- El Gobierno español, con su presidente al frente y el ministro de Transportes como ejecutor, es responsable último de 45 muertes en condiciones espantosas. Y va a hacerlo todo para borrarlas de la memoria colectiva
Los griegos hubieran apreciado la astucia política de Pedro Sánchez. Ellos, que hablaban una lengua en la cual, a «verdad» y «olvido», las contraponía sólo una «a» privativa. La verdad (alétheia) es lo que conseguimos arrebatar a la tiniebla del olvido (léthe), en la cual todo espíritu humano (frénes) es exterminado. La verdad es el no-olvido. Nada más que eso. Y la mentira erige su tiranía, allá donde el recuerdo se ha borrado.
El Gobierno español, con su presidente al frente y el ministro de Transportes como ejecutor, es responsable último de 45 muertes en condiciones espantosas. Y va a hacerlo todo para borrarlas de la memoria colectiva. Al precio que sea. Porque tales muertes no puede atribuirlas, sin más, a uno de esos «desastres que suceden» y bajo cuya sombra decidió acogerse el súbitamente invisibilizado primer ministro español. Los 45 muertos no lo fueron por un accidente meteorológico. Ni por una misteriosa «catástrofe natural». Ni siquiera por un «desfallecimiento» humano, de esos que el señor Sánchez ha tenido la desvergüenza de atribuir a los maquinistas.
A los 45 de Adamuz los mató una incompetencia. Cuyos datos técnicos han sido ya apuntados por los investigadores. Y cuyas responsabilidades corresponde ahora ir rastreando, hasta el nivel más alto. ¿Los datos técnicos? Una soldadura defectuosa en los raíles. Parece una tontada. Sólo que, a más de doscientos kilómetros por hora, una tontada así desencadena necesariamente la muerte en masa. ¿Las responsabilidades?
¿Qué ministerio es responsable de haber arrojado alegremente a los infiernos a gentes que pusieron fe en el mantenimiento de las vías férreas? El ministerio que dirigió un presunto delincuente al que aguarda el juicio penal que esperemos se selle con cárcel a la altura de lo robado. El Ministerio de Transportes podía pagar el haber de las amantes venales del señor Ábalos: calderilla. Pero parece que no disponía de presupuesto suficiente para hacer funcionar los convoyes auscultadores que, en una red de alta velocidad, son la única garantía de que una matanza así no se provoque. ¿Qué directora general estaba a cargo de Adif, responsable del mantenimiento de esas vías? La colega, casualmente, más directa de Koldo y Ábalos: Pardo de Vera, simpática colocadora de auxiliares afectivas del ministro, dignamente liberadas de agobios laborales. ¿Y qué empresa tendió esa red que hizo colapso? Una que vino de la mano del sutil Koldo.
No existe modo humano de ocultar la infamia de que sean los mismos prebostes sanchistas, que robaban el presupuesto a manos llenas, los hoy responsables de la chapuza que hizo descarrilar dos trenes y que incrementó estúpidamente la cifra de muertos del segundo por no haber creado siquiera un sistema de alarma capaz de detectar que también un Alvia había sido siniestrado esa noche. Los pasajeros del segundo tren morían en medio de la nada. Ignorados de todos. A lo largo de casi una hora de completo abandono.
No, no existe modo de negar ese cúmulo de responsabilidades criminales. Lo sabe el gobierno. Pero sabe también que el olvido es manejable a voluntad en nuestras sociedades. Que un par de semanas de bombardeo desde televisión y redes enterrará hasta el último rastro, hasta el último recuerdo de los muertos. Ni siquiera necesita hablar el señor Sánchez. Para bramar ya tiene a su correveidile Puente. Y para pudrir cerebros ciudadanos con divertidas basuras color rosa, están los bienpagadísmos capataces de la televisión pública. Una chapa de silencio lo irá homogeneizando todo. Luego, ya se encontrará alguna deleitosa historia infrarrosa de divo y de sirvientas, con la que llenar las horas de idiotización sobre las cuales los políticos asientan su despotismo en una sociedad moderna.
¿La «verdad»? ¿Qué es lo que ha dicho usted? ¿El «no-olvido»? Cursiladas de Parménides, de Platón, de Aristóteles… Vejestorios, caballero. Nosotros, ¿sabe usted?, nosotros somos los héroes modernos. La verdad, la fabricamos. A la medida nuestra. Olvídese de otra cosa. Verdad es lo que yo digo. Y, aún mucho más, lo que callo.