José Alejandro Vara-Vozpópuli

  • ‘Succession’ es el nombre de la serie que agita al PSOE. Traiciones, zancadillas y puñaladas entre los delfines del postsanchismo

«Han caído los dos, cual soldados fulminados, al suelo». Radio Futura. La guerra de sucesión del simpar guaperas se ha cobrado dos víctimas antes de arrancar. Óscar Puente es el primero, ya difunto y lo sabe. Asumió su condición de finiquitado el jueves en el Senado cuando, en su larga perorata vacía y tramposa, incurrió en un argumento que él mismo se había prohibido. Se refugió en el Ventorro. Y ahí mostró su descomunal herida, un costurón que atraviesa su argumentación coriácea, sus excusas de traficante. “No me comparéis con Mazón, es ofensivo”, advirtió en una entrevista. Él mismo se condenó. Ya era un despojo. Había sobrevivido, eso sí, al primer envite del cataclismo de Adamuz, al informe de la Comisión de Investigación que señaló las chapuzas mortales en las vías, a cientos de amables entrevistas, a comparecencias inhóspitas, declaraciones sobrevenidas, explicaciones interminables… Incluso a las arremetidas de Salvador Illa, que le lanceaba desde la cama del hospital. Pero no dio más. En la sesión del Senado, que lo recibió con la derecha entonando el himno saludable de ‘dimisión, dimisión’, apenas pudo disimular su condición de pieza arrojada por el puto amo al tacho de los desperdicios.

Puente era el favorito de entre quienes se alinean en el arriesgado grupito de los delfines de Sánchez. Aplaudido por los hooligans del partido, lisonjeado por los baroncillos regionales, el  todavía titular de Transportes protagonzó movimientos extraños cuando los cincos días del artificioso retiro del líder enamorado. Santos Cerdán, ahora entre sol y sombra, movía los hilos de la jugada. MJ Montero asumiría una transición provisional para que luego, Puente fuera proclamado secretario general en un congreso extraordinario hábilmente manipulado, como todo en el socialismo. Mucho no gustaron estas maniobras en el entorno de Begoña, que puso a Montero y a Puente en su lista negra. Sánchez los aprovechó como material de desecho.  A ella la envió a perecer en Andalucía y al otro, a ladrar por las redes y luego ya se vería. Hasta aquí. Ciego de ambición y huérfano de prudencia, Puente tropezó con lo inesperado. Ese Alvia que se cruzó con la cola de un Iryo descarrilado. O sea, 45 muertos. “Les molesto porque lo hago muy bien”. Al trastero.

Los ceses que no calman

Illa se removía iracundo en su inoportuna convalecencia hospitalaria. El presidente de la Generalitat figuró siempre en cabeza del futuro relevo. Le decían que no. Que imposible que un catalán presida el PSOE y, menos aún, aterrice en Moncloa. Bueno, nunca se sabe, Illa es tan hipócrita que a veces no parece catalán. Ni siquiera socialista. Y no se olvide que es el voto de Cataluña el que convirtió en presidente a Sánchez. Ya solo le votan allí. Pero falleció un maquinista de Rodalies y quedó al descubierto el gran desastre de las cercanías de la región, abandonada durante años para cabreo cotidiano de los cientos de miles de ciudadanos que se siente despreciados y maltratados por Madrid. O sea, por el Gobierno de Sánchez. Illa logró que cesara a dos mandos intermedios de Adif y Renfe (En Andalucía ni uno, total, allí votan al PP). Una victoria menor. El mal ya estaba hecho. La catástrofe de Rodalies dio alas a ERC y a Junts que reclaman la dimisión de Puente con la mirada puesta en Illa. Otro al tacho de los desperdicios.

Dado que el futuro del socialismo es mujer, quedaba la baza de Pilar Alegría, la opción favorita del sumo hacedor del progreso, la elegida para la gloria, la figurilla dicharachera para derribar a Ayuso, si se diera el caso. Mujer contra mujer y todo eso. El caso es que Sánchez la envió al frente de Aragón. Una canallada. Quizás una venganza servida bien fría. Un delirio circular de gestos adversos rodean su trayectoria, desde su apoyo a Susa Díaz, la lozana andaluza, otra que cayó al su amistad con el braguetas de la Moncloa. Todo disparates. Vox le dará el sorpaso y, ya está, para casa.

La clave de Bolaños

Y luego queda el marisabidillo, el favorito de la pentaimputada, el triministro intrigante, Félix Bolaños, que se oculta como una rata almizclera y disfruta de un diálogo directo con la divinidad. ¿Qué pintaba el titular de Justicia en el inaudito acto del derribo (que no fue tal) de un edificio en Campamento (Madrid)? ¿Qué hacía allí con su chalequito amarillo y su casquete de obrero en una ceremonia teatral junto a Sánchez y otros semovientes travestidos de operarios? En la ceremonia figuraban la titular de Vivienda, Isabel Rodriguez, naturalmente; Óscar López, ministro de los funcionarios y encargado del partido en Madrid, próxima víctima de Ayuso; y Paquirrín Martín, delegado del Gobierno en la región. ¿Y Bolaños, que narices hacía ahí? Muy sencillo. Es afiliado del PSOE en el distrito de La Latina, al que pertenece Campamento, y no pierde oportunidad de trabajar a sus bases para lo que sea menester. Bolaños, no se olvide, es el muñidor de las leyes para domeñar a los jueces valientes y amordazar a los medios libres que Sánchez puso en marcha cuando el juez Peinado imputó a su esposa. De ahí su relevancia. De ahí sus razonables aspiraciones. Menos ruidos que Puente, más español que Illa (lo que no es difícil), Bolaños no disimula en privado sus posibilidades de ascenso en el caso de que sobrevenga un cambio de titularidad en la cumbre del partido, algo que tantos descreen, no sin razón.

El infatuado timonel no muestra intenciones de dar un paso al costado. Todo lo contrario. Elabora estos días una ‘operación remiendo’ de su desportillado Frankenstein, al que ya ha sumado incluso de Podemos, su gran enemigo. Se trata de organizar un Frente Amplio «contra el neofascismo y arrasar en las próximas elecciones. Es un proyecto complicado (todos los sondeos conceden a PP y Vox más de 200 diputados) que se ve con buenos ojos entre los liputienses periféricos. Es el invento para su supervivencia.  Convertir las generales en un plebiscito sobre la república plurinacional y arrojar definitivamente a la ultraderecha fuera del tablero. El primer intento, hace cien año, naufragó. «Salvar lo salvable y aprender a ignorar el resto», aconsejaba el prudente Starbucks. El capitán Acab no escuchó y el Pequod se fue a pique.