Jesús Cacho-Vozpópuli

  • La corrupción también trunca vidas, también mata gente

Cojo prestado el titular del artículo («Óscar Puente quería ser presidente») que el subdirector de este medio, Isaac Blasco, publicó aquí este jueves y en el que describe a España como «un Estado fallido y unos españoles acostumbrándose a tomarse la conmoción y el desánimo como rutina: la España del desamparo, el desvalimiento de unos ciudadanos resignados a considerar un logro salir ileso de un tren. España como ensayo de un Estado disfuncional, víctima de una indigencia moral inducida desde arriba que ha desarbolado la clase media, ha parado el ascensor social y ha proscrito la cultura del mérito, reemplazada por la del subsidio». El accidente ferroviario de Adamuz es un punto y aparte en la historia reciente de nuestro país, quizá el final trágico de un régimen que arrancó en el 78 y que lleva mucho tiempo arrastrándose por el fango víctima de la incuria, la incompetencia y la corrupción de una clase política que sólo cabe entender como una especie de castigo divino caído sobre un pueblo acostumbrado a aceptar con resignación cualquier calamidad. En realidad España lleva 22 años parada. Se paró en seco el 11 de marzo de 2004, fecha de unos atentados terroristas que cortaron las alas de una España que pretendió volar alto de la mano de un tipo tan peculiar como José María Aznar y que a partir de entonces se ha deslizado por la pendiente de la irrelevancia hasta el martirio de Adamuz. Tres días después de la masacre, las urnas colocaron en Moncloa a un miserable («Los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta»), mediocridad y maldad a partes iguales, cuya labor consistió en enterrar el espíritu de concordia que orientó la Constitución del 78 para volver a enfrentar a las «Dos Españas». Huelga decir que el Gobierno socialista no tuvo ningún interés en investigar la autoría intelectual de la masacre, renuncia que el paisanaje aceptó en silencio, quizá sobrecogido por las consecuencias que tendría el conocimiento de la verdad. Una tara moral de país «pequeño» que desde entonces nos acompaña indeleble.

A finales de 2011 el Gobierno volvió a caer en manos del PP. He escrito mucho sobre la desgracia que para España supuso el despilfarro de la mayoría absoluta que los ciudadanos pusieron en manos de un mediocre sin remedio como Mariano Rajoy tras el «experimento» ZP, por lo que no insistiré. Seguimos pagando el precio de aquella traición, cuyo cénit llegó al punto de servir el poder en bandeja, 1 de junio de 2018, a un protodelincuente como Pedro Sánchez. Desde entonces todas las desgracias se han acumulado, multiplicadas, sobre el solar patrio. Lo ha dicho el presidente aragonés, Jorge Azcón, entrevistado en Vozpópuli: «El destrozo del sistema ferroviario es la viva imagen de la degradación del sanchismo». El AVE era el santo y seña de un país que durante un tiempo soñó con jugar en primera división, el elemento de modernidad del que presumir ante el mundo, quizá, todo hay que decirlo, un lujo muy costoso que España no se podía permitir (so pena de colocar el billete a un precio inalcanzable para la mayoría). «Aquellos que con gran ilusión y cariño construimos la primera línea de alta velocidad por ferrocarril allá por 1992, el AVE entre Madrid y Sevilla, hoy no podemos creer el nivel de degradación que estamos percibiendo en ese mismo servicio», cuenta Antonio Martín Carrillo, ingeniero y ex directivo de Adif. «Primero fue la curva de Angrois, en 2013, y ahora la recta de Adamuz, en Córdoba. Mucho dolor, mucha muerte, familias rotas, y todos nos preguntamos por qué. ¿Cómo ha podido ocurrir esto?»

Esto ha ocurrido por la concurrencia de tres factores, el primero de los cuales es la insuficiente inversión en mantenimiento, asunto sobre el que ya se ha escrito mucho. El gasto real en ese rubro por pasajero se ha hundido casi un 40% respecto a 2013 (ello a pesar de los recortes realizados por el Gobierno Rajoy para cerrar la brecha de un déficit público del 11% heredado de ZP). El segundo factor es la incompetencia. Este es un Gobierno de ineptos, una colección de ignorantes, de personajes que difícilmente se ganarían la vida en el sector privado, de chicos de partido crecidos bajo el faldón del capo de turno. Gente sin idea de casi nada pero muy sectaria. Basta ver los CV de la mayoría de los altos cargos del Ministerio de Transportes, y en particular de Renfe y Adif, para llegar a esa conclusión. Se nombra para cargos de responsabilidad a los amigos y compañeros de partido, se devuelven favores y se premian fidelidades en un insuperable ejercicio de nepotismo. El tercero, en fin, es la corrupción, el santo y seña de un Gobierno convertido en realidad en un grupo mafioso que ha venido a ganarse la vida aferrado al Presupuesto y si puede, a afanar lo que pille, una «organización criminal», como ha sido definida reiteradamente en autos judiciales, con el servicio al país como último y remoto sentimiento. Es Sánchez y su banda, una estructura delincuencial y su capo, un Corleone dispuesto a resistir para poder tener la oportunidad de robar durante más tiempo, a pesar de la corrupción familiar que le rodea y de las desgracias que afligen al país. Pocas definiciones tan acertadas como la de Lucas Stegemann en la red social X: «En el corazón del desastre ferroviario se encuentra el espantoso nivel de corrupción e incompetencia de la administración pública española, la ocupación de altos cargos por parte de burócratas políticos inútiles y, lo peor de todo, una cultura de nula rendición de cuentas».

