilidad, no resta valor a la publicación de los papeles más reservados de la asonada militar. Antes al contrario.
Por la significación que estos documentos adquieren para terminar de describir un episodio trascendental de nuestra historia colectiva -memoria viva aún para tantos ciudadanos que un día ya no estarán aquí para poder contarlo-, habría sido deseable que su desnudez hubiera estado acompañada por una escenificación verdaderamente institucional. Un rango que otorgase empaque a una decisión que ha tomado por sorpresa el presidente Pedro Sánchez, en atribución de las funciones que asisten a su Gobierno, y bajo la cobertura aún, a falta de la reforma varada por el disenso, de la ley franquista que regula los secretos oficiales desde 1968. Una vez más, la extrema polarización asfixia el entendimiento que exige a los dos grandes partidos del país el manejo de una información tan sensible.
Los papeles ahora sometidos a escrutinio apuntalan el relato que decanta del lado de aquella democracia recién estrenada al rey Juan Carlos I, erigido en el objetivo a derrocar por los frustrados golpistas tras el 23-F. Ni el reproche que merecen las actuaciones personales que forzaron su marcha a Abu Dabi, ni los prejuicios de las posiciones más dogmáticas en los extremos a izquierda y derecha y entre los soberanismos periféricos, deberían llevar a emponzoñar la envergadura de la responsabilidad histórica que asumieron el jefe del Estado y el resto de los actores de la restitución democrática. Porque si algo demuestra el eco documental del ‘tejerazo’ es que no cabe frivolizar con los derechos y libertades que guarece la Constitución de todos. Y mucho menos coaccionarlos.