Florentino Portero-El Debate
  • Si no damos el salto al mercado único no podremos quejarnos de los aranceles norteamericanos. Si no nos concentramos en innovar, con todo lo que ello implica, es que estamos asumiendo nuestra decadencia. Sin un gobierno europeo no son posibles unas Fuerzas Armadas europeas

Nada de lo ocurrido resultaba imprevisible. Bien al contrario, el cansancio norteamericano con la desidia europea a la hora de tomarse en serio la defensa viene de décadas atrás. El exceso de burocratización, la inflación normativa, una política fiscal diseñada de espaldas a los sectores productivos, los daños causados por no haber accedido finalmente a un mercado único… Todo eso lo sabíamos, pero no éramos capaces de reaccionar a unas inercias irresponsables en manos de una clase política mediocre. Se acabó. Trump pinchó la burbuja en la que nos habíamos instalado cómodamente, voluntariamente ajenos a la realidad por la que deambulaba el resto del planeta, pero siempre dispuestos a dar lecciones. Todavía hallamos en Bruselas especímenes convencidos de que los europeos teníamos razón.

Ya somos conscientes de que hemos perdido un tiempo precioso en desarrollar el proceso iniciado en Maastricht. Que nos hemos entretenido en disputas menores, dejando de lado los objetivos mayores. Ni tenemos mercado único ni hemos sido capaces de estar a la altura del reto que nos plantea la Revolución Digital. Tampoco nadie puede llamarse a engaño sobre el fin del «vínculo trasatlántico», tal como lo hemos entendido desde 1949. Nuestro abuso del contribuyente norteamericano ha tocado fondo, se han cansado y, nos guste o no, tendremos que hacernos cargo de nuestra defensa, en el caso de que queramos defendernos.

Lo que reconozco que me ha llamado más la atención del discurso de Trump es su clara y firme opción por una alternativa al orden liberal a partir del entendimiento directo entre las grandes potencias, entre los actores de referencia. Un entendimiento a costa de potencias medias y pequeñas. En este cambio radical de la política exterior norteamericana están desperdiciando décadas de trabajo diplomático, de vínculos establecidos por todo el orbe fundamentados en valores y confianza. Trump se equivoca si piensa que no necesita aliados y amigos. Estados Unidos podrá en el futuro cambiar de posición, pero será tarde para recuperar ese formidable patrimonio. Nadie se lleva a engaño sobre lo que supone China, pero ahora se nos empuja hacia la equidistancia, donde todos los occidentales perdemos.

Nos guste o no tenemos que adoptar decisiones importantes. La primera es sobre el papel que va a jugar la Unión Europea. Si no damos el salto al mercado único no podremos quejarnos de los aranceles norteamericanos. Si no nos concentramos en innovar, con todo lo que ello implica, es que estamos asumiendo nuestra decadencia. Sin un gobierno europeo no son posibles unas Fuerzas Armadas europeas. Pero si la respuesta no llega desde la Unión tendrá que ser desde los estados. En el corto plazo no hay otra opción. Toca renacionalizar, desarrollar desde estrategias nacionales las acciones adecuadas para satisfacer las necesidades de cada país. El mayor aporte que un estado puede hacer a una alianza es ser capaz de garantizar su propio territorio de soberanía. A partir de ahí veremos qué estados están en condiciones de asumir responsabilidades y cómo se organizan entre ellos alianzas en el marco tanto de la OTAN como de la UE. Lo que no podemos es esperar a que estas organizaciones nos solucionen el problema de la seguridad. El protectorado norteamericano sobre el Viejo Continente es cosa del pasado. Ahora, en el mejor de los casos, somos iguales en el marco de una organización multilateral.

Sabemos lo que Trump quiere, falta por conocer lo que es capaz de conseguir. Ha sacrificado piezas importantes en el altar del concierto con China y Rusia, pero está por ver que alcance las concesiones que desea. Los intereses de Estados Unidos y las potencias europeas no son contradictorios. Pueden ser complementarios si los europeos somos capaces de despertar a la realidad, asumirla y reaccionar con criterio. Nada nos condena a la irrelevancia, salvo nosotros mismos.