Manuel Marín-Vozpópuli

  • El disfrute de sacudir por sacudir a Feijóo, y ahora también de modo incipiente a Santiago Abascal, forma parte de un modo absurdo de interpretar la política por parte de la derecha sociológica porque nada nunca le satisface

Dicen que Francia va a ganar a España porque sí, y que nadie va a poder ganar nunca a Pedro Sánchez. Son profesionales del derrotismo con cara de camarero de tanatorio. Pertenecen a una derecha sociológica permanentemente desencantada, triste y muy acomplejada. ¡Ah, la izquierda, cuánto sabe, cuánta ventaja nos saca! Es el retrato de una derecha ciudadana siempre insegura y sobreactuada de acojonamiento que prefiere siempre atacar a su líder en lugar de defenderlo. Es como si disfrutase machacándolo. Se da el pisto de derechista de bien pero no le vale nadie como guía. Sabe más que nadie y sostiene que no tener fe en su candidato real es algo así como una muestra de independencia, una suerte de privilegio que le distingue del rojo militante de toda la vida. El rojo puede ser un sumiso, un mercenario, y se da por hecho. Pero ¿yo? Yo soy de derechas y un líder de derechas no me va a decir cómo debo pensar. Es al revés. Yo le voy a decir cómo tiene que pensar él, y si no, no le voto. A la derecha ciudadana le encanta el derrotismo preventivo, hundirse en la miseria y flagelarse. No hay nadie a mi altura, se dicen los panolis. Demasiada moderación para lo que se necesita aquí, mano dura. Y ahí siguen, entre cubata y cubata porque ellos sí son la derecha auténtica, joder.

Qué malo es Feijóo. Claro, claro. Cuando acierta o tiene una intervención brillante en el Congreso, es malo porque está bien, pero nunca es suficiente. Cuando no acierta o rectifica, a destrozarlo porque es un cobardón. La cosa es sacudirle. Por eso la derecha sociológica es tóxica en sí misma. Siempre contempla a sus líderes como un mal menor, como alguien inferior al que votar porque no hay más remedio, y lo dibuja como a un líder impotente e incompetente al que seleccionan por pena o resignación. El sanchista se cree a Sánchez y punto, aunque sepa que ha amparado a puteros, corruptos, golfos, blanqueadores de dinero, traficantes de joyas, más puteros y comisionistas de cuello blanco. El sanchista es un ferviente sumiso que cree que tras la corrupción hay un líder progre de verdad, limpio y puro. Y si no lo creen, les da igual. La derecha votante, en cambio, siempre está buscando las vueltas de todo. Son tiquismiquis que llevan a gala no ser parroquia arrobada. Siempre le dicen al prójimo lo que debe pensar y cómo debe actuar. Son cansinos de libro a los que el tertuliano de derechas siempre les parece blando. Quieren su propia red de opinadores sincronizados. Como los de la izquierda, sumisos y tal. Y siempre tratan a sus líderes derechistas como dirigentes impotentes e incompetentes a los que votan casi por pena porque el verdadero killer, al que admiran tanto como odian y temen, es Pedro Sánchez. Qué listos son los socialistas. Qué bien lo hacen. Y nosotros? Nosotros no somos nada.

La derecha sociológica es tontorrona, simple e ingenua. Y se ha vuelto absurdamente populista. Se lamenta entre gin tonics de que la izquierda siempre gana con su relato. Alega que la izquierda siempre le lleva ventaja y le gana con su guion. Admiran su capacidad. Véase TVE con su estrategia al destrozo de la derecha sin misericordia. Y dicen aquello de ¡ay si fuéramos iguales, sin escrúpulos y al desguace! Pues no… Resulta que Núñez Feijóo tiene toda la razón. Joyas, putas, cloacas, chantajes, cárcel, tráfico de influencias y una organización criminal con vasos comunicantes… y resulta que el gran problema en España, el gran problema para esta derecha de cubatas y soberbia, es que Feijóo dijo que el absentismo laboral es un cáncer y que después moduló el mensaje porque se había pasado de rosca. Un cáncer mata vidas. El absentismo mata la productividad. Los dos matan. Ergo, el absentismo es un cáncer que el Estado, y toda una legislación de la izquierda tan laxa como demagógica e inútil, ampara. El disfrute de sacudir por sacudir a Feijóo, y ahora también de modo incipiente a Santiago Abascal, forma parte de un modo absurdo de interpretar la política por parte de la derecha sociológica porque nada nunca le satisface. Nunca nada de lo que haga la derecha política es suficiente.

En los últimos veinte años, cada vez que la derecha lo tiene cerca, cada vez que se ve que la izquierda llega para robar fingiendo ampliar derechos civiles mientras expolia los impuestos, cada vez que el poder le parece inminente a la derecha, emerge como una pandemia su capacidad autodestructiva, su complejo de inferioridad y su miedo a la izquierda. Estamos en esa fase. La del miedo escénico. En Vozpópuli hemos publicado una encuesta. La derecha suma 209 escaños, recibe votos hasta de la izquierda y ha arrasado en cuatro procesos electorales… pero la consecuencia es que Feijóo no es suficiente, que Abascal no sabrá gestionar, y que la izquierda dobla en astucia, movilización y capacidad de malicia. Sería bueno el día en que la derecha sociológica, la que vota y opina, no se avergonzase de su derecha política. La izquierda es sumisa y obediente. Conoce sus reglas y punto. La derecha de la calle es tocahuevos, exigente y crítica, y no se va a poder cambiar. Pero le pese o no a esa derecha ciudadana repleta de valores sin dueño por complejo de inferioridad, Alberto Núñez Feijóo es la única opción realista de relevo. Pese o no, Isabel Díaz Ayuso o Juanma Moreno, o quien sea, son de momento relevos virtuales, gente noble que no hacen la cama a Génova.

Si la derecha tiene una prioridad, que es poner fin al sanchismo porque el propósito de este PSOE desesperado es desmantelar nuestro sistema, debe ser un poco más hábil. Un poco más paciente. Un poco más lógica.  Si su objetivo es denunciar que el voto por correo se puede falsear, o sostener que el voto de la ‘ley de nietos’ es un fraude, que lo denuncie. Pero va a ser insuficiente. Que la derecha política sea más inteligente. Que busque las circunscripciones con un escaño en liza y proponga una lista conjunta. Que no se deje manipular y sea lista. Lo demás… lo demás será ponérselo fácil y seguir cultivando ese miedo atávico a una izquierda demoledora. Sería incomprensible entender que la derecha tuviese 11 ó 12 millones de votos y que después la izquierda gobernase por trucos de prestidigitador. La democracia no es de Sánchez. Pero antes la derecha votante debe dejar de despreciarse a sí misma. El día que entienda que la única alternativa hoy es la que es, es decir, la del PP -con Vox o sin Vox-, alguien en España asumirá que Sánchez y su prostitución de la democracia sí tienen solución.