Lorenzo Bernardo de Quirós-Vozpópuli
  • Orbán actúa como un puente para el desembarco de las formas de control social y económico de Pekín, y el autoritarismo oligárquico de Moscú

El fenómeno político representado por Viktor Orbán se ha convertido en una referencia para muchos de los partidos y de los partidarios de la denominada “derecha alternativa”, entre ellos, Vox. Sin embargo, Hungría no constituye, como pretenden sus apologetas, una renovación necesaria y revitalizadora del conservadurismo. Por el contrario, es una grave patología política que atenta contra los cimientos mismos de la tradición conservadora y liberal de la segunda postguerra mundial. La denominada «democracia iliberal» de Orbán es, en términos académicos y de filosofía política, un oxímoron conceptual, que encubre un retorno deliberado al atavismo colectivista y a un autoritarismo de baja intensidad, pero de alta eficacia corrosiva.

La democracia no es un fin metafísico ni una deidad a la que se deba sacrificar la libertad, sino un mecanismo procedimental esencial para la alternancia en el poder sin derramamiento de sangre, como diría Popper, y para la preservación de la autonomía individual frente a la coacción estatal. Por desgracia, Orbán enfrenta de manera clara esa idea. Para él, como para Sánchez, la legitimidad de origen, obtenida a través del triunfo en las urnas o, en el caso español, de una mayoría parlamentaria, otorga una legitimidad de ejercicio absoluta para desmantelar, pieza a pieza, los contrapesos institucionales que definen el marco institucional de una sociedad libre.

Al invocar la voluntad del pueblo como una instancia superior a las instituciones liberales, Una democracia sin límites es, por definición, un despotismo en ciernes. Sin la protección efectiva de las minorías, sin una judicatura genuinamente independiente y sin una separación de poderes que actúe como un mecanismo de frenos y contrapesos, la democracia se transmuta en la tiranía de la mayoría que aterrorizaba a Stuart Mill y a Tocqueville. El orbanismo es, en esencia, la institucionalización de la arbitrariedad política bajo el ropaje de la soberanía popular. Esta deriva es particularmente peligrosa porque no se presenta con la estética violenta de los totalitarismos del siglo XX, sino se despliega a través de la captura regulatoria, del acoso a la disidencia y de la colonización ideológica de las estructuras del Estado y de la sociedad civil.

El modelo húngaro representa una traición a los valores de la sociedad abierta y de sus dos manifestaciones institucionales: la democracia liberal y el capitalismo de libre empresa

La arquitectura ideológica de Orbán se asienta sobre un nacionalismo identitario de corte esencialista que sustituye al individuo por la nación como sujeto primario de derechos y deberes. Esta visión es radicalmente antiliberal y, en última instancia, profundamente antioccidental. Resulta una ironía  trágica que el autodenominado baluarte de Occidente se haya transmutado en el principal referente y valedor en suelo europeo de dos despotismos orientales: el chino y el ruso. Lejos de proteger la Cristiandad o los valores europeos frente a amenazas externas, el modelo húngaro actúa como un puente para el desembarco de las formas de control social y económico de Pekín y el autoritarismo oligárquico de Moscú, mimetizando sus estructuras de poder vertical y su desprecio por la autonomía del individuo.

El liberalismo sostiene que la sociedad es un orden espontáneo fruto de la interacción de individuos libres y responsables; Orbán, por el contrario, propone un constructivismo social de signo reaccionario, donde el Estado asume la función de arquitecto moral de la nación. El uso del aparato estatal para imponer una visión específica y excluyente de la familia, la religión o la identidad cultural es tan intervencionista y liberticida como el colectivismo de la izquierda ‘woke’. La diferencia es meramente estética. El control de la narrativa histórica y la ingeniería social desde el poder ejecutivo son prácticas que a cualquier conservador o liberal clásico la provocaría nauseas intelectuales y morales. La asociación de Vox con Orbán revela una alarmante incompatibilidad con los fundamentos de la democracia liberal. Admirar la Hungría de Orban es abrazar no la libertad, sino el uso del poder del Estado para librar una «guerra cultural» que es, en sí misma, una forma de ingeniería social de derechas, tan hostil al individuo soberano como la de la izquierda a la que dice combatir.

En este esquema, el señalamiento de enemigos externos ya sea la burocracia de Bruselas, el capital financiero internacional o la filantropía cosmopolita, no es más que una maniobra de distracción populista para justificar la expansión hipertrófica del Estado. Desde una perspectiva de la filosofía política, esto no tiene nada que ver con el conservadurismo moderno, que a priori busca limitar el poder estatal para proteger las instituciones intermedias y la sociedad civil, sino con el nacional-populismo estatista. El Estado orbanita no protege la tradición; la instrumentaliza como una herramienta de control para perpetuar una hegemonía política que confunde e identifica con la propia supervivencia de la nación. Es la reducción del ciudadano a la categoría de súbdito agradecido por la protección del «hombre fuerte».

El orbanismo es, en esencia, la institucionalización de la arbitrariedad política bajo el ropaje de la soberanía popular

No existe libertad política sin libertad económica y, en este punto, la crítica a la «Orbanomics» resulta demoledora. Bajo la retórica de la «soberanía económica”, el régimen de Orbán se ha convertido en un mercantilismo corrupto de manual, lo que en la literatura académica se define como ‘crony capitalism’ o capitalismo de amiguetes. La prosperidad de las naciones no surge del favor administrativo, sino de la competencia en libertad y el respeto escrupuloso a las reglas del juego. Sin embargo, en la Hungría de la última década, la asignación de contratos públicos y la gestión de los fondos estructurales europeos han sido capturadas por una oligarquía orgánica vinculada al partido gobernante. Esta captura de rentas no solo erosiona la moral pública, sino que destruye los incentivos para el desarrollo de una economía de mercado. Cuando la legislación se redacta ‘ad hoc’ para castigar a competidores extranjeros o para favorecer a «campeones nacionales» cuya única virtud es su lealtad inquebrantable al líder, se están dinamitando los fundamentos del capitalismo de libre empresa.

Bajo el mandato de Viktor Orbán, Hungría se ha transformado en un ejemplo de indisciplina macroeconómica, donde la independencia del Banco Central ha sido sacrificada para financiar una expansión fiscal de tintes electoralistas e insostenibles. La subordinación de la política monetaria al poder ejecutivo ha disparado la inflación y el despilfarro clientelar el déficit público, situando ambos por encima de la media de la Unión Europea y de la Eurozona. De forma simultánea, el Gobierno ha optado por una espiral intervencionista que combina impuestos arbitrarios a sectores estratégicos, como la banca y las telecomunicaciones, con controles de precios que distorsionan el funcionamiento de los mercados y generan una inflación reprimida.

El modelo húngaro es una clara expresión del “camino de servidumbre” descrito por Hayek. Representa una traición a los valores de la sociedad abierta y de sus dos manifestaciones institucionales: la democracia liberal y el capitalismo de libre empresa. Es un régimen que confunde deliberadamente la autoridad con el autoritarismo y la estabilidad con el silencio de la disidencia. La «democracia iliberal» no es una alternativa válida ni un modelo a seguir, sino un aviso sombrío de lo que ocurre cuando una sociedad renuncia a la vigilancia de sus libertades a cambio de las falsas promesas de seguridad identitaria. Hungría no es hoy un faro de resistencia a nada, sino un laboratorio del retroceso civilizatorio donde el derecho ha sido sustituido por la voluntad del líder y el mercado por el favor del burócrata. Quienes en España miran con fascinación a Budapest han de ser mirados, a su vez, con una enorme cautela.