Este año se van a cumplir ocho siglos del fallecimiento de san Francisco de Asís, tenía algo más de cuarenta años de edad. Es proverbial su renuncia a la riqueza, decidida por él para unirse radicalmente a los más pobres de entre los pobres y extenderles el amor del Dios encarnado en Cristo. Ha dejado una huella profunda de autenticidad y bondad. Se le atribuye esta frase: «Empecemos por hacer lo posible, luego lo necesario y así acabaremos por lograr lo que parecía imposible», una glosa del provecho de la paciente gradualidad, en sintonía con: piano, piano, si arriva lontano.
¿Estaba este hombre ‘en el lado correcto de la Historia’? Una pregunta que es reflejo de la moda de insensatez que nos asola; cada época tiene las suyas. Es una frase más del álbum de vaciedades y tonterías contagiosas que invade el mercado. Es curioso que la empleen tanto Donald Trump como Xi Jinping y, por supuesto, sus distintos ecos de resonancia. El lado correcto de la Historia no existe, es una falacia interesada de quienes quieren hacerse los ‘buenos’ (y deslumbrar a los despistados, fijando sus marcos de referencia), se jactan de serlo y hablan de su corrección histórica: todos ellos son unos impostores. Ciertamente, el hábito no hace al monje. El amaneramiento de ser ‘bueno’ no nos hace buenos. Esta actitud chirría con el espíritu humilde y coherente de il poverello.
En junio hará treinta y seis años de la matanza de la plaza de Tiananmen, cuando el Ejército Popular chino (bajo las órdenes de Deng Xiaoping, arquitecto de los espectaculares avances económicos de China) arrasó, con sus tanques y fuego indiscriminado, las vidas de miles de estudiantes y trabajadores que protestaban contra la corrupción y reclamaban libertad de prensa y democracia. Después de estos asesinatos a sangre fría sucedió una represión feroz y luego el mayor de los silencios. Es un tema tabú que las autoridades chinas no permiten mencionar siquiera. El cinismo de estos gobernantes es absoluto: nos dan lecciones y otorgan premios de corrección histórica a sus amigos. ¿Y qué decir del detestable Trump, un delincuente glotón de vanidad y chulería que exige recibir un premio Nobel de la Paz a la vez que ataca cuando se le antoja? El mundo al revés. Estos poderosos tienen en común su sectarismo, así como un desprecio total por la vida humana. Como se decía antaño: que Dios nos coja confesados.
Los seres humanos parecen condenados a elegir entre Guatemala y Guatepeor, en situaciones imposibles que nos llenan de angustia y desasosiego. Evocaré la España de 1936, cuando estalló la Guerra Civil, tras un golpe de Estado que dividió al país en dos zonas: una, la republicana, con cerca de quince millones de habitantes (concentrados sobre todo en urbes industrializadas) y la otra, la sublevada (o, mejor, donde los sublevados se hicieron con el poder), con unos diez millones de habitantes (en zonas rurales, con pocas fábricas). Pío Baroja tenía entonces 63 años de edad y describió a España como «un inmenso manicomio de elementos enfurecidos, que han roto sus camisas de fuerza y se desgarran como lo que son: víctimas de rabiosa enajenación mental».
Demasiada gente influyente acabó por querer lo que no deseaba: la atrocidad de la crueldad y la sinrazón. Una vez lanzados, no querían la vuelta atrás. Se nos ocultó la propuesta de amnistía general que el líder falangista José Antonio envió desde la cárcel el mismo verano de 1936: pedía la «reposición de los funcionarios declarados cesantes a partir del 18 de julio», la disolución y el desarme de todas las milicias. Y pedía también que se formara de inmediato un Gobierno de reconciliación que sugería fuera presidido por Diego Martínez Barrio (quien era masón). Detallaba la presencia en aquel Gobierno de Melquiades Álvarez (también masón y demócrata liberal) como ministro de Justicia; Manuel Portela Valladares (también masón y demócrata liberal) como ministro de Gobernación; Joan Ventosa (miembro de la Lliga y colaborador de Cambó) como ministro de Hacienda y el socialista Indalecio Prieto como ministro de Obras Públicas (éste se hizo con la maleta de Primo de Rivera que contenía sus documentos en la cárcel y la depositó en un banco de México). Fue demasiado tarde y, por desgracia, no sirvió para nada. Hoy pocos tienen idea de todo ello; otros, aún sin saber nada, no aceptan creérselo y persisten en su área ciega e impenetrable. ¡Qué se le va a hacer!