Gaizka Fernández Soldevilla-El Correo
- La izquierda abertzale debería aclarar si considera la democracia parlamentaria como un medio para su fines o un fin en sí mismo
Entre el 3 y el 15 de enero de 1966 se celebró en La Habana la Conferencia Tricontinental contra el colonialismo y el imperialismo estadounidense. Impulsado por el régimen castrista, el evento reunió a delegados de 82 países de África, Asia e Hispanoamérica. Entre ellos había políticos demócratas, como el chileno Salvador Allende, y otros que no lo eran: terroristas, guerrilleros, militares golpistas y dictadores, como el propio Fidel Castro. No acudieron, pero enviaron su adhesión homólogos de Castro como Houari Boumédiène (Argelia), Ho Chi Minh (Vietnam) y Kim Il-sung (Corea del Norte).
ETA también mandó un mensaje a la Tricontinental. Tras exponer un relato histórico un tanto estrambótico y presentarse como portavoz de «la sociedad vasca actual», el grupo justificaba el empleo de la «lucha armada» para lograr «un Estado vasco socialista y federalista». Terminaba anunciando que, gracias a su situación geográfica y al caudillaje etarra, «Euzkadi» (sic) estaba «llamada a ser la Cuba de Europa Occidental y el punto de partida de su revolución».
ETA había nacido en 1959 como una organización ultranacionalista cuyos planteamientos tenían poco que ver con la izquierda. Su I Asamblea (1962) situó como meta crear un Estado independiente, democrático, aconfesional y monolingüe en euskera, rechazando «un régimen dictatorial (sea fascista o comunista)». Ahora bien, el grupo no tardó en dar un giro ideológico. En 1965 sumó a los anteriores un nuevo objetivo: el socialismo.
Se trata de un término polisémico, así que conviene aclarar que ETA no aspiraba a un Estado del bienestar avanzado y democrático como el de los países escandinavos. Su modelo de país era una dictadura socialista de corte tercermundista al estilo de Cuba, Argelia y Vietnam: un sistema de partido único, con el poder reservado a una pequeña élite privilegiada y con la propiedad privada eliminada o al menos restringida, con vistas a una futura sociedad sin clases. Hasta que llegase ese día, el gobierno se cimentaría en el adoctrinamiento y la represión.
A pesar de que el lenguaje revolucionario estaba de moda en aquellos años, habría sido difícil convencer a la población, que llevaba décadas sufriendo al ‘caudillo’, de que apoyase otra dictadura. Como hacían otras fuerzas, ETA tuvo que edulcorar su propaganda con eufemismos como «liberación social», «antifascismo» y «democracia popular». Pronto aprendió a hablar la ‘neolengua’, por usar la expresión de Orwell. Baste recordar que la barrera que se construyó para impedir la huida de los ciudadanos germanoorientales al oeste había sido bautizada como Muro de Contención Antifascista. El nombre oficial de la dictadura de aquel país era República Democrática Alemana; el de Corea del Norte era y continúa siendo República Popular Democrática de Corea. El franquismo también pretendió camuflar su naturaleza dictatorial al publicitarse como una «democracia orgánica».
Sobre el papel, Sortu sigue teniendo como meta el socialismo autoritario
Autoubicados a la izquierda del binomio EH Bildu/Sortu, al que acusan de aburguesamiento y reformismo socialdemócrata, hoy GKS y EHKS proponen un proyecto explícitamente comunista. Como demuestran su actitud sectaria y recientes episodios de violencia, desde la perspectiva del autodenominado Movimiento Socialista, el utópico fin justifica cualquier medio; cualquiera menos las urnas, por lo que parece.
Mientras tanto EH Bildu/Sortu difunde un discurso más moderado y practica una política posibilista en las instituciones que incluso le ha llevado a votar a favor de los Presupuestos Generales del Estado. No obstante, la izquierda abertzale ortodoxa ha sido incapaz de cortar el cordón umbilical que le une al fantasma de ETA. Por un lado, su brazo juvenil actúa con una intolerancia similar a la que ejercía en el pasado. Por otro, se ha negado a hacer una revisión autocrítica de su trayectoria, como demuestra que continúen homenajeando a terroristas y humillando a las víctimas.
Por último, al menos sobre el papel, Sortu sigue teniendo como meta final el mismo socialismo autoritario que cayó en Europa Central y del Este en 1989. Baste recordar que en junio de 2024 dicha formación firmó un «acuerdo de intercambio y cooperación» con el Partido Comunista de Cuba, la espina dorsal de la dictadura caribeña.
No sabemos qué opinan los cubanos del régimen que llevan soportando desde hace 67 años, porque carecen de derechos esenciales como la libertad de expresión. En cambio, resulta evidente que la mayoría de los ciudadanos vascos jamás quisieron ser la Cuba de Europa Occidental. Probablemente tampoco queramos serlo ahora. Nuestro pasado traumático nos ha enseñado una lección básica: la democracia es un medio, pero, sobre todo, es un fin en sí mismo.