Toda la cúpula de Transportes (antiguo Fomento, ministerio del gasto por antonomasia) está en la cárcel, investigada por la Justicia o a punto de estarlo en cuanto la jueza de Montoro inicie sus pesquisas sobre lo ocurrido en Adamuz. Todos son carne de cañón. No hay dinero para invertir en mantenimiento y los trenes se mueven como atracciones de feria para pasmo del viajero, pero este Gobierno sigue trabajando, y gastando, en la futura línea de AVE entre Palencia y Santander, perdón, en realidad entre Palencia y Reinosa porque la alta velocidad no llegará hasta Santander por razones de orografía y coste asociado, línea que jamás será rentable y que responde al pago del apoyo parlamentario a Sánchez por parte del cacique cántabro Miguel Ángel Revilla. Revilla exige un AVE y Sánchez se lo concede a cambio de su voto, como acepta la amnistía que le reclama Puigdemont o los 4.700 millones que le demanda Junqueras. Sánchez se fuma un puro con los intereses de España. Habrá AVE a Reinosa pero no a Mérida y Badajoz, porque Extremadura no tiene ningún voto que valga una línea de alta velocidad. No hay dinero para mantener en buen estado la infraestructura ferroviaria pero sí lo hay para comprar votos. El mismo día que 45 personas perdían la vida en Córdoba, el Gobierno anunciaba el lanzamiento de un «abono único» de transporte por 60 euros al mes con un coste global de 1.370 millones. Ayer mismo José Sánchez contaba aquí en exclusiva («Adif alertó la misma semana de la tragedia de otro carril roto a diez kilómetros de Adamuz») la existencia de tres roturas de carril distintas a la que provocó la catástrofe del lunes. No hay dinero para mantenimiento porque no hay ninguna cinta que cortar invirtiendo en asegurar la vida de los viajeros. Es la corrupción, que no solo empece el desarrollo económico sino que también trunca vidas, también mata gente.

Y no será por falta de dinero. Seguramente no ha habido Gobierno en democracia que haya dispuesto de tanta liquidez como este. Al río de fondos europeos gratis total llegados desde Bruselas tras la pandemia hay que añadir una recaudación récord, que ha aumentado en un 70% desde 2018 porque lo que realmente funciona bien aquí es la Agencia Tributaria, un fisco acostumbrado a exprimir al contribuyente y a pisotear sus derechos como ciudadano. Más de 4 puntos de PIB ha aumentado la presión fiscal entre 2017 y 2025. La economía crece por la llegada de un ejército de inmigrantes y a la Hacienda pública le sale el dinero por las orejas, pero la vida de Juan Español no mejora, la renta per cápita está estancada desde hace 20 años. ¿Qué está pasando aquí? ¿Cuál es la razón de tan llamativa contradicción? Jon González, un tipo muy activo en redes sociales se pregunta en X: «¿Dónde está el dinero? Está financiando el presente, y al hacerlo está dejando de financiar mantenimiento, inversión, productividad, capital humano, cohesión intergeneracional. Es una cuestión de prioridades. Reorientar el gasto público no significa recortar a ciegas ni negar la solidaridad, sino decidir qué futuro queremos financiar». Es la consecuencia de la toma por parte de los Gobiernos de malas decisiones de política económica —por error o, peor aún, por ideología— mantenidas en el tiempo, que terminan afectando a la vida de la gente, dañando sus expectativas vitales y perjudicando gravemente su bolsillo y su nivel de vida, decisiones mansamente asumidas por un electorado acostumbrado a aceptar cualquier humillación y a seguir votando a sinvergüenzas como el que nos preside.

Un Gobierno que utiliza el dinero público para fidelizar y comprar votos, que vive al día y que carece de cualquier estrategia de país. El resultado no podía ser otro que la degradación constante y acelerada de los servicios que el Estado presta a los ciudadanos. La educación ha colapsado y ha perdido cualquier referencia como ascensor social; la sanidad empeora a ojos vistas, con interminables las listas de espera; los trenes de alta velocidad se paran, cuando no descarrilan, en descampados durante horas; la justicia se eterniza por falta de medios; el firme de las autovías —por no hablar de su trazado, de los años ochenta— convierte cualquier viaje en coche en una apuesta arriesgada; el país se sumerge en la oscuridad por apagones que nadie explica; la Administración no funciona a pesar de que el número de funcionarios no deja de crecer; la clase media se achica achicharrada a impuestos, y los jóvenes bien educados se buscan la vida en el extranjero ante la falta de expectativas vitales en su país. Ello por no hablar de los problemas estructurales de los que este Gobierno de incompetentes no quiere saber nada. El nivel insoportable de una deuda pública que ha superado ya el listón de los 1,7 billones (70.000 millones de incremento en 2025) y cuyo servicio (pago de intereses) se comerá en 2026 la friolera de casi 45.000 millones. ¿Cuántas cosas podría hacer un Gobierno respetado y respetable con 45.000 millones? O la amenazadora bola de nieve de las pensiones, con los ingresos por cotizaciones representando apenas el 70% de la factura, de modo que el Estado se ve obligado a cubrir los déficits del sistema recurriendo básicamente al endeudamiento. «El Estado acumula ya 600.000 millones en ‘ayudas’ a la Seguridad Social para pagar las pensiones en los últimos 10 años» (Beatriz Triguero este jueves en Vozpópuli). Pagar las pensiones con deuda es una barbaridad conceptual que solo puede conducir al default de nuestro país a corto/medio plazo.

En estas aguas cenagosas nos movemos desde hace años, ante la aparente desidia de una buena parte de la sociedad y la laxitud criminal de un Gobierno declarado enemigo, además, de nuestras libertades. Por eso la tragedia de Adamuz ha supuesto un punto de no retorno. Este drama ha tocado muy de cerca el corazón de la gente, ha alcanzado su fibra más sensible. Una sensación de «hasta aquí hemos llegado» sacude el alma de los españoles de toda condición, con una foto terrible hoy en boca de casi todos. Es obra del fotógrafo de la Casa Real y la ha colgado Zarzuela en su propia web. Incomprensible. En ella se ve a un Felipe VI, descorbatado, en el teatro de los hechos en compañía de una reina Letizia que muestra, retrato en negro, cierto parecido con las famosas niñas góticas de Zapatero, escoltado por el titular de la cartera de Transportes y por el presidente de la Junta andaluza, Juanma Moreno. En primer plano, por delante de los Reyes, se ha colado esa Maritornes, prodigio de desfachatez, que responde al nombre de Marisú Montero y hay un guardia civil que mira al Rey con las manos entrelazadas, como el propio Monarca, en actitud de profundo desistimiento. El grupo posa en silencio sobre una especie de acera, mientras a su derecha y a pie de vía descansa hecha jirones la locomotora del tren Iryo cual ave de presa abatida por un disparo traicionero. Inerte. Es una copia sin fuste de «La familia de Carlos IV» de riguroso luto, una pintura negra de Goya, el olmo seco hendido por el rayo y en su mitad podrido, la España sórdida y grotesca de Gutiérrez-Solana y su pincel de trazo grueso, el fusilamiento de Torrijos en las playas de Málaga carente de cualquier heroísmo. Es la escena de una rendición sin condiciones, la inacción hecha mensaje, la desolación, la derrota. La imagen de esta España que hoy se debate entre la vida y la muerte en manos de un cuatrero.

Entre tanta desgracia, tanto apagón, tanta Dana, lo mejor de esta España atribulada sigue siendo su paisanaje, esa buena gente de Adamuz que la noche de la tragedia se dedicó a socorrer a las víctimas sin pedir nada a cambio. ¡Qué trágico desperdicio! El noble pueblo español siempre dispuesto, cuando todo parece ya perdido, a salvar a la nación. Ese pueblo no puede aceptar una rendición sin condiciones a manos de Sánchez y su banda, cuyo destino no puede ser otro que la cárcel. No se trata ya de pedir esta o aquella dimisión, una futesa comparada con la dimensión del problema. España se siente hoy atravesada por una auténtica crisis existencial, una crisis de la que solo se podrá salir no con un simple cambio de Gobierno sino con una verdadera revolución democrática que imponga prioridades y señale objetivos claros. Una auténtica terapia de choque con un proyecto de futuro como punto de partida, una estrategia de país, tanto política como económica, que priorice el gasto público, persiga a muerte la corrupción y ensalce la excelencia y el trabajo bien hecho. Un país de políticos honrados al servicio de ciudadanos capaces de perseguir sus sueños en libertad.