RAÚL DEL POZO-EL MUNDO

Cuando la Transición nos daban la vara con los poderes fácticos, que los había: la Iglesia, el Ejército, los bancos, los americanos. Siguiendo el análisis marxista describían el Gobierno como una junta de accionistas de esos poderes y España como su empresa. Ahora nos marean con las élites, fase superior de la casta. Ya no hablan de lucha de clases sino del choque entre el poder oculto y la gente. Sigue en la onda aquella teoría de Gaetano Mosca, según la cual existen dos clases de personas: los gobernantes y los gobernados, y ni siquiera mandan del todo los primeros, porque por encima de ellos hay una oligarquía, un cártel, una banda que decide.

Los de Unidas Podemos quieren poner de una puta vez el bullarengue en los sillones del Consejo de Ministros con un programa común de la izquierda. Han sacado casi cuatro millones de votos y 42 diputados, y parecen imprescindibles. Pero como ya conocen a los socialistas, temen que empiecen el juego de tahúres y prefieran algo improbable, una gran coalición con Ciudadanos. «Será señal –escribe Juan Carlos Monedero– de que el PSOE vuelve a escuchar a las élites».

Hacen bien en no fiarse de sus futuros socios aunque Pablo Iglesias, que ha moderado sus opiniones respecto a los socialistas, teme que sean las élites las que impidan su entrada en el Gobierno. Está convencido de que sigue ese dominio invisible y tenebroso, un conjunto de empresas y de medios de comunicación, con tipos que controlan las puertas giratorias, eléctricas y multinacionales, que mandan más que los diputados y los ministros. Repite su teoría estos días, cuando el Partido Socialista ha vuelto a mandar y podría ocurrir, como ha ocurrido siempre que llega a Moncloa: que gire a la derecha. Ya lo hizo Felipe González cuando sacó 159 diputados y en vez de pactar con IU llegó a acuerdos con el Pujol de la corrupción.

Que no culpe Pablo Iglesias a las élites de lo que hagan los políticos. ¿Acaso no ha descubierto aún que Pedro Sánchez manda en este momento más que Napoleón y más que su propio partido? Con el BOE en la mano, como un revólver, puede hacer bailar a banqueros, empresarios del Ibex y a los ejecutivos de las multinacionales como hacían los pistoleros del Oeste con los que estaban en la barra del saloon. ¿No se ha quedado ya con la copla de que los verdaderos poderes fácticos son hoy los dirigentes de los partidos políticos? Aquellos personajes en la sombra del Consejo Empresarial de la Competitividad han terminado dejando billetes Bin Laden en los cepillos de las iglesias.