Rosa Martínez-Vozpópuli

  • La pareja Iglesias-Montero ha conseguido algo admirable: normalizar que decirle a una mujer cómo debe vestir puede ser perfectamente feminista

Hay parejas que hacen historia: los Curie, los Clinton, los Beckham… Y luego está la formada por Pablo Iglesias e Irene Montero, que no han descubierto ningún elemento químico, pero han logrado algo mucho más difícil: convertir la contradicción política en una forma de vida cómoda, estable y sin consecuencias. Durante años, Pablo Iglesias presentó un programa en HispanTV, una televisión financiada por el régimen iraní. Nada clandestino ni forzado y a la vista de todos. Él mismo lo explicó con esa frase tan suya, que parece incluso profunda hasta que una se para a pensarla un par de segundos: en política hay que “cabalgar contradicciones”. No puedo evitar que me vengan a la cabeza imágenes heroicas, con Iglesias a lomos de un caballo ideológico, dejando caer principios por el camino, mientras grita que todo forma parte del viaje.

La metáfora tiene mérito, todo hay que decirlo, porque permite justificar prácticamente cualquier cosa sin necesidad de dar demasiadas explicaciones. Si alguien pregunta, no pasa nada: no es incoherencia, es equitación política. Quizá nos estamos acostumbrando muy fácilmente a que nos digan que se puede cambiar de opinión y cabalgar contradicciones sin que eso implique que uno está faltando a su palabra, y que quienes lo justifican sean precisamente los que cobran una nómina que sale de nuestros impuestos.

En aquel plató, sin embargo, la épica revolucionaria tenía un presupuesto más bien modesto. No había barricadas ni adoquines volando sobre las cabezas. Había imperdibles. Imperdibles cuidadosamente depositados sobre la mesa, para que las mujeres invitadas se cerraran el escote, no fuera a ser que a algún ayatolá le diera un vahído desde Teherán al ver un centímetro de clavícula occidental. Y para no molestar al régimen que ponía la cámara y el dinero. Si alguna osaba aparecer en tirantes, ya fuera porque era verano, porque hacía calor o porque tenía el mal vicio de vestirse sola, aparecía una chaqueta de la nada. Como por arte de magia feminista. Abracadabra: cúbrete. Lo contó Beatriz Talegón sin adornos innecesarios: imperdible, escote, chaqueta, negativa. Otras mujeres han relatado lo mismo, incluso con capturas de conversaciones donde se especifica que nada de escotes ni hombros descubiertos. Curiosamente, no consta que a los hombres se les ofreciera una rebeca por enseñar antebrazo.

Era Irán, era su televisión

Misterios de la opresión selectiva. El cuerpo femenino, siempre tan problemático, tan provocador, tan necesitado de corrección. El masculino, en cambio, parece perfectamente compatible con cualquier revolución, por muy teocrática que sea. Pero no pasa nada. Era Irán, era su cultura, su televisión y, sobre todo, era una contradicción perfectamente cabalgable.

El problema es que el caballo se fue, pero la lección de equitación no termina nunca. Porque una cosa es adaptarse a un plató iraní y otra muy distinta es lo que vino después: la pareja se instaló cómodamente en el púlpito moral para repartir certificados de feminismo auténtico. Irene Montero lleva años explicando, a grito pelado y con cara de estreñimiento crónico, que el feminismo consiste, entre otras cosas, en que nadie puede decirle a una mujer cómo tiene que vestir. Que el cuerpo es propio. Que cualquier imposición es violencia y machismo. Que una sociedad decente no cuestiona escotes, hombros ni decisiones individuales.

Resulta que la pareja más intensamente feminista del panorama político español no tuvo ningún problema en participar, justificar y normalizar un entorno donde a las mujeres se les indicaba cómo debían presentarse físicamente para resultar aceptables, por pura adecuación moral al régimen que mandaba los cheques al canal de TV. Nada de esto ha impedido que Pablo Iglesias siguiera cabalgando contradicciones e Irene Montero repartiendo certificados de feminismo válido. Porque hoy tenemos a Irene Montero explicándonos que si se habla demasiado de Irán, de las revueltas, de los asesinados en las calles, de las mujeres que se rebelan… El problema no son los ayatolás cargándose a la población civil porque las mujeres no quieren taparse. No, por alguna extraña razón que no logro comprender y ni siquiera imaginar, la culpa de que Irán esté en todos los medios es de la ultraderecha. Y de Trump, que quiere dominar el petróleo a nivel mundial. Pero oiga, señora feminista, que están matando a las mujeres… Ultraderecha. Pero que son mujeres que quieren igualdad y poder vestirse como les dé la gana, cantar, bailar… Ultraderecha, Trump y petróleo. Según esta lógica admirable, el problema no es que haya mujeres apaleadas, encarceladas o asesinadas por no cumplir normas de vestimenta y de una conducta moral y religiosa impuestas, sino que alguien en Occidente se atreva a mencionarlo sin pedir antes permiso ideológico. No es el régimen, es el enfoque. No es el imperdible, es quién lo señala.

Ni programa ni plató

Mientras tanto, las feministas de verdad en Irán siguen jugándose la vida por no cubrirse, por no obedecer y por no aceptar imperdibles ajenos. Pero esas no sirven mucho para el discurso de la izquierda. Resultan molestas porque se empeñan en hacer feminismo sin consultar antes al departamento de comunicación. Y, además, no votan aquí. Lo interesante es que ya no hay programa en la televisión iraní. Ya no hay plató. Ya no hay imperdibles a la vista. Lo único que cabe preguntarse es si sigue habiendo cheque, porque contradicciones, lo que se dice contradicciones, sigue habiendo. Y muchas.

Al final, la pareja Iglesias-Montero ha conseguido algo admirable: normalizar que decirle a una mujer cómo debe vestir puede ser perfectamente feminista, siempre que se haga en el contexto adecuado, con el régimen adecuado y con el discurso correcto. Y luego, por supuesto, volver a casa a explicar que nadie, absolutamente nadie, puede decirle a una mujer cómo vestirse.

Pablo e Irene seguirán cabalgando contradicciones mientras puedan y les resulte rentable… O hasta que la gente de este país se harte y les diga dónde se pueden poner ellos el imperdible.