JORGE DEL PALACIO-El Mundo

En la entrevista de Luis Ángel Sanz a Carmen Calvo, el pasado domingo en EL MUNDO, la vicepresidentaafirmaba: «El Gobierno tiene que mantener la defensa constante de la Constitución. Y la tiene que reivindicar». A la pregunta: «¿Se celebrará un referéndum de independencia?», Calvo respondía: «No. La independencia de un territorio no está prevista en la Constitución. Y ningún Gobierno constitucional de España la contempla. El artículo 2 de la Constitución establece por igual un solo Estado y el derecho a la autonomía política de sus territorios». Curiosamente, al referirse al artículo 2 de la Constitución de 1978, Carmen Calvo aludía a la idea de «un solo Estado» que no aparece en el texto constitucional. Al hacerlo omitía la referencia a la «Nación», a cuya indisoluble unidad sí se alude el artículo 2.

Un día después, la rueda de prensa que ofreció Quim Torra tras su reunión con Pedro Sánchez en La Moncloa servía para conocer que el presidente del Gobierno le había «recordado que él defiende que España es una nación de naciones». Aunque Torra remataba que Sánchez no le había concretado «cuál es su proyecto para España ni la solución al derecho de autodeterminación», las declaraciones del presidente de la Generalitat invitan a pensar que la solución que Sánchez baraja para desincentivar la reclamación del derecho de autodeterminación podría ser una reforma de la Constitución en sentido plurinacional.

No puede decirse que Sánchez sea incoherente, ni que su llamado a la plurinacionalidad de España sorprenda. En el debate celebrado en el marco de las primarias del PSOE, cuando Patxi López le preguntó: «Pedro, ¿sabes lo que es una nación?». El hoy presidente del Gobierno respondía: «Un sentimiento que tiene muchísima ciudadanía, por ejemplo, en Cataluña o, por ejemplo, en el País Vasco, por razones culturales, históricas o lingüísticas». En posteriores ocasiones, Sánchez ha vuelto a sostener que España es una «nación de naciones» en la que conviven, sin especificar mucho más sobre qué tipo de vínculos mantendrían, cuatro naciones: España, Cataluña, País Vasco y Galicia.

Parece evidente que la reflexión que lleva a Sánchez a optar por el discurso de la «nación de naciones» en detrimento de otras posibles configuraciones de la cuestión nacional no es de orden teórico ni académico, sino estratégico. Al igual que Zapatero, el PSOE de Sánchez vuelve a ver en la redefinición del consenso constitucional en materia territorial la opción de construir una nueva hegemonía socialista junto a los partidos nacionalistas. Pero no deja de ser llamativo que el precio de esta estrategia sea ver al PSOE convertido en correa de transmisión del discurso nacionalista que sólo entiende la nación como principio de integración lingüística, histórica o cultural.

Al asumir el lenguaje del nacionalismo, el PSOE de Sánchez renuncia a la ambición de articular un concepto de España asociado a ideas de ciudadanía, cooperación y solidaridad. Incorpora, contra buena parte de la tradición del pensamiento progresista, una política territorial subordinada al reconocimiento de sujetos colectivos de naturaleza prepolítica. Es decir, no negociable. Y, lo que resulta más paradójico, acredita una forma de pensar lo nacional que, en el fondo, se encuentra en la base del nacionalismo español esencialista que dice rechazar.