Cristian Campos-EL Español 
 

Dice la comisaria Margrethe Vestager, vicepresidenta ejecutiva de la Comisión Europea, que el nacionalismo «nos permite trabajar juntos» en vez de «separarnos» porque «cuando la gente tiene una identidad fuerte» es «mucho más fácil» negociar con ella. La frase no augura nada bueno para los Estados nación europeos. 

Ni la Comisión Europea es un organismo europeo más ni Margrethe Vestager es una simple funcionaria de la UE cuyas opiniones pueden ser tomadas a la ligera. La Comisión es el Ejecutivo de la UE y Vestager, uno de los miembros más relevantes del partido liberal europeo Renew. El de Emmanuel Macron y Ciudadanos.

La importancia de las palabras de Vestager se explica rápido. Si las aguas del nacionalismo han empezado ya a mojar los pies de los liberales es porque la sala de máquinas de los socialdemócratas y los populares hace tiempo que está inundada. 

Hasta donde yo sé, las declaraciones de Vestager han sentado a cuerno quemado en el partido naranja. O, al menos, en ese sector del partido naranja que siente por el antiespañolismo de Macron y su Europa de los Tres Ejes –Francia, Alemania y Polonia– el mismo desprecio instintivo que siente por esa «Europa de los pueblos» defendida por los nacionalismos regionales

El punto clave aquí es que ambos conceptos no son contradictorios, sino complementarios. Ambos, Europa de los Tres Ejes y nacionalismos regionales, se necesitan mútuamente en su batalla contra el Estado nación soberano. 

Las pistas acerca del cambio de rumbo de la UE respecto al nacionalismo están ahí desde hace tiempo, a la vista de todos, en Bruselas y en Estrasburgo. Ahora le llaman «multilateralismo» porque «federación globalista de pequeños nacionalismos tribales identitarios a las órdenes de franceses y alemanes» era demasiado largo y remitía a viejos proyectos políticos difícilmente presentables en público.

En la mente de muchos burócratas europeos el enemigo a derrotar es el Estado nación, de cuya soberanía se exigen cada año que pasa pedazos más grandes, y el arma definitiva contra él son los pequeños nacionalismos identitarios.

Si el antiglobalismo arrecia en Hungría, en Francia, en España, en Italia y en Inglaterra, se mina su resistencia legitimando sus movimientos centrífugos internos. Frente a aquellos que se niegan a ceder más soberanía de la ya cedida a la UE, se emprende una campaña que les demoniza como nacionalistas. A los que pretenden recuperarla, se les califica de extrema derecha.

Mientras tanto, España es abandonada a su suerte en su batalla frente a los nacionalismos regionales

No es España el único país europeo en que muchos de sus ciudadanos sienten un rechazo casi automático por su país, indistinguible del que sienten por abstracciones como el capitalismo, el patriarcado o el cambio climático. Sí es, sin embargo, el único país europeo en el que ese rechazo es activamente alentado, e incluso financiado, por uno de los dos grandes partidos tradicionales de gobierno, el PSOE.

No es casualidad el brote masivo de pequeños movimientos cantonalistas en España. O el nacimiento del nuevo partido nacionalista andaluz de Teresa Rodríguez, conocido en las redes sociales como Arsa Batasuna o el Bildu andaluz. O incluso ese Alberto Núñez Feijóo que ha reducido hasta la escala de Planck el logo de su propio partido en sus carteles electorales. El error es analizar todos esos movimientos en clave local. Hacerlo en clave global despeja la niebla y deja a la vista el paisaje. 

Lo nacional no vende. Lo local está de moda porque arrastra masas y no se hace preguntas. No es una moda espontánea. Es un paso más hacia la Europa del futuro, que es la de 1914