- Los Sánchez son así: no hay reproches entre ellos porque todo lo que haya hecho uno lo ha multiplicado por cien el otro
No parece David Sánchez Pérez Castejón el lapicero más afilado del estuche, pero puede ser una impresión incorrecta: los genios adolecen a menudo de prestaciones sociales, su mundo está en otro sitio y las habilidades cotidianas y envuelven su talento en una coraza extraña y no siempre inteligible para los mortales.
También les pasa a los tontos, pero démosle el beneficio de la duda: es el autor de La danza de las chirimoyas, un nombre estimulante para los expertos en rimas que quizá cobije una proeza para la que aún no estemos preparados. Mozart murió en la indigencia y fue enterrado en una tumba de caridad, y Rembrandt pasó penurias increíbles y acabó sus días arruinado y con la casa embargada: quizá estemos ante un talento generacional y no nos hayamos dado cuenta.
Sí nos hemos percatado, y eso es lo que se juzga, de que el bueno de David no sabía dónde estaba Badajoz, tampoco la ubicación de la Oficina de Artes Escénicas y ni siquiera el cometido de la misma. Y que, pese a esa ignorancia descalificante, logró una plaza que luego fue mejorada para darle mayor rango y retribución.
También sabemos que el tribunal examinador era del PSOE, con los mismos conocimientos musicales que de la cría de alpacas en el altiplano andino, de empleo que Yolanda Díaz o de cualquier cosa que Óscar Puente. Y que, será casualidad, lo ascendieron coincidiendo con el detalle baladí de que su hermano era el jefe de quienes decidían.
El destino es así de caprichoso y juega malas pasadas en casa de los Sánchez: a su cuñada, la pobre, también le dio a la Complutense por crearle una cátedra y a las multinacionales por financiárselas en el maldito instante en que su marido era presidente, estableciéndose una penosa coincidencia que solo los fascistas pueden convertir en maniobra de enchufismo premeditada.
El talento de David y de Begoña siempre ha estado ahí, basta con escucharles un nanosegundo para verlo, y nadie puede pedirles que lo escondan por la mala pata de tener un familiar que también gana presidencias por su inmenso prestigio, el tremendo apoyo popular, su incorruptible espíritu y su vanguardista discurso.
A las horas de que se confirmara que la cloaca del PSOE y la sentina de Zapatero tienen más mierda que el sobaco de un grajo, ahí salió el Gramsci de Pozuelo a dar una explicación inmejorable en su perfil en Tik tok, que es a la política lo que Herodes a la infancia: dos o tres consejos musicales, incluyendo una memorable sobre el pop independiente en catalán, y a otra cosa, mariposa.
Estamos, pues, cargando las tintas de más en La Esposa y El Hermano, sin caer en la cuenta de que todo viene de familia y hemos aceptado cosas bastante peores. Por ejemplo, que el jefe de la tribu no fuera capaz de desmentir que El Suegro le financiara las primarias. Que las ganara con votos amañados por Koldo y Cerdán. Que lograra el doctorado plagiando una tesis y convirtiéndola luego en libro. Que perdiera de paliza dos elecciones, pero asaltara La Moncloa con el apoyo de quienes quieren destruir España con su ayuda o que la conservara, tras perder otra vez, negociando su investidura con un prófugo, un golpista y un terrorista.
Cuando David y Begoña cenan con Pedro, no hay reproches posibles. Tampoco con Zapatero, con Cerdán y no digamos con Ábalos. Le vas a decir tú al bueno de José Luis que está feo irse de meretrices cuando te has tirado quince años viviendo y veraneando de lujo gracias a un proxeneta. Está Pedrito para tocarle la chirimoya a nadie sin que le hagan la copla.