MIKEL BUESA-LA RAZÓN

  • Lo malo de esa excepción es que contradice el objetivo de ahorro energético –pues si se subvenciona el gas habrá, lógicamente, más consumo de este combustible, como ha pasado en España
Úrsula von der Leyen ha anunciado esta semana que va a propiciar una «intervención de emergencia» en el mercado eléctrico para cercenar sus precios. Naturalmente, eso es como no decir nada, aunque inmediatamente se ha filtrado que su idea se inspira en la «excepción ibérica»; o sea, en subvencionar el gas para limitar su incidencia contable sobre el precio resultante de la electricidad bajo el actual sistema marginalista, de acuerdo con el cual ese precio es el que corresponde en cada momento a la tecnología de generación menos eficiente. Preguntémonos por las raíces de la conversión de Von der Leyen a la excepción sanchista y encontraremos, además del pánico a las restricciones energéticas que se ciernen sobre el otoño, esa ideología ecologista que ha hecho del gas un tabú. Lo ha dicho claramente: «la era de los combustibles fósiles se ha acabado y liberarnos del chantaje ruso nos traerá más poder para defender el orden global». Ahí queda eso después de que su comisaria del ramo le advirtiera de los riesgos que entrañan los actuales precios eléctricos «para nuestra transición a energías limpias».

Lo malo de esa excepción es que contradice el objetivo de ahorro energético –pues si se subvenciona el gas habrá, lógicamente, más consumo de este combustible, como ha pasado en España y señalan los funcionarios de la Comisión Europea–; que la prueba española no es tal –pues los precios han seguido aumentando sin parar–; que desincentiva el uso de las tecnologías más eficientes –según ha mostrado Francia al sustituir su energía nuclear por la gasista española subvencionada–; que no se rebaja la dependencia de Rusia –como también evidencia España–; y que desestima el empleo de los recursos gasísticos europeos –como hizo absurdamente Alemania al echarse en brazos de Rusia para transitar a las energías renovables–. Todo esto es un disparate que, además, no ayuda en nada a favorecer el cambio tecnológico necesario para un modelo energético orientado a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. El gas natural no va a desaparecer, le guste o no a Von der Leyen y a su parroquia ecologista, pero podría reducir su incidencia si la racionalidad orientara la política energética europea.