Pablo Gay Pobes | Manuel Uriarte Azcárraga | Susana Marqués iruarrizaga-El Correo
Plataforma por la libertad de elección lingüística
- Se prometía que más inmersión traería más conocimiento del euskera y mejores resultados académicos. La realidad desmonta este relato
Hay desigualdades que estallan en la calle. Y hay otras más incómodas, más silenciosas, que se cuelan poco a poco en la vida cotidiana hasta que terminamos aceptándolas como normales. En Euskadi, una de esas desigualdades está creciendo en nuestras aulas. Y lo más preocupante no es solo su existencia, sino el silencio que la rodea.
Durante años se ha instalado una idea casi incuestionable: que todo lo que se haga en nombre del euskera es, por definición, positivo. Pero proteger una lengua no puede significar cerrar los ojos ante las consecuencias de cómo se hace. Porque cuando una política, por bienintencionada que sea, empieza a generar desigualdad, deja de ser justa.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo con el modelo de inmersión lingüística en Euskadi. En teoría, busca cohesionar. En la práctica, está separando. Está creando dos realidades dentro de una misma escuela: la de quienes avanzan con naturalidad porque el euskera forma parte de su vida desde la cuna, y la de quienes tienen que recorrer ese mismo camino cuesta arriba, muchas veces sin red. No hablamos de casos aislados.
Porque no todos los niños parten del mismo lugar. No todos crecen en entornos euskaldunes. No todos tienen familias que puedan ayudarles o recursos para compensar las dificultades. Y, sin embargo, a todos se les exige lo mismo, como si fuésemos una sociedad lingüísticamente homogénea. No lo somos.
Ninguna lengua puede convertirse en una barrera. Promover no puede significar imponer
Ahí nace la desigualdad. Una desigualdad profunda, pero discreta. Que no se mide solo en notas, sino en frustración, inseguridad, en alumnos que se quedan atrás sin hacer ruido. En jóvenes que ven cómo su esfuerzo no es suficiente porque compiten en una carrera que no empezó en la misma línea de salida.
Y lo más duro es que esta desigualdad no solo no se corrige, sino que se consolida. El sistema favorece a quienes ya tienen ventaja y penaliza a quienes no. Introduce una selección silenciosa basada en la lengua de origen, algo incompatible con cualquier modelo educativo que aspire a la equidad.
Se prometía que más inmersión traería más conocimiento del euskera y mejores resultados académicos. Pero la realidad ya ha desmontado ese relato. Cada vez más alumnos no alcanzan los niveles exigidos. Las evaluaciones reflejan retrocesos. Lo dicen los sucesivos informes PISA, y también lo conoce –aunque no lo reconoce– el Gobierno vasco, en esos datos que tiene y no enseña. Y, aun así, en lugar de corregir, se insiste.
Lo que más inquieta es la ausencia de reacción social
¿Por qué? Quizá porque reconocer el problema obligaría a cuestionar un modelo que durante años se ha blindado políticamente. Quizá porque es más cómodo mirar hacia otro lado que admitir que estamos fallando a una parte de nuestros jóvenes.
Pero lo que más inquieta no es solo la política. Es la reacción social. O, mejor dicho, la ausencia de reacción. ¿Cómo es posible que en una sociedad en la que la mayoría tiene el castellano como lengua materna apenas haya debate sobre un sistema educativo que limita su uso como lengua de aprendizaje? ¿En qué momento dejamos de preguntarnos si esto era justo?
El silencio no es neutral. El silencio también construye realidad. Hace años, un grupo de padres y madres alzamos la voz pidiendo algo tan simple como poder elegir el idioma en el que escolarizar a nuestros hijos. Se nos acusó de enemigos del euskera. No conseguimos nuestros objetivos, pero sí frenar la desaparición de los modelos lingüísticos. Hoy, por la vía de los hechos, prácticamente han dejado de existir.
Hoy, lo que acabamos de ver con los ceros en la prueba de Euskera de la PAU hace estallar ante nuestras narices lo que ya se veía venir: que esa generalización del modelo de inmersión lingüística era un fraude, que no buscaba aumentar el uso del euskera, sino beneficiar a algunos y discriminar a los castellanoparlantes en una suerte de ‘prioridad nacional a la vasca’.
Conviene dejar algo claro: esto no va contra el euskera. Va de defender algo aún más básico: que ninguna lengua, ninguna, puede convertirse en una barrera. Que promover no puede significar imponer. Que integrar no puede ser discriminar.
El euskera merece ser querido, no temido. Elegido, no sufrido. Y no puede ser el motivo por el que un alumno tenga más difícil aprender, avanzar o sentirse capaz.
Porque cuando una política lingüística empieza a decidir quién lo tiene más fácil y quién no, deja de ser una política cultural. Se convierte en un problema de justicia.
Y entonces la pregunta ya no es lingüística. Es moral.
¿De verdad vamos a seguir mirando hacia otro lado?