Pedro Chacón-El Correo

No había reparado en la trayectoria de esta mujer porque, a pesar de ser tan conocida, siempre la había visto como una especie de manzana de la discordia en el mundo de las víctimas y singularmente en el PP.

Pero su reacción ante unas recientes declaraciones sobre su hermano Gregorio de Isabel Díaz Ayuso, llamándola a esta la «derecha abertzale», peor incluso que la izquierda abertzale, y que me resultó, al principio, extravagante y hasta repulsiva, luego, para mi propia sorpresa, he visto que encierra una de las claves mayores de la política vasca y española.

Consuelo Ordóñez no quiere que los actuales conmilitones de su hermano utilicen su memoria de manera partidista o patriotera, porque ella interpreta la labor de Gregorio desde unos parámetros que no son los usuales en la política de ahora. Él llegó a disputarle el predominio al nacionalismo nada menos que en San Sebastián, porque entendió a la perfección cómo ganarse el favor y la admiración sincera de la gente. Y en eso no entraba la política fácil del titular y la soflama y mucho menos hecha desde Madrid para intentar influir en la política vasca. Está comprobado que, cada vez que pasa esto, baja el PP vasco y sube el nacionalismo. Al final así solo quedarán dos partidos, PNV y Bildu, con las filiales españolas reducidas a lo anecdótico.

Resulta que lo que Consuelo Ordóñez considera perjudicial para la memoria de su hermano, y que ella llama la derecha abertzale, es lo mismo que perjudica también a la derecha vasca real. Y eso que ella no lo hace con esa intención, porque su mundo no es el de la política, sino el de sacar a las víctimas del terrorismo de la manipulación política, que es bien distinto. No nos damos cuenta del lujo que supone tener una persona así, inconcebible por completo en el ámbito de la izquierda abertzale o del nacionalismo en general.

Si ya la eliminación física en el origen de la Transición, que se llevó por delante a políticos de la talla de Araluce, Unceta-Barrenechea, Legorburu o Ybarra Bergé, dejó a la derecha vasca en la UVI, el asesinato de Ordóñez impidió que levante la cabeza por mucho tiempo. Y después la intromisión permanente de Madrid, con personajes como Ayuso, lo que demuestra es que los políticos vascos de sus propias siglas no infunden allí ningún respeto.

Además, Consuelo Ordóñez, con la autoridad moral que le da trabajar solo por las víctimas y sin sesgo político, nos recuerda lo que nadie quiere ver. Como los acuerdos para el fin de ETA con Zapatero en 2011, que luego Rajoy consintió en 2012, para legalizar al brazo político, que incluían la exigencia de que no hubiera ni vencedores ni vencidos. En cambio, con la Guerra Civil, no hay forma de pasar página porque la izquierda exige que continuemos con eso de los vencedores y vencidos. ¿Por qué lo que se asume en un caso no se aplica en el otro